"Pensar en el
sentido de la vida es orar.
Creer en un Dios quiere decir ver
que
con los hechos del mundo no basta.
Creer en Dios quiere decir ver que
la vida tiene un sentido".
Ludwig Wittgenstein
INTRODUCCIÓN
El
creyente común habla demasiado acerca de
su Dios, pero quienes son tocados por la
deidad –los místicos– se percatan de que
no es posible hacer tal cosa. Ellos
aseguran que nuestro lenguaje es
insuficiente para exponer o explicar sus
experiencias. Los místicos chocan con
los límites del lenguaje.
Ludwig Wittgenstein
se interesa en los límites. En su
“Tractatus Logico-Philosophicus”
distingue entre los decible y lo
indecible, o mejor, entre lo que se
puede decir y lo que se puede mostrar;
entre el mundo y lo que queda fuera de
él; entre el sentido y el sinsentido.
En
palabras de Wittgenstein, “el libro
quiere, pues, trazar un límite al pensar
o, más bien, no al pensar sino a la
expresión de los pensamientos: porque
para trazar un límite al pensar
tendríamos que poder pensar ambos lados
de este límite (tendríamos en suma, que
poder pensar lo que no resulta
pensable). Así pues, el límite sólo
podrá ser trazado en el lenguaje, y lo
que reside más allá del límite será
simplemente absurdo”.
Wittgenstein manifestaba que ciertas
experiencias le hicieron chocar con los
límites del lenguaje. ¿Existe alguna
conexión entre las aseveraciones de los
místicos y las aseveraciones de
Wittgenstein? En este trabajo se
mostrarán dos afirmaciones:
1.
Que Wittgenstein era un místico, y que
su misticismo está presente en su
filosofía (al menos en la filosofía que
aparece en el “Tractatus”); y 2. que
Wittgenstein, a partir de esta
manifestación, buscaría vivir como un
santo.
¿A
qué me refiero cuando digo que
Wittgenstein era un místico? A que se
comunicaba con Dios (con su
Dios). Pero no se trataba de un
monólogo, pues el filósofo-místico logró
un verdadero diálogo: Wittgenstein le
hablaba a Dios, y éste le respondía.
Dios le comunicó a Wittgenstein cuál era
el sentido de la vida, o mejor dicho,
Wittgenstein encontró el sentido de su
vida en su comunicación con Dios... Esto
lleva a la otra afirmación que se
mostrará.
DE LAS DIFERENTES MANERAS
DE COMUNICARSE CON LA DEIDAD
El
campo de William James era la
psicología, no la teología ni la
antropología. “Y para un psicólogo las
tendencias religiosas del hombre deben
ser como mínimo tan interesantes como
cualquiera de los distintos hechos que
forman parte de su estructura mental”.
James
estaba interesado en lo que llamaba
religión personal, y es que James
distingue entre quienes se comunican con
la deidad y quienes solamente siguen una
religión. La religión como una doctrina
que se sigue poco importaba al
psicólogo, a quien le interesaba
estudiar la religión entendida como “los
sentimientos, los actos y las
experiencias de hombres particulares en
soledad, en la medida en que se
ejercitan en mantener una relación con
lo que consideran la divinidad (la
relación puede ser moral, física o
ritual)”. La religión personal, piensa
el psicólogo, es experiencia susceptible
de estudio científico, pero no de
teología.
Una
de las posibles relaciones con la deidad
es la llamada revelación, sobre la que
escribe “los líderes religiosos
estuvieron sujetos a experiencias
psíquicas anormales. Invariablemente
fueron presa de una sensibilidad
emocional exaltada; frecuentemente
también tuvieron una vida interior
desacorde y sufrieron de melancolía
durante parte de su ministerio. Con
frecuencia entraron en éxtasis, oyeron
voces, tuvieron visiones o presentaron
todo tipo de peculiaridades clasificadas
ordinariamente como patológicas. Más
aún, fueron todas estas características
patológicas de su vida las que
contribuyeron a atribuirles autoridad e
influencia religiosa”.
Ver o
escuchar a los dioses es, para la mayor
parte de los colegas de James, una
experiencia psicopatológica
intrascendente. Sobre estas actitudes
apuntó que “el materialismo médico
parece, en realidad, el apelativo
adecuado para el sistema de pensamiento
demasiado ingenuo que ahora
consideramos. El materialismo médico
acaba con San Pablo cuando define su
visión en el camino de Damasco, como una
lesión del córtex occipital, y a él como
un epiléptico; con Santa Teresa como una
histérica y San Francisco de Asís como
un degenerado congénito... Por ello, el
materialismo médico piensa que la
autoridad espiritual de estos personajes
resulta eficazmente socavada...”.
