El 21 de octubre de
1963, en hora de la tarde, el centro de
atracción para el periodismo argentino
lo constituía la visita a Buenos Aires
de Werner von Braun, genio
indiscutible que permitió a los
norteamericanos pisar por vez primera la
Luna y lanzar naves no tripuladas hacia
la inmensidad del espacio. A las 19:30
horas comenzó su conferencia de prensa.
Las preguntas de los periodistas
llevaron al hombre de ciencia por
distintos campos relacionados con su
especialidad, hasta que –casi
irreverentemente–, se le requirió la
opinión sobre los “platos voladores”:
“Yo nunca he visto alguno, aunque las
muchas noticias que he leído sobre ellos
no me han impresionado tanto como para
creer en su existencia”, sostuvo.
A menos de dos horas
de esas declaraciones y a unos mil 400
kilómetros, en Villa de Trancas,
provincia de Tucumán, se producía uno de
los hitos más importantes en la historia
de los no identificados. Se trataba de
un episodio que ha sido considerado como
“un caso inatacable (y) una prueba
irrefutable” dentro del voluminoso y
extraño legajo de los OVNIS.
“Quizás –también se ha dicho– uno de los
hechos más excepcionales del historial
del problema ovni”, debido a la cantidad
y calidad testimonial, la prolongada
visualización y el hallazgo de residuos
físicos en el área, constituyendo “la
más poderosa evidencia” a favor de los
fenómenos inusuales. Desde entonces, el
caso Trancas se convirtió en un “superclásico
de la ufología mundial”.
El presente informe
consiste en un detenido y pormenorizado
análisis de la investigación iniciada en
septiembre de 1971 y retomada en
profundidad en mayo de 1987, a través de
numerosísimas entrevistas y cuidadosos
diligenciamientos. Para tal propósito,
se han confrontado los testimonios
actuales con los ofrecidos en aquella
época, a través de la primera versión
ofrecida por los periodistas del diario
“La Gaceta” de Tucumán, Arturo
Álvarez Sosa y Ventura
Murga, seguida por las del escritor
Eduardo A. Azcuy unos días
después, del capitán de fragata Omar
R. Pagani al año siguiente, y la de
Óscar A. Galíndez lograda a siete
años de producido el episodio.
Asimismo recurrimos a
documentos no susceptibles a deformación
alguna, como los registros
meteorológicos que nos suministró para
esa hora y lugar la Fuerza Aérea, el
informe del análisis químico de la
Universidad de Tucumán, la compulsa
histórica de los periódicos de la época
referidos a acontecimientos simultáneos
a la observación de Trancas,
especificaciones técnicas de la
Secretaría de Guerra, y otros de
carácter objetivo. Todo esto para
disponer de datos confiables y
fácilmente verificables.
Habida cuenta del
inesperado giro que deparó la
investigación, procedimos a publicar
algunos artículos preliminares en
Italia, España y Argentina (1).
Previendo que su contenido iría a
generar una agitada polémica, el
italiano Pier L. Sani señaló:
“Los iluminados de siempre amarán creer,
de salvar a cualquier costo el
‘misterio’ de Trancas”, mientras que el
belga Wim van Utrecht nos
advierte: “Los soñadores no estarán
contentos con sus hallazgos, pero para
un investigador serio sólo la verdad
importa (…); noto que los ufólogos
parecieran tener mayor dificultad en
aceptar una explicación que una
vocinglería sensacional”. Los
acontecimientos lo demostraron.
UNA SÍNTESIS DEL CASO
TRANCAS
El lunes 21 de
octubre de 1963, Argentina (28) y
Jolié (21) Moreno llegaron
con sus pequeños hijos Victoria,
Nancy y Guillermo, de
Rosario, provincia de Santa Fe –donde
residían– a San Miguel de Tucumán, y de
ahí hasta la finca “Santa Teresa” en
Villa de Trancas, donde se reunirían con
sus padres, Antonio (72) y
Teresa (63), y su otra hermana,
Yolanda (30). Un motivo de esta
visita era que sus maridos, ambos
oficiales del Ejército, debían
participar en unas importantes maniobras
militares previstas para esos días, y en
la madrugada partirían en tren desde
Tucumán a Salta, pasando por Trancas.
Cenaron muy temprano
y, exhaustos por el viaje, todos se
fueron a descansar a sus habitaciones.
Cerca de las 21 horas, la doméstica
Dora Guzmán (15), que se hallaba en
los fondos de la vivienda, aparece una y
otra vez insistiendo en que veía luces
sobre el terraplén del ferrocarril,
situado a 200 metros al frente de la
finca. Los padres dormían, Argentina
seguía atenta a su lectura y Jolié le
restó importancia, pues debía darle el
biberón a Guillermo, de cuatro meses.
Yolanda, en tanto, pensó al escucharla
que sería un ómnibus.