Para
James poco importa la constitución
neurótica de quienes tienen estas
experiencias, el valor de los mensajes
es lo importante: “razonabilidad
filosófica y ayuda moral son los únicos
criterios válidos”. Explica su punto de
vista recurriendo a los genios, quienes
han sufrido neuropatologías –consideran
algunos psicólogos– y no por ello
despreciamos su obra. Las “verdades” o
las creencias no son válidas o
despreciables debido a su origen sino en
cuanto a su funcionamiento general.
Hemos de estar preparados –remata James–
para juzgar la vida religiosa
exclusivamente por sus resultados.
Y
para ser más convincente, o para dejar
más clara su opinión, cita al doctor
H. M. Maudsley: “¿Qué derecho
tenemos para suponer que la naturaleza
tiene la obligación de hacer su trabajo
a través de mentes perfectas? Podemos
suponer que una mente defectuosa es un
instrumento más adecuado para un
propósito particular, ya que es el
trabajo hecho y la calidad del
trabajador que lo hace lo que tiene
importancia, y no tendría ninguna, desde
el punto de vista cósmico, que fuera
particularmente imperfecta en otros
aspectos de su carácter, aunque fuese,
por ejemplo, hipócrita, adúltero,
excéntrico o lunático”.
Una
vez que deja claro que no rechaza los
mensajes místicos por su origen, se
pregunta cuál es ese origen, es decir,
cuál es la génesis del “sentimiento
religioso”. Dice James: “Alguien lo
relaciona con el sentimiento de
dependencia, otros lo convierten en
derivado del miedo, otros lo enlazan con
la vida sexual, otros lo identifican con
el sentimiento de infinitud, y así
sucesivamente”. Para James, la religión
personal “tiene la raíz y el centro en
los estados de conciencia místicos”.
Pero,
¿qué es un estado místico? Para James
son cuatro las características que tiene
un “estado místico”:
1.
Inefabilidad. Se refiere a lo difícil o
imposible de hablar de ella. “El sujeto
del mismo afirma inmediatamente que
desafía la expresión, que no
puede darse en palabras ninguna
información adecuada que explique su
contenido. De esto se sigue que su
cualidad ha de experimentarse
directamente, que no puede
comunicarse ni transferirse a los
demás... El místico considera que la
mayoría de nosotros damos un tratamiento
asimismo incorrecto a sus
experiencias”.
2.
Cualidad de conocimiento. “Son estados
de penetración en la verdad insondables
para el intelecto discursivo. Son
iluminaciones, revelaciones repletas de
sentido e importancia, todas
inarticuladas pero que permanecen y como
norma general comportan una curiosa
sensación de autoridad duradera”.
3.
Transitoriedad. “No pueden mantenerse
durante mucho tiempo”. James habla de
unos minutos, no más de 120.
4.
Pasividad. James dice que puede llegarse
a esos estados mediante ejercicios de
concentración, pero una vez alcanzado
cierto punto, la voluntad del místico se
somete “como si un poder superior lo
arrastrase y dominase”.
Después de enumerar estas
características, habla sobre las
diferentes sustancias que pueden
producir estados similares (como el
alcohol y el óxido nitroso). Acerca del
alcohol menciona que su influencia
“sobre la humanidad se debe, sin duda, a
su poder de estimular las facultades
místicas de la naturaleza humana,
normalmente aplastada por los fríos
hechos y la crítica seca de las horas
sobrias. La sobriedad disminuye,
discrimina y dice no; la borrachera
expansiona, integra y dice sí. Es de
hecho la gran estimuladora de la función
del SÍ en el hombre”.
James
no era sólo un teórico. También
experimentó estados místicos gracias al
uso de sustancias. Sobre ello apuntó:
“Siento que ha de significar algo, algo
parecido a la filosofía hegeliana, si
pudiera expresarse con claridad. Quienes
tengan oídos para escuchar que
escuchen...”. James supone que la
concepción que de Dios tenía Hegel se
debía también a “humores místicos”.
¿Qué
sucede durante un estado místico (ya sea
espontáneo o provocado gracias a la
meditación o a alguna sustancia)? La
respuesta de William James es que
“nuestra conciencia despierta, normal,
la que llamamos racional, sólo es un
tipo particular de conciencia, mientras
que por encima de ella, separada por una
pantalla transparente, existen formas
potenciales de conciencia completamente
diferentes. Podemos pasar por la vida
sin sospechar de su existencia, pero si
aplicamos el estímulo requerido, con un
simple toque, aparecen en toda su
plenitud tipos de mentalidad
determinados que probablemente tienen en
algún lugar su campo de aplicación y de
adaptación. Ninguna explicación del
universo en su totalidad puede ser
definitiva si descuida otras formas de
conciencia”.
Pero
¿es verdad esto? ¿Es verdad que una
experiencia mística expande la
conciencia? ¿Que podemos activar otras
formas de conciencia mediante el uso de
ciertas sustancias? Contestar estas
preguntas o especular sobre esto no es
el objetivo de este trabajo.
Los
mismos místicos tratan de diferenciar su
experiencia de un estado alucinatorio.
Santa Teresa escribe que “una genuina
visión celestial produce un conjunto de
inefable riqueza espiritual y una
renovación admirable de la fuerza
corporal. He alegado estas razones a
aquellos que frecuentemente han acusado
mis visiones de ser el trabajo del
enemigo del hombre y la diversión de mi
imaginación...”.
Para
James estas experiencias provienen de
Dios. Pero hacernos preguntas acerca de
Él no tiene importancia, “es
irrelevante”. “No es a Dios a quien
encontramos en el análisis último del
fin de la religión, sino la vida, mayor
cantidad de vida, una vida más larga,
más rica, más satisfactoria. El amor a
la vida, en cualquiera y en cada uno de
sus niveles de desarrollo, es el impulso
religioso”. James propone que hay “otros
mundos” y que podemos percibirlos
mediante “la continuación subconsciente
de nuestra vida consciente”.
Sobre
el dios de los místicos dice: “El objeto
del culto trascendentalista no es una
deidad in concreto, ni siquiera una
persona sobrehumana, sino la divinidad
inmanente de las cosas, la estructura
esencialmente espiritual del universo”.
Más adelante afirma: “debemos
interpretar el término divinidad en muy
amplio sentido, denotando cualquier
objeto que posea cualidades divinas, se
trate de una deidad concreta o no (…) La
divinidad, para nosotros, significará
aquella realidad primaria a la que el
individuo se siente impulsado a
responder solemne y gravemente, y no con
un juramento o una broma”.
Wittgenstein se sentía atraído por este
tipo de experiencias. Sobre “La variedad
de las experiencias religiosas” le
escribió a Bertrand Russell (22
de junio de 1912): “Este libro de James
está haciéndome mucho bien, con lo cual
no quiero decir que pronto vaya yo a
convertirme en un santo, sino que en
cierto modo estoy seguro de que va a
llevarme un poco más adelante en el
camino del perfeccionamiento, un camino
en el que aún me gustaría avanzar mucho
más”.
¿A
qué se refería con aquello de avanzar
mucho más en este camino? ¿Por qué
comentaba que estaba haciéndole mucho
bien? “Los que firman con una cruz” es
una obra de teatro a la que asistió
Wittgenstein a los 21 años. El escritor
Ludwig Anzengruber deseaba educar
a las masas mediante sus obras, y muchas
de ellas criticaban a la Iglesia. El
protagonista de “Los que firman con una
cruz” es un personaje llamado “Juan el
picapedrero”, un filósofo, un hereje.
Éste es abandonado por sus vecinos
durante una enfermedad y entonces recibe
una revelación: “Tú formas parte del
todo, y el todo forma parte de ti. ¡No
puede ocurrirte nada!”. Wittgenstein
participó de esta revelación, y sería
incorrecto pensar que se trató de una
experiencia poco importante: “Ella me
empujó a chocar con los límites del
lenguaje, de igual modo que ha llevado a
chocar con ellos, según creo, a todas
aquellas personas que alguna vez han
intentado hablar o escribir sobre ética
o religión. Este chocar con los límites
de nuestra jaula es una empresa que no
tiene ningún porvenir”.
Se
trata de una experiencia mística. James
había explicado que en este tipo de
experiencias “el sujeto del mismo afirma
inmediatamente que desafía la expresión,
que no puede darse en palabras ninguna
información adecuada que explique su
contenido. De esto se sigue que su
cualidad ha de experimentarse
directamente, que no puede comunicarse
ni transferirse a los demás”, y es esto
precisamente lo que dice Wittgenstein de
su vivencia.
Sobre
la trascendencia de esta revelación,
Wilhelm Baum, en su introducción a
los “Diarios Secretos” escribe: “El
joven estudiante superó gracias a esta
vivencia la crisis que lo había llevado
al borde del suicidio. Lo hizo madurar y
adoptar una actitud tal, que los
millones de su padre le resultaban
indiferentes. A partir de ese momento
apenas le interesarían las cosas del
mundo; había nacido el filósofo”.
Incluso Bertrand Russell se percató del
misticismo en Wittgenstein: “En la época
anterior a 1914 se ocupaba casi
exclusivamente de la lógica. Durante la
Primera Guerra, o quizá inmediatamente
antes, cambió su perspectiva y se
convirtió más o menos en un místico como
puede apreciarse aquí y allí en el
‘Tractatus...’. Ya había notado yo en su
libro cierto asomo de misticismo, pero
me quedé asombrado al comprobar que se
había convertido por completo en un
místico”.