Finalmente, Dora
persuade a las hermanas para verificar
las “luces raras” que estaba viendo. Se
trataba de un conjunto de cinco luces,
distantes entre sí a no menos de 100
metros, tres al frente y dos un poco más
al norte (noreste). Se encendían y
apagaban con cierta intermitencia,
arrojando haces lumínicos en distintas
direcciones, iluminando incluso la finca
(vivienda, gallinero). No tenían
forma discernible, presentando el
aspecto de focos de luz. Las
asustadas mujeres sospecharon que podría
tratarse de un accidente ferroviario (es
frecuente que el tren se lleve por
delante algún vacuno), o que podría ser
una escuadrilla de operarios reparando
las vías, pues a unos 500 metros, o más,
hacia el norte, visualizaron unas
siluetas humanas desplazándose en torno
a los reflectores.
El temor fue
mayúsculo cuando Yolanda apunta la
posibilidad de que podrían ser
guerrilleros haciendo un sabotaje
(levantando las vías o colocando una
bomba), recordando los episodios de la
incipiente guerrilla rural de Taco Ralo,
al sur de Tucumán, hacia fines de 1962.
Es que los maridos de Argentina y Jolié
pasarían por allí en cuestión de horas
en un tren militar y, además, ellas se
encontraban solas, su padre enfermo y
sus pequeños hijos desprotegidos. En
busca de otra explicación, una de las
hermanas recordó haber leído que en
varias partes del mundo se habían visto
platos voladores, y especialmente el
caso del camionero Douglas (quien días
antes –en Monte Maíz– había visto un
aparato con varios seres que lo habrían
quemado con un fino haz de luz),
sugiriendo la posibilidad que fueran
esas naves.
Entre corridas y
encierros, deciden salir para observar
mejor, cuando ven una tenue luminosidad
verdosa y, pensando que era la camioneta
conducida por un peón que trabaja en la
finca, van hacia la tranquera.
De pronto, a unos
ocho metros de ellas, se encendió una
luz que las encandiló, pudiendo notar
por un instante que había un aparato de
unos 8 x 3 metros, provisto de una
torreta, y con gajos y grandes remaches
dispuestos en su superficie. El impacto
fue tal, que Yolanda trastabilló,
tropezó, y en segundos estaban
refugiadas nuevamente en la casa. La
doméstica, de 15 años, entró exclamando
que la habían quemado, pero Argentina y
Yolanda comprobaron que sólo estaba
asustada. A estas alturas todos estaban
levantados. El padre intentando salir,
era retenido presa de nervios por sus
hijas, pues se hallaba enfermo. Con las
puertas trancadas, desde la ventana (los
postigos cerrados y por veces
entreabiertos), atisbaban el fenómeno.
Una de las jóvenes mujeres creyó que los
haces de luz atravesaban las paredes,
pero otra sostuvo que lo hacían a través
de las rendijas. La misma creyó que los
haces se extendían y retraían a
voluntad, pero resultó que por momentos
lo hacían a ras del suelo.
La situación era
desesperante. La madre oraba, la
doméstica lloraba, las hermanas gritaban
y corrían de una habitación a otra,
siguiendo las alternativas. Los testigos
notaron el ambiente pesado, caluroso.
Ese objeto más cercano (‘F’) emitía un
ruido de máquina en funcionamiento, pero
ya sólo veían de él un espeso y
creciente vapor y unas luces, que
parecían recortar seis ventanas,
impidiéndoles apreciar si se hallaba
suspendido a corta altura o posado en
tierra (con posterioridad se encontraron
allí los vegetales presuntamente
aplastados).
Transcurrieron 40
minutos, hasta que el objeto ‘F’ –que
les parecía comandar las acciones– se
desplazó hacia el este y los demás,
siempre en forma rasante, hicieron lo
mismo, hasta desaparecer en dirección de
las Sierras de Medina, distantes a 20-25
kilómetros.
Luego, corrieron
hacia los vecinos para avisarles del
acontecimiento, pero son muy pocos los
que vieron algo. El vecino lindero
Francisco Tropiano alcanzó a ver
pasadas las 22 horas muy iluminado el
sector este del lugar, al frente de su
finca.
Nadie durmió esa
noche en lo de Moreno. Por la mañana
Jolié fue a la estación ferroviaria
rogando enviar un telegrama a su hermano
Antonio (h), que vive en S. M. de
Tucumán, a raíz del episodio. Cuando
recibió el mensaje –debido al
procedimiento–, ya lo sabía gran
cantidad de personas. Incluido el
periodismo, que pronto se hizo presente.
Luego, se solicitó la intervención de la
policía, labrando un acta, custodiando
el lugar durante días sin novedades, y
requiriendo al Instituto de Ingeniería
Química de la Universidad de Tucumán que
examinara el polvillo blanco hallado en
el sitio donde fueron observadas las
luces, resultando ser carbonato de
calcio con impurezas de carbonato de
potasio.
Hasta aquí, una
apretada síntesis del clamoroso
encuentro. A fin de dar precisión al
episodio, seguidamente, incluimos las
respectivas versiones de las hermanas
Moreno.
TESTIMONIO DE JOLIÉ
DEL VALLE MORENO DE COLOTTI
Nació: Trancas,
provincia de Tucumán, 17 de abril de
1940.
Estudios: Secundarios
en el Colegio Sagrado Corazón hasta
tercer año, luego Liceo de Señoritas R.
Escalada de S. M.
Jolié había decidido
con su hermana Argentina ir a descansar
unos días al campo, a la finca Santa
Teresa, que sus padres poseen en la
localidad tucumana de Trancas, al norte
de la provincia. Así que viajó desde
Rosario, SF, donde estaba residiendo,
junto con su hermana, los dos pequeños
hijos de ésta y el suyo, Guillermo, de
apenas cuatro meses. Arribaron a S. M.
de Tucumán el día 21, y desde allí se
trasladaron a la finca en automóvil, en
compañía de sus padres, Antonio
Moreno (72) y Teresa Kairuz de
Moreno (63).
Al atardecer no les
fue posible poner en funcionamiento el
equipo de luz, pues el motor a gasoil
del tambo (instalado cinco años antes)
se encontraba averiado, y ninguna
conocía el sistema. Cenaron temprano y
se fueron a descansar, después de un día
agotador, cada una con su lámpara para
leer un rato antes de dormir. Sin
embargo, Jolié debía quedar despierta
porque su hijo tenía que tomar el
biberón a las 21 horas.
Momentos después,
aparece la mucama Dora Guzmán diciendo
que no iría a lavar la vajilla esa noche
porque tenía miedo. Su otra hermana,
Yolanda Moreno, le inquiere a la
empleada doméstica cómo era posible si
se ha criado en el campo, a lo que Dora
le replica afirmando que hay luces
raras. Pero nadie le dio importancia.
Unos 20 minutos después regresó decidida
a dejar la cocina como estaba y
manifestando su deseo de irse a dormir a
las habitaciones de la familia, porque
tenía miedo. En tales circunstancias,
Jolié opta por salir a ver qué pasa,
pero nada ocurre. De modo que entra a la
vivienda, prepara y le da el biberón a
su bebé, quien continúa durmiendo. Al
momento Dora retorna desesperada,
expresando que las luces eran ahora
mucho más intensas. Nuevamente se
levantó tomando un abrigo con la
intención de permanecer un rato afuera y
ver qué ocurría en las vías del
ferrocarril, las cuales estaban rodeadas
de moreras y gran cantidad de arbustos.
Era una noche algo
fresca y sumamente oscura. No veía nada
inusual, cuando de pronto advierte sobre
las vías como un tubo de luz
fluorescente por donde transitan
“personas”. A la distancia sólo nota las
siluetas de gente que camina, siluetas
de semejanza humana. Diez o 20. “Parecía
gente que caminaba a paso normal,
simplemente. Era como ver gente
maniobrando en algo, caminando, a 200
metros, justo al frente, como si se
desplazara dentro de la luz; se veían
siluetas nada más”, afirma Jolié.
Piensa de inmediato
que esas eran las luces vistas por Dora,
pero la doméstica le expresa que había
visto otras. “No, ésa es la cuadrilla
del ferrocarril –le responde Jolié–,
debe ser que alguna vaca que atropelló
el tren está siendo sacada de las
vías”.
Creyendo una cosa
así, regresan a la casa y le comenta a
Yolanda la novedad, quien desea salir
muy dispuesta a unírseles y comprobar lo
que ocurría. Yolanda se ve entonces
sorprendida por la potencia de la luz de
la supuesta cuadrilla del ferrocarril,
pero resuelve regresar en silencio, pues
sus padres dormían, y pedirle a
Argentina que cuidara de su niño, porque
querían ir hasta las vías pensando que
se trataba de un accidente.
Argentina les ruega
que no vayan, convencida que se trata de
un sabotaje y que estarían colocando
algún explosivo en las vías. A raíz de
ello, Yolanda habría sacado un revólver
Colt 38 que tenía debajo de la cama y
una linterna, saliendo al patio con la
intención de dirigirse por el camino de
acceso a la finca, donde hay un portón.
Cuando las tres se
fueron aproximando, notaron una luz
verdosa que pensaron se trataría de la
luz de posición de la camioneta
pick-up que tenía la familia,
conducida por un peón, Huanta, y que
empleaba para llevar los elementos
rurales al pueblo. Dora dice “ahí está
Huanta, le voy a abrir el portón”. Casi
al decir eso, estaban sobre la
tranquera. Yolanda enciende la linterna
en dirección a la misma para abrirla,
cuando advierten que la camioneta no era
tal. La respuesta que se obtiene al
pulsar la linterna es un fuerte haz de
luz, produciendo tal conmoción que las
voltea como un chorro de agua,
arrojándolas al suelo. La doméstica, que
estaba más adelantada dispuesta a abrir
la tranquera, o portón, siente
repentinamente una quemazón en el
rostro.
Jolié señala:
“Nosotras lo único que alcanzamos a ver
en ese momento fue la parte de arriba
del aparato, metálico, con gajos
remachados, dándome la impresión de que
era un remache hecho por el hombre, es
decir, por las manos humanas. Y de abajo
no se podía ver absolutamente nada
porque salía niebla, como un humo”.
El aparato descrito
por Jolié daba la sensación de
balancearse casi a ras del suelo, aunque
no se veía nada debido a la abundante
niebla, tanta que impregnó los árboles
de un fino polvillo.
Más adelante insiste:
“Tenía seis gajos y seis tirantes. Ésa
fue mi primera impresión. Hecho por la
mano del hombre. Los distinguimos cuando
encendimos la luz. Después lo vimos más.
En esa fracción de segundos fue cuando
vimos los gajos”.