SANTIDAD
“Pues
hay eunucos que lo son de nacimiento,
otros que lo son por obra de los hombres
y otros que se han hecho eunucos a sí
mismos
por el reino de los cielos; quien pueda
llegar
tan lejos que lo haga”.
Mateo 19:12
“Más
fácil es pasar un camello por el ojo de
una aguja,
que el rico entrar en el reino de Dios”.
Marcos 10:25
Es
difícil definir lo que es la santidad.
Un santo cristiano es imaginado como
alguien que hace votos de pobreza, de
castidad y que se retira del mundo a
reflexionar acerca del mundo de Dios.
Ciertos grupos dentro de la Iglesia
opinan que el celibato debería ser
opcional, señalan que Jesucristo no lo
implantó y que los versículos que
comúnmente se citan para defender ese
estilo de vida están mal traducidos y
sacados de contexto.
La
definición de santidad no es importante.
Lo importante es saber cómo la entendía
Wittgenstein. Él trató de ser un santo
al estilo cristiano e incluso llegó a
pensar en hacerse monje, además solía
retirarse a una cabaña de su propiedad.
Por sus experiencias místicas y su
acercamiento a los evangelios en un
momento crucial en su vida (su
participación en la Primera Guerra
Mundial), Wittgenstein entendió que la
santidad consistía en renunciar a los
lujos y a la carne, pues “Dios es lo
único que necesita el hombre”; y vivir
en concordancia con la voluntad ajena de
la que creía depender, es decir, vivir
una vida “grata a Dios”.
Así
pues, Wittgenstein decidió hacer votos
de castidad y de pobreza.
VOTOS DE POBREZA
En
“Mi confesión”, León Tolstoi
menciona el ataque de melancolía que le
condujo a sus conclusiones religiosas.
Sobre esto, William James dice: “Se
trata de un caso claro de anhedonía, de
pérdida pasiva de la apetencia por
cualquiera de los valores de la vida...
En el caso de Tolstoi, la sensación de
que la vida poseía algún significado
desapareció por completo durante largo
tiempo. Tolstoi explica que cuando
contaba unos 50 años comenzó a padecer
momentos de perplejidad, a los que llamó
de suspensión, en los que se sentía como
si no supiese ‘cómo vivir’ o ‘qué
hacer’... La vida, antes fascinante, era
ahora sobria, y más que sobria muerta;
aquello que siempre había mostrado un
significado evidente, no tenía ahora
ninguno y comenzaron a asediarle las
preguntas: ¿por qué?, ¿y ahora qué?”.
Tolstoi escribió: “Sentía que algo
dentro de mí, donde había reposado
siempre mi vida, se había roto; que no
me quedaba nada a donde agarrarme, y que
moralmente mi vida se había detenido.
Una fuerza invisible me impelía a
desligarme de mi existencia de alguna
manera; no puede decirse exactamente que
deseara suicidarme porque la fuerza que
me alejaba de la vida era más grande,
más poderosa y general que cualquier
simple deseo. Era una fuerza parecida a
la vieja aspiración de vivir, pero que
me impelía en dirección contraria (…)
Imaginad un hombre feliz y lleno de
salud escondiendo la cuerda para no
colgarse en la viga de la habitación
donde cada noche duerme solo. Imaginadme
no yendo a cazar más por miedo de
rendirme a la fácil tentación de matarme
con la pistola”.
Tolstoi sentía todo esto en un período
de su vida en el que debería haber sido
completamente feliz: amaba a su esposa,
ella le correspondía, sus demás
relaciones familiares eran armoniosas,
económicamente estaba bien, era famoso,
no estaba enfermo. Pero aún así, su vida
carecía de sentido: “no podía dar ningún
significado razonable a acción alguna de
mi vida (…) El hombre sólo puede vivir
mientras está intoxicado, embriagado de
vida; sin embargo, cuando vuelve a estar
sobrio no puede dejar de ver cómo todo
consiste en una estúpida estafa (…)¿Cuál
será el resultado de lo que haga hoy?,
¿y de lo que haré mañana? ¿Cuál será el
resultado de toda mi vida? ¿Por qué debo
hacer nada? ¿Hay algún otro objetivo en
la vida que la muerte inevitable que me
espera no anule o desmienta?... Sin una
respuesta es imposible, como bien he
experimentado, que la vida pueda
continuar”.
Tolstoi cuenta que buscaba la manera de
salir de tal estado, pero no lograba su
objetivo y escribió “que aquello que nos
conduce a la desesperación y al absurdo
sinsentido de la vida es el único
conocimiento incuestionable accesible al
hombre”. Para apoyar esta conclusión
cita a Buda, a Salomón y Schopenhauer.