La reacción de las
mujeres no se hizo esperar. Salieron
corriendo, introduciéndose en la casa
donde estaba Argentina, la
segundogénita, quien a los gritos alertó
estar rodeados de platos voladores. Fue
entonces cuando desde el interior
pudieron notar en el aparato una suerte
de serpentina de colores (verde,
anaranjado, rojo), a modo de muchas
ventanillas, girando velozmente. La
testigo calcula que tendría unos ocho o
diez metros de diámetro con forma de
sopera invertida, aunque lo único que se
veía eran las luces y la niebla.
Siguiendo el relato
de Jolié, este aparato estuvo allí
lanzando haces de luz hacia la casa, sin
darse cuenta cómo las lámparas que
tenían encendidas iluminaron con tanta
intensidad el interior de la vivienda.
“Todos los objetos tenían su haz de luz,
todos iluminaban como si fueran
reflectores que necesitaban analizar la
casa como si una inteligencia los
estuviera dirigiendo”, según Jolié.
Otro detalle
observado a través de la ventana es que
de los aparatos situados sobre las vías,
fueron lanzadas dos luces por el camino
de acceso a la casa, como inspeccionando
las tejas. El carácter de las luces era
cilíndrico y paralelo, sin penumbras.
Fue avanzando hacia la casa, demorando
en llegar. “Era una luz dirigida por
seres inteligentes, como si una gran
‘aspirina’ avanzara y llegara hasta
cierto lugar. Yo llegué a tocarla y
querer tomarla, porque era como un
tubo”, pero se replegó en ese momento
sin sentir nada en especial.
La testigo no puede
precisar la cantidad de tubos de luz que
salía de cada objeto. Estaba desesperada
y sus hijas, aterradas, corrían por las
habitaciones. La desesperación del
padre, Antonio, por querer abrir la
puerta y lanzarse hacia uno de los
aparatos, pese a su robustez, era
impedida por su familia.
Cuando se puso en
movimiento la máquina que se hallaba en
el jardín, a pocos metros de la casa, en
la oscuridad, lanzó un haz de luz que
hizo un giro de 180 grados, dando la
impresión de haber sido “una señal de
ajuste de cinco aparatos que estaban
sobre la vía”.
El pequeño Güilli
y los niños de Argentina habían
transpirado profusamente, sin
despertarse. Hacía un calor insoportable
dentro de la casa. Se percibía un leve
zumbido, pero con el barullo y la
desesperación, no se escuchaba.
Luego de aquel giro
del haz luminoso, empezaron a
desplazarse todos juntos. “Se alejaron
–dice Jolié– respetando los accidentes
del terreno, su geografía, en forma
rasante”, hasta perderse hacia las
Sierras de Medina, situadas al frente de
la finca, quedando un fuerte resplandor
en el cielo. Como las Sierras son muy
altas –deduce–, han tenido que elevarse
para sobrepasar esa zona, pero siempre
en vuelo rasante.
En ese momento,
detrás de la casa, hacia la zona donde
hay montes (esto es, en dirección
aproximada a San Pedro de Colalao),
salió otro aparato más que no había
visto hasta entonces, alejándose por un
camino lateral a la finca,
paulatinamente, iluminando el terreno.
Notó que su hermana
Yolanda tenía los cabellos impregnados
de una suerte de niebla blanca que le
resultó extraña. Luego de lo ocurrido
fue a buscar al vecino Acosta, pues su
casa está muy cerca de las vías, pero
estaba profundamente dormido, al igual
que sus perros. Empero, alcanzó a notar
el ambiente iluminado.
Posteriormente Jolié
pudo comprobar, al igual que los demás,
la existencia de algunos residuos, como
bolitas que se deshacían en forma de
cenizas al presionarlas suavemente.
Al día siguiente, muy
temprano, estuvieron periodistas del
diario “La Gaceta”, de Tucumán.
Según Jolié, quien avisó fue la médico
René Vera de Kairuz (ya
fallecida, y familiar de las nombradas),
del Hospital de Trancas, quien habría
visto pasar sobre esa localidad un
conjunto numeroso de luces. Fue
precisamente ella quien, al otro día,
atendió en primer lugar a Dora de las
presuntas quemaduras. Su tío, esposo de
Vera de Kairuz, luego de una inspección
ocular opinó que se trataba de una
alergia mutante con una componente
nerviosa.
TESTIMONIO DE YOLANDA
MORENO EBAICH
Nació: Trancas,
provincia de Tucumán, 30 de octubre de
1925.
Estudios: Profesora
de inglés y de corte y confección.
El día había
transcurrido normalmente. Pasadas las 21
horas los integrantes de la familia
Moreno se estaban acostando; algunos
leían, descansaban y acomodaban a los
niños.
En cierto momento, la
doméstica Dora Martina Guzmán apareció
en las habitaciones exclamando muy
temerosa –tal es su personalidad– que
había unas luces afuera cuyo origen
desconocía, aunque supone que estarían
buscando a alguien. Yolanda cree que
podría tratarse de un ómnibus de la
empresa donde se desempeña su hermano
Antonio, pero ya hacía un par de horas
que pasó el último, y le resta
importancia al episodio.
Dora lloraba en la
cocina e insistía con sus observaciones.