Durante todo este tiempo, Tolstoi
reconoce que una parte de su corazón
tenía “sed de Dios”. Habla de su corazón
debido a que era algo que no provenía de
sus razonamientos.
Tolstoi encuentra el sentido de su vida
en la fe: “Desde que la humanidad
existe, allá donde ha habido vida,
también hubo fe que hizo posible
vivirla. La fe constituye el sentido de
la vida, el sentido por virtud del cual
el hombre no se autodestruye, sino que
continúa viviendo. Si el hombre no
creyese que hemos de vivir por algo, no
viviría. La idea de un Dios infinito, la
de la divinidad del alma, la de la unión
de las acciones del hombre con Dios, son
ideas elaboradas en las ilimitadas
profundidades secretas del pensamiento
humano. Hay ideas sin las que no habría
vida, sin ellas yo mismo no viviría.
Comencé a ver que no tenía derecho a
confiar en mi razonamiento individual
omitiendo las respuestas que
proporcionaba la fe, ya que son las
únicas respuestas para la cuestión”.
Tolstoi decide cambiar su hasta entonces
equivocada manera de vivir. Ahora
viviría de manera distinta: trabajar
para satisfacer las necesidades
materiales, solucionar necesidades
comunes, abjurar de mentiras y
vanidades, ser simple, creer en Dios. En
esto consiste la felicidad: “Conocer a
Dios y vivir es la misma cosa. Dios es
lo que es la vida. Bien, así pues,
¡vive, busca a un Dios, no habrá vida
sin Él!”. Estos pensamientos entraron de
súbito, como una revelación: “(así) como
la fuerza de la vida había sido anulada
en mí... así también la energía de la
vida volvió”.
Durante la Primera Guerra Mundial,
Wittgenstein decide participar como
soldado. De este período escribió:
“Salvó mi vida; no sé qué hubiera hecho
sin ella”. ¿A qué se refería? ¿Qué le
había sucedido durante este tiempo? ¿Qué
experiencia le salvó o transformó la
vida?
Bertrand Russell –como ya habíamos
visto– supo lo que había pasado:
“Durante la Primera Guerra, o quizá
inmediatamente antes, cambió su
perspectiva y se convirtió más o menos
en un místico...”. El 1 de septiembre de
1914 comenzó a leer el “Pequeño
Evangelio” de Tolstoi. En sus diarios
escribió: “Ayer comencé a leer los
comentarios de Tolstoi a los Evangelios.
Una obra magnífica. Pero todavía no es
para mí lo que yo esperaba de ella”.
Wittgenstein adquirió por casualidad
este libro en una librería donde sólo
contaban con tarjetas postales. El único
libro a la venta era el de Tolstoi.
¿Qué
tanto influyó en Wittgenstein el
pensamiento de Tolstoi? Durante la
guerra Wittgenstein escribió: “Las
palabras de Tolstoi acuden a mi mente
una y otra vez: el hombre es impotente
en la carne pero es libre por el
espíritu. ¡Ojalá esté en mí el
espíritu!... ¡Que Dios me dé fuerza!
Amén. Amén.
Amén”.
Sus
compañeros lo conocían como “el del
Evangelio”, y de hecho podía recitar de
memoria la obra de Tolstoi. En 1915
sobre la obra de Tolstoi escribió: “En
su momento fue la que realmente me
mantuvo en vida”.
Terrible era el estado de ánimo de
Wittgenstein durante la guerra. “¡Pero
en los últimos días he sido presa de la
depresión! ¡No siento verdadero placer
por nada y mi vida está llena de
ansiedad por el futuro! Porque ya no
estoy en paz conmigo mismo. Cada falta
de decencia a mi alrededor –y siempre
hay algo de este tipo– me hiere
profundamente y siempre se abre una
herida antes de que la anterior haya
cicatrizado... Las cosas nos van muy
mal. ¡¡¡Dios mío, ayúdame!!!”. Se sentía
solo, escribió que sólo encontraba
mezquindad para donde mirara. “¡Ni un
solo corazón con sentimientos a la
vista!”.
Después de una falsa alarma en la que
pensó que moriría, escribió: “Estaba
seguro de que iba a morir en el acto...
Estaba terriblemente agitado y gemía
audiblemente. Sentí los terrores de la
guerra. Ahora (por la tarde) me he
sobrepuesto del terror. A menos que
cambie mi actual disposición mental,
pondré todo mi empeño en seguir vivo...
Ahora podría tener una oportunidad de
convertirme en un ser humano decente,
puesto que estoy cara a cara con la
muerte. Que el espíritu me ilumine”.
Antes de entrar en acción acostumbraba
decir “¡Qué Dios me acompañe! ¡Que el
espíritu me acompañe!”.