Finalmente, Yolanda decide salir de la
habitación y dirigirse por detrás de la
vivienda pensando que por algún problema
vienen a buscar a su hermano, ausente en
esos momentos. La puerta del frente se
encontraba cerrada siempre por
seguridad. Entonces miró hacia las vías,
distantes unos 200 metros, notando la
presencia de dos luces.
Se veía entre medio
de ellas cruzar unos cuerpos de aspecto
humano (11, 12 ó 14). Pensó que eran
operarios de la cuadrilla ferroviaria,
que estarían reparando algún desperfecto
vial, de noche, para evitar accidentes.
Luego descartó esta posibilidad, sin
saber por qué. La noche estaba muy
oscura, no había Luna visible y la
temperatura era cálida.
“Yo he visto bultos
de personas que se cruzaban –dice–, las
observé durante más de diez minutos,
cuando la muchacha me pidió ir a ver las
luces en la vía; caminaban
permanentemente, eran como personas
normales que las ve a 200 metros.
Pensaba que transitaban observando las
vías, porque se veía movimiento entre
ellas, un andar algo lento, pero sin
dificultad”. Alertados por Yolanda,
todos pudieron ser testigos de las
siluetas.
Habían empezado a
transpirar y a toser “como si un humito
de azufre nos ahogara”, dice. Afuera
escuchaba un “ruido raro, como de un
taller, así se escuchaba de los
aparatos”, afirma Yolanda. Aunque
antes que se hiciera de noche, había
empezado a escuchar un sonido semejante
a una cedilla oscilante que le llamó la
atención, pero como entonces se hablaba
de nuevos aviones, pensó que de eso se
trataba.
Volvió a la casa y
regresó con Dora provista de una
linterna grande y un revólver 38 largo
(n. del a: el detalle del arma no
aparece en ninguna de las versiones de
la época, que sólo citan la linterna).
Jolié también había salido, pero regresó
con miedo pensando que irían a
secuestrar a los niños.
Cuando salieron
enfocó con linterna y al instante, se
sintió enceguecida por las luces. Pero
“ningún daño nos han hecho”, aclara.
“Cuando alcancé a ver el vehículo y
apunté con mi linterna, quedé ciega. Ya
no podía caminar porque estaba
enceguecida”. Este aparato situado a
unos seis u ocho metros, tenía una
suerte de ‘torre’ cilíndrica y domo.
Parecía no tocar tierra y daba la
impresión de tener forma redonda con
ventanas, expulsando un vapor que desde
el suelo lo tapaba. “Lo grave es que yo
le veía remaches”, nos dice Yolanda.
“Remaches, remaches. Hecho por humanos
que uno dice”. Ningún detalle más pudo
observar.
Respecto a las
siluetas humanas, más distantes, señala:
“Las dejé de ver cuando nos han
enceguecido. ¡Qué vamos a ver ya, con
los reflectores en los ojos, con la
desesperación de todos…!”, exclama.
“Yo también tambaleé
al prender la luz y enceguecerme, he
tambaleado, como si tuviera un poder;
puse la mano en el suelo y me levanté,
sin alcanzar a caerme. Dora daba cada
grito que pudo haberse revolcado, pero
no sé lo que le pasó a ella. No iba a
atenderla, yo quería atender a los
marcianos”.
En ese estado retornó
al interior de la vivienda. Fue entonces
cuando se levantaron todos. Su padre
Antonio quería salir, pero Jolié y
Argentina se esforzaron para disuadirlo.
Su madre, Teresa, miraba enceguecida a
través de la ventana. La luz daba la
impresión de atravesar puertas y
paredes. Se trataba de una luz sin
amplitud, de aproximadamente un metro de
diámetro.
Provenía de todos los
objetos. “La luz era muy blanca
–indica–, encegueciendo de tanta
claridad. No se apreciaban otras
coloraciones. Era una flota
impresionante, más de siete. Tres
próximos a la casa y cuatro en las vías,
según alcancé a contar. Era tal la
cantidad de luces que quizás había más;
tanta iluminación que enceguecía, no se
podía ver”.
Yolanda continúa con
su exposición: “La temperatura aumentó
un poquito. No sé si será por los
nervios o por la venida de los platos
voladores (…), pero los niños se
despertaron por los gritos, la bulla,
lloraban y transpiraban al igual que los
adultos. Así que sería algo que ocurría
realmente en el ambiente”.
Un estado de nervios
colectivo se había apoderado de las
cinco mujeres. Inclusive, Argentina “le
pegó un sopapo a Jolié, algo así, ella
sintió un golpe en el rostro; de lo que
gritaba le han dado una bofetada”.
Mientras tanto, Argentina decía “¡me van
a llevar los marcianos al bebé!”; tenía
miedo y lloraba por su hija Victita.
“Pero ninguna –dice Yolanda– hemos
tenido miedo (sic), la verdad. Si hemos
vuelto sin llegar al aparato fue por
nuestros padres. Ninguno hemos tenido
miedo” (sic).
“Yo enfrentaba a mis
hermanas, me pedían que no saliera (…)
Mi madre lloraba y el papá viejito
(fallecidos en 1977 y 1965,
respectivamente), pedían que no
saliéramos. Y mis hermanas llorando,
recriminándome por mis padres. Pero
estaban acá, en la propia casa: en la
esquina del jardín, en el gallinero, en
la esquina del cerco, en las vías”.