Ser
cristiano, para Tolstoi, implicaba
cierto estilo de vida. ¿Compartía
Wittgenstein esa visión? Para
Wittgenstein “sólo es feliz la vida que
puede renunciar a las amenidades de este
mundo. Una vida para la que esas
amenidades no son sino otros tantos
regalos del destino... Ser feliz es
estar en concordancia con el mundo,
estar en concordancia con aquella
voluntad ajena de la que parezco
dependiente”.
Cuando termina la Primera Guerra,
Wittgenstein decide renunciar a las
“amenidades de este mundo” y se plantea
dos posibilidades: hacerse sacerdote o
maestro de escuela. Los monjes que
conoció le parecieron “rudos”, así que
se conformó con trabajar como jardinero
del monasterio. Posteriormente decide
dedicarse a la docencia: “Me hubiera
gustado más ser sacerdote, pero cuando
sea maestro podré leer el Evangelio a
los niños”. De igual forma decide
renunciar a su fortuna.
Wittgenstein fue maestro de escuela
elemental en Trattenbach (1920-1922),
Puchberg (1922-1924) y en Otterthal
(1924-1926). Siguiendo las ideas de
Tolstoi renuncia a su fortuna y se
dirige a la Austria rural a vivir con
los “honestos y simples” campesinos.
Tolstoi hablaba de la noble vida
campesina. ¿Cómo le resulto?
Al
llegar escribió: “Estoy trabajando en un
bello y pequeño nido llamado
Trattenbach... Soy feliz con mi trabajo
en la escuela y lo necesito localmente;
en caso contrario, todos los demonios
del infierno andarán sueltos dentro”. A
Russell le escribió: “Todavía hace un
momento me encontraba terriblemente
deprimido y cansado de vivir, pero ahora
estoy un poco más esperanzado”.
Compárese con lo que le escribió un año
después: “(Estoy) todavía en Trattenbach
rodeado, como siempre de odio y
bajeza... aquí hay muchos más mediocres
e irresponsables que en cualquier otro
sitio”. También informaba en esa carta
que no pensaba estar ahí por mucho
tiempo.
Una
vez que Wittgenstein se percata de que
las ideas de Tolstoi no son del todo
exactas, el filósofo se propone ayudar a
que “el campesinado saliera del
estiércol”. La gente del pueblo estaba
mal alimentada, los habitantes estaban
en un constante estado de ansiedad e
incomodidad debido a su posición y había
luchas de clases dentro del mismo
poblado.
Como
profesor buscaba que la enseñanza no
fuera mera memorización y que los
alumnos usaran su imaginación.
Organizaba excursiones y cuando creía
que alguno de sus alumnos tenía miedo le
decía: “¿Tienes miedo? Bien, entonces
sólo debes pensar en Dios”. Comenzaba y
terminaba sus clases con el Padre
Nuestro.
Wittgenstein enseñaba a sus alumnos
“matemáticas avanzadas” aún cuando se
trataba de enseñanza elemental, decía
que “nunca es demasiado pronto para
empezar con el álgebra”, lo mismo pasaba
con la literatura y la historia. Animaba
a los niños a seguir estudiando más allá
de lo elemental, pero no les recomendaba
dejar el campo.
Wittgenstein llevaba una mala relación
con los adultos, un maestro celoso le
inventaba chismes y también fue acusado
de golpear sádicamente a sus alumnos
(algunos antiguos alumnos dicen que sí
los llegó a golpear pero Wittgenstein
dejaba claro lo que era merecedor de
castigo, por ejemplo, la deshonestidad).
En abril de 1922, Wittgenstein abofeteó
a un alumno que fue llevado desmayado a
la secretaría de la escuela. Debido a lo
anterior, fue sometido a un examen
psiquiátrico para determinar si podía
seguir enseñando, y a pesar de haber
sido absuelto, renunció a la enseñanza.
VOTOS DE CASTIDAD
¿Cómo
vivía Wittgenstein la sexualidad?
Wittgenstein se propuso hacer votos de
castidad, pero no lo lograba del todo,
porque a períodos de abstinencia sexual
le seguían períodos de promiscuidad, y
esto le hacía sentir muy mal.
Admiradores y gente cercana al filósofo
trataron de negar su homosexualidad. Y
es que Wittgenstein vivía –¿padecía? – a
su manera su orientación sexual.
Bartley III dice: “Era un homosexual
dado a arrebatos de promiscuidad
extravagante y casi incontrolable... A
lo largo de su vida, pero especialmente
durante y después de la Primera Guerra
Mundial, Wittgenstein estuvo atormentado
por una culpa intensa y sus deseos y
actividades sexuales le causaron
sufrimiento. Había llegado a convencerse
de que el tipo de alta creatividad
espiritual e intelectual al que aspiraba
era virtualmente incompatible con la
actividad sexual”.
¿Por
qué tenía tantos conflictos con su
sexualidad? Al parecer a Wittgenstein no
le causaba angustia su homosexualidad en
particular sino la sexualidad o los
deseos sexuales en general. ¿Es posible
que de haber sido heterosexual hubiese
desarrollado tales conflictos? ¿Qué
tanta influencia tuvieron Otto
Weininger, Tolstoi y Lidwing
Hänsel en sus ideas respecto al
sexo?
Otto
Weininger es el autor de “Sexo y
carácter”. Para Weininger las mujeres
son inferiores a los hombres, pues son
seres humanos que carecen de alma y por
ello es que nunca llegará a haber genios
entre ellas; afirmaba que el contacto
físico con las mujeres desespiritualiza
a los hombres, aboga por la abstinencia
sexual como condición del desarrollo
espiritual y la genialidad. Wittgenstein
llegó a decir que admiraba su obra.
Weininger fracasaba en su intento de
evitar las relaciones sexuales.
Ludwing Hänsel fue amigo de
Wittgenstein. Hänsel hablaba de la
pureza sexual de los jóvenes, publicó un
folleto en contra de la masturbación
(contraria a la naturaleza y dañina para
el cuerpo y el alma), contra la
homosexualidad y contra Freud.
En
1918 y 1920 Wittgenstein tuvo dos sueños
que interpretó como un llamado a
dominarse sexualmente hablando. En ellos
aparecen elementos mágicos (alfombra
mágica), religiosos (altares,
varas-serpientes...), y en estos sueños
también ve un llamado a hacerse monje.
William Warren Bartley III
escribe que Wittgenstein
buscaba alejarse de la tentación del
contacto sexual fácil y casual con
jóvenes en las calles o en otros
lugares, de igual forma intentaba
rodearse de jóvenes con los que pudiera
establecer relaciones platónicas (como
sus alumnos en la universidad). Odiaba
la soledad, sobre todo la soledad
nocturna que le lanzaba a buscar sexo.
Se obligaba a evitar áreas de peligro,
es decir, lugares donde era fácil
encontrar sexo accidental e impersonal
con jóvenes a los que no volvería a ver.
Había períodos en los que lograba sus
objetivos, pero sufría “recaídas” en las
que buscaba relaciones con jóvenes
encontrados en el anonimato de la
calle.
Algunas personas sugieren que
Wittgenstein se odiaba a sí mismo debido
a su homosexualidad y a su fracaso en
llevar una vida casta. Será difícil
saberlo porque Wittgenstein no dejó por
escrito lo que pensaba o sentía sobre su
orientación sexual, y sólo el desprecio
que a veces sentía por sí mismo es lo
que puede encontrarse en sus escritos.
“Me están devorando unas circunstancias
repugnantes. Toda la vida exterior, con
toda su vulgaridad, se abalanza sobre
mí. E interiormente estoy lleno de odio
y no consigo dejar que penetre en mí el
espíritu. Dios es el amor. Soy como un
hornillo consumido, lleno de escorias y
suciedad”.
Para
Wittgenstein había tres experiencias
fundamentales en la vida: 1. El asombro
ante la existencia. 2. La sensación de
seguridad (a eso se refería su
experiencia en “Los que firman con una
cruz”). 3. La culpa. Sobre esta última
escribió: “el sentimiento de que haga lo
que haga no estoy en orden con mi deber,
que soy culpable en sí”. ¿Hasta qué
punto se debía este sentimiento de culpa
a su vida sexual? ¿Qué se exigía moral o
éticamente?
Wittgenstein decidió romper sus
relaciones con Russell en 1914 al no
poder llegar a un acuerdo en sus
discusiones acerca de los valores.
Wittgenstein le escribió a Russell: “Los
dos tenemos debilidades, pero
especialmente yo, mi vida está llena de
los pensamientos y actos más feos y
mezquinos... Pero estoy ya demasiado
cansado de las cosas eternamente sucias
y de hacer todo a medias. Mi vida ha
sido hasta ahora una gran cochinada,
pero ¿deberá continuar siéndolo por
siempre?”. Meses antes le había escrito:
“Cómo puedo ser un lógico sin ser antes
un hombre. Antes que cualquier otra
cosa, debo aclararme conmigo mismo”.
Sobre su ética escribió: “Lo que es
bueno, es también divino. Por muy raro
que suene, esto resume mi ética”.
FE SIN PALABRAS
Vimos
que la obra de Tolstoi influyó en el
pensamiento de Wittgenstein, sin embargo
no puede decirse que Wittgenstein fuese
un cristiano común. ¿A qué me refiero?