Yolanda expresa su
extrañeza porque Dora aparece con el
rostro enrojecido, a diferencia de los
demás. “¿Será porque ella tenía miedo?”,
se responde a modo de pregunta. No
obstante, Yolanda le aplica una pomada
para quemaduras (Pancután). Según
Yolanda, la doméstica no fue, al
parecer, trasladada en ningún momento al
hospital.
Como en varias partes
del mundo se hablaba de platos
voladores, se dieron cuenta que de eso
se trataba.
Antes de irse, todos
los aparatos habrían encendido sus
reflectores, dando vuelta sobre sí
mismos y dirigiéndose al cerro Medina
(situado a unos 20-25 kilómetros hacia
el este). “Sin dar vuelta el vehículo,
los reflectores hicieron un giro y
alumbraron todo”, nos refiere Yolanda.
“Unas dos horas hemos estado observando
el cerro iluminado como una ciudad a lo
lejos; como una luz de un vehículo que
se va”.
Los artefactos se
marcharon en el mismo momento, “como si
fuera ordenado por alguien. Alguien
mandaba ahí. Se nota –sostiene Yolanda–
que uno solo dominaba todo; cuando giró
el que estaba al lado de la casa, todos
se han movilizado. Han levantado vuelo y
seguido en forma rasante todos juntos,
pues, imagínese que los cables del
ferrocarril Belgrano (que corren
paralelos a las vías) apenas los habrían
rozado, porque no había nada cortado. El
ruido ya no se sentía tampoco”.
Luego se halló “una
ceniza blanca” donde estaban los
aparatos. Yolanda reconoce que, pese a
tener ciertas cualidades parapsíquicas,
no intuyó la presencia de aquel
fenómeno, ni tuvo sueños alegóricos
relacionados con su experiencia.
Consultada sobre sus
impresiones acerca de lo observado ese
21 de octubre, señala que “aunque vea yo
remaches en las ventanas, es que no son
personas de acá, por la precisión del
aparato, modo de desplazarse y
mantenerse suspendido, marcas, tenga la
seguridad que son de otro planeta”.
En una modesta
vivienda ubicada detrás de los galpones
de la finca, se encontraba el peón
Huanca (fallecido en 1986). Sus hijos
habían salido. Uno de ellos, “Cucha”, es
quien debía llegar en camioneta. Según
Yolanda, su padre también observó el
fenómeno, pero le manifestó su deseo de
no declarar. Junto con el jardinero
José Acosta se levantaron ante los
gritos de las mujeres, pero afirma que
no han salido por temor.
EL TESTIMONIO DE
ARGENTINA DE JESÚS MORENO DE CHÁVEZ
Nació: Trancas,
provincia de Tucumán, 10 de junio de
1929.
Estudios: Magisterio.
Cursó el primer año de Derecho, y
abandonó.
Aquel 21 de octubre
había viajado de Rosario a San Miguel de
Tucumán, y desde allí lo hizo hasta
Trancas. Le acompañaban sus dos pequeñas
hijas, Victoria y Nancy, estando grávida
de su tercera niña, Cristina.
Llegó muy cansada,
cenaron a temprana hora algo liviano, y
se recostó a leer unas revistas,
mientras sus hijas dormían en la misma
habitación. De pronto, apareció Dora
requiriéndola para ver lo que estaba
pasando, pero no le hizo caso, pues
estaba interesada en su lectura y
cansada. Pero ella insistía, ingresando
reiteradas veces en la habitación, a lo
que Argentina le respondió que se
marchara, pues iría a despertar a sus
padres, quienes dormían profundamente
desde hacía más de una hora. Dora le
explica entonces que Yolanda no sabe qué
están haciendo en las vías.
“Yo pensé que iba a
ver gente y que habría un vehículo del
ferrocarril, porque eso me había dicho
Dora: ‘Ahí hay gente que va y viene por
las luces de la vía’, dijo. Y le
pregunté, ‘¿cuántas personas?’. ‘¡Ah,
muchísimas personas –dice Dora–, son
como doscientos que van y vienen!, y
cree la niña Yolanda que están
levantando las vías, haciendo sabotaje’.
Ella veía sólo las siluetas –continúa
Argentina–, sin poder apreciar detalle
alguno; entonces recién me preocupé y me
levanté”.
Cuando lo hizo, según
la testigo, tanto su hermana como la
doméstica se habían ido a sus
respectivos dormitorios. Dio la vuelta
por detrás de la casa, y al salir
observó un fenómeno que no pudo
comprender. Muy asustada, retrocedió sin
dar las espaldas hasta quedar a
resguardo y entró corriendo a los
gritos. Despertó a sus padres, y alertó
a todos diciendo estar rodeada de platos
voladores. “¡Oh, Dios mío!, estos son
ovnis, me asusté mucho, quédense todos
tranquilos y quietos, nadie salga porque
estamos rodeados de platos voladores,
les digo”.
Se trata de cinco
luces que estaban sobre la tierra. “No
sé si estaban apoyados o qué, pero
estaban ahí”, señala.
“Cuando salí y me
volví, vi uno solo. Pero cuando fui a
buscar a mi padre noté que había cinco.
Uno al frente, otro estaba para tras en
el monte y había tres sobre las vías.
Vale decir tres juntos y uno. Ya tras de
la casa en el monte, el quinto, que
alcancé a ver cuando fui a buscar a mi
padre... Ése tiene que haber estado en
el aire”. Argentina muestra curiosidad
por la intensa oscuridad de la noche,
tenebrosa, sin Luna ni viento, ni
humedad. “Había una tranquilidad
impresionante”.
Durante unos momentos
permanecieron en el interior de la
finca, hasta que salió el padre al
portón, pero con su hija tras él, le
tomó firmemente de la mano, mientras
observaba con mayor atención, y le pidió
regresar, pues tenía angina de pecho.
“‘No papi, no sabemos qué es eso, ¿si
son de otro planeta?... No sabemos si
son buenos o malos’, le dije, volvamos
por favor”, y su padre atendió sus
ruegos y razones.
Al ingresar
nuevamente, Argentina cerró todas las
puertas y ventanas, permaneciendo allí,
expectantes a lo que ocurría. A través
de los postigos observaban el desarrollo
de las acciones.
Argentina tuvo la
impresión de que había algo
descompuesto, pues se escuchaba por
momentos una suerte de golpeteo (un
‘trac… tac’). Sostiene la testigo que
“era un ruido como de una máquina, un
sonido suave: ‘trun-ca-tr’; era como una
cosa que daba vueltas, algo así. ¡Era el
de una máquina que estaba en
funcionamiento! No era ensordecedor y
solamente lo hacía el aparato que estaba
cerca. No lo hacían los otros, de los
que sólo se veían las luces”. Argentina
intenta precisar: “Eran luces grandes
que se veían de lejos. Luces nada más,
blancas”.
En cierto momento,
Yolanda salió con la doméstica y desde
un artefacto situado más próximo a la
vivienda, fueron encandiladas
sorpresivamente, recibiendo “un golpe de
luz”. Ahí se volvieron corriendo y no
salieron. Tenía las luces apagadas y
sólo se advertía la forma de unas
ventanas de apariencia cuadrangular,
oscuras en su interior. No se podía
observar si tenía algún tipo de anillo
que lo rodeara, u otros colores. “Lo que
sí vi –dice la testigo–, era una especie
de fuego que uno prende, que arde. De a
ratos lo veía y de a ratos no. Eso sí,
llegué a ver más llama en los que
estaban más distantes”, afirma
resueltamente.
“Lo que yo vi
–prosigue la testigo– era un aparato.
Ahora podría ser un aparato de acá
también, pero me dio miedo porque dije
‘¡qué aparato raro está ahí!, ¿quién
está usando ese aparato? No sabemos
quiénes son”.
Sin embargo,
Argentina no sabe precisar la forma que
tendría ese artefacto cercano, porque
era tanto el vapor blanco que arrojaba
por abajo y de a ratos una llama, que no
permitía distinguirlo. Lo que notaba
estando fuera –insiste– fue “ese ruido
como una máquina suave, como un motor;
como algo que daba vueltas en aquel
momento (‘chiqui-chiqui-chi’, algo
así)”, sin lograr acertar con su
onomatopeya, aunque advertido por todos
los azorados testigos.
Al preguntarle si
podría tratarse de un artefacto de
manufactura terrestre, Argentina Moreno
respondió: “Puede ser. Se ve que era un
elemento material. ¡Podría ser!, es muy
factible”.
Cuando la luz las
envolvió, Dora exclamó: “¡Ay, me
quemaron!”, llevándose las manos al
rostro. Argentina se asustó, creyendo
que efectivamente la habían quemado y le
pidió que retirara sus manos para
inspeccionar qué tenía, pero la
doméstica se negaba y Argentina debió
retirárselas. “Entonces le pregunté:
‘¿Me mirás bien, me mirás a mí, sí?,
¿pues qué te pasa?’. ‘Nada’, me
responde. ¡Es que el calor le hizo
asustar! Se ve que la luz daba mucho
calor. Cuando ellos enfocaban se nota
que esa luz producía un calor
impresionante”. Esto parece haber sido
corroborado por su hermana Yolanda.
Argentina también afirma que Dora no fue
tumbada por la luz, ni tampoco atendida
en el hospital por presuntas quemaduras,
como indica una versión, aunque había
quedado vivamente impresionada.
En esas
circunstancias, ninguno de los perros
que solían andar sueltos por los patios,
en la galería, ladró. Es más, no
recuerda haberlos visto. Pero sí escuchó
a un animal (vacuno o caballar) que se
inquietó, así como las aves del corral,
en particular las gallinas, que se
despertaron y empezaron a cacarear
cuando desde el aparato más cercano se
dirigió un haz de luz blanca, sin
bifurcación y de unos dos metros de
diámetro, hacia el corral. Cuando
retiraron la luz, no se las escuchó más.
Fue un haz directo, instantáneo, que se
mantuvo un rato alumbrando.
“Todas lo vimos,
porque estuvimos por las ventanas
observando a través del vidrio, ¡y no sé
de dónde salió que atravesaban las
paredes! ¡No!, no es cierto. Nunca las
atravesó”.