Para Wittgenstein poco importaba la
realidad o falsedad de los Evangelios, y
escribió sobre los conceptos cristianos
de pecado, condenación e infierno:
“El cristianismo no es una doctrina, no;
quiero decir, una teoría sobre lo
ocurrido y lo que ocurrirá al alma
humana, sino una descripción de algo que
realmente tiene lugar en la vida humana.
Porque la ‘conciencia del pecado’ es un
suceso real; y también lo son la
desesperanza y la salvación a través de
la fe. Aquellos que hablan de tales
cosas están simplemente describiendo lo
que les ha ocurrido a ellos,
independientemente de lo que cada uno
haya querido decir sobre la cuestión”.
En
otra parte escribió: “Por extraño que
suene podría probarse que los relatos
históricos de los Evangelios son falsos
en sentido histórico y con ello la fe no
perdería nada. El creyente no tiene ni
la relación que tiene con una verdad
histórica (verosimilitud), ni con una
teoría de ‘verdades racionales’... El
cristianismo no se basa en una verdad
histórica, sino que nos da una noticia
(histórica) y dice: ¡ahora, cree! Pero
no cree esta noticia con la fe que
corresponde a una noticia histórica,
sino cree sin más y esto sólo puedes
hacerlo como resultado de una vida”.
Entonces, ¿en qué sentido puede ser
considerado cristiano? “La religión
cristiana es sólo para quien necesita un
socorro infinito; esto es, sólo para
quien sienta una angustia infinita. La
Tierra entera no puede sufrir un
tormento mayor que un alma sola. La fe
cristiana –como yo la veo– es un refugio
para el tormento último de uno. A
quienquiera que en esta angustia le sea
dado abrir su corazón, en lugar de
contraerlo, acepta los medios de
salvación en su corazón”.
Así
como los sueños pueden reflejar nuestras
preocupaciones, la mitología refleja
sentimientos como el asombro ante la
existencia o la culpa ante nuestras
faltas; y así como los sueños pueden ser
interpretados, los mitos también pueden
descifrarse. Ni el budista ni San
Agustín están equivocados “excepto al
proponer alguna teoría”.
Wittgenstein era un místico y de ahí que
las teorías le resulten prescindibles.
Sobre ello escribió que bien podía
imaginar “una religión en la que no haya
ninguna doctrina y en la que, por tanto,
no se hable. La esencia de la religión
puede evidentemente no tener nada que
ver con que se hable, o más bien: si se
habla es que se trata de una parte
constitutiva de la acción religiosa y no
de ninguna teoría. Por lo tanto, no
depende en absoluto de si las palabras
son verdaderas, falsas o sin sentido”.
Esto
mismo es lo que expresan otros místicos
y pensadores. Eckhart apuntó: “¿Cómo
debo entonces amar a Dios? No lo amarás
tal y como es: no como un Dios, no como
un espíritu, no como una persona, no
como una imagen, sino como el uno
absoluto y puro. Y en este uno nos
hundiremos de la nada a la nada, y que
Dios nos ayude”.
Refiriéndose al “Tractatus”,
Wittgenstein expresó: “Quise escribir,
en efecto, que toda mi obra se compone
de dos partes: de la que aquí aparece, y
de todo aquello que no he escrito. Y
precisamente esta segunda parte es la
importante. Creo, en una palabra, que
todo aquello sobre lo que muchos hoy
parlotean lo he puesto en evidencia en
mi libro guardando silencio sobre ello”.
En
este sentido, el “Tractatus” es un libro
místico, pero diferente a cualquier otro
tratado sobre estos asuntos.
Wittgenstein habla de Dios y de todo lo
que le es propio mediante lo que no
revela, mediante lo que no menciona.
Wittgenstein se ocupa de Dios y de su
mundo al no describirlos.
Al
quedar claro todo aquello de lo que es
posible pensar y hablar, se marca una
diferencia con aquello de lo que no es
posible pensar o expresar; se traza así
la diferencia entre éste y el otro
mundo. De esa forma, el “Tractatus”
contiene, aunque no de forma explícita,
al mundo místico. “Es teología negativa
en su grado más puro”, escribió
Wilhel Baum.
- - -
BIBLIOGRAFÍA
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Universidad. Madrid. 1981.
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Ediciones Península. Barcelona. 1986.
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- McGuiness, Brian. “Wittgenstein. el
joven Ludwig”.
Alianza Universidad.
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metafísica (El otro Wittgenstein)”.
Librerías Prodhufi. Madrid. 1992.
- Warren, William. “Wittgenstein.
Cátedra”. Teorema.
Madrid.
- Wittgenstein, Ludwig. “Diarios secretos”. Alianza Editorial.
- Wittgenstein, Ludwig. “Tractatus Logico-Philosophicus”. Alianza
Editorial. Madrid. 1994. |