-Roberto Banchs:
Pero, ¿entonces no se iluminó el
interior de la casa, como se dijo?
-Argentina Moreno:
Ah, por supuesto, se aclaró cuando vimos
eso. El haz de luz fue impresionante.
Nosotros teníamos las ventanas vidriadas
y por ahí estuvimos observando. De a
ratos alumbraban. Será para saber si
había… Es cuando resolví que cerraran
todo, los postigos. ¡Todo! Pero nunca la
luz traspasó las paredes. El calor sí.
Después la familia
continuó atisbando, y saliendo, pero
Argentina se fue a su dormitorio y de a
ratos, entreabriendo las ventanas,
observaba el fenómeno esperando que se
retirara.
Aunque ese día no
había sido caluroso, la temperatura
resultó agradable. En cambio, durante el
prolongado avistamiento –según relata–
parece haber sido muy elevada, pues las
criaturas estaban transpiradas.
Argentina reconoce no haberse percatado
por sí misma del aumento térmico, debido
al estado de nervios y temor que la
embargaba, pero lo advirtió al ver que
los pequeños transpiraban profusamente.
Les secaba las cabezas y les mudaba de
ropa, cuando sus hermanas exclamaron:
“¡Bueno, se han ido!”. Entonces les
pidió que se quedaran tranquilas, pues
ya no tenían por qué temer. Los niños
habían dejado de transpirar y
continuaron durmiendo apaciblemente.
Algo que la testigo no pudo hacer
durante una semana después del
acontecimiento.
Desde que vio el
reloj hasta que desaparecieron pasaron
40 minutos, aunque supone que pudieron
haber estado desde hacía más tiempo. No
sabe cómo se alejaron, porque
simplemente no los observó, pero pudo
comprobar que después “quedó todo
tranquilo, nos tranquilizamos todos y
así pasó”.
Una vez que se
marcharon, Jolié, Yolanda y Dora
decidieron salir en dirección a las
vías, notando una suerte de ligera
neblina flotando baja en el lugar y un
olor raro en el ambiente. Menos animada,
Argentina dispuso permanecer en la casa,
al cuidado de sus padres y niños,
mientras que en los fondos de la finca
dos familias de peones que habitan allí
dicen no haber visto ni escuchado nada.
“Lo que vi me impactó
muchísimo –nos comenta Argentina–, y ahí
nació mi curiosidad por saber qué pasa
con esto. Y me preocupa mucho. Como yo
lo he mirado en ese momento, dije ‘ese
aparato está hecho acá, y de alguna
potencia’. Cuando lo vi pensé que nos
podía pasar algo porque habíamos visto
un aparato de alguna potencia
extranjera, que nos podría causar daño,
a la familia (2). Eso pensé primero.
Después me puse a analizar cómo esa luz,
y cómo el calor, y por qué esa noche
estaba tan tenebrosa, y por qué no
vinieron otra noche clara. Y así empecé
a analizar esas cosas”. También reconoce
haber leído por ese entonces de otras
experiencias similares ocurridas en el
país (por ejemplo, el caso de Monte
Maíz, Córdoba, el 11/12 de ese mismo
mes) y en el extranjero.
“Todos quedamos de
acuerdo en no contarlo a nadie –señala–,
porque era una cosa muy rara. Mi hermana
‘Porota’ (Jolié) envió por la mañana un
telegrama, alegando que tenía miedo de
dormirse. Hizo un telegrama por
ferrocarril a mi hermano, el abogado
(Antonio), que estaba en Tucumán. El
ferrocarril lo pasó –como es su
modalidad– de estación en estación.
Cuando el telegrama llegó a la ciudad,
medio mundo ya conocía la noticia. ¡Mi
hermano se enteró antes que le llegara
el telegrama a su casa! Supe que iría a
tener problemas, y así fue”.

EXAMEN DE LAS
“HIPÓTESIS INICIALES”
El primer comentario
incluyó tres hipótesis: a) accidente, b)
cuadrilla ferroviaria, y c) sabotaje.
Por consiguiente, vamos a examinar tales
supuestos.
La primera indagación
consistió en ver las planillas de
‘Itinerarios de Trenes’ regulares (de
carga y de pasajeros), para esa fecha y
lugar del F.C. General Belgrano,
constatando que no se registra el paso
de coches regulares en el período de la
observación de los fenómenos. A mediados
de octubre finaliza la zafra azucarera,
y con ella habría mermado la circulación
de locomotoras de auxilio para ese fin.
La investigación
continúa requiriendo al Control de
Movimiento Central (CMC), en Buenos
Aires, datos sobre la posible ocurrencia
de movimiento no habitual en las vías:
reparaciones, accidentes, problemas de
circulación ferroviaria, etcétera.
Darío Rodríguez nos informó que dado
el tiempo transcurrido, no se conservan
antecedentes al respecto, sugiriendo
cerciorarnos en la Superintendencia de
Transporte, en San Miguel de Tucumán.
Allí fuimos y
consultamos en varias oportunidades al
superintendente, ingeniero Julio
Osvaldo Firpo, quien nos confirmó la
inexistencia de los archivos de 1963 en
esa dependencia. Con su autorización
(S.T.P. 2-9/7.027.232), procuramos
localizar entonces el Libro de Registro
de paso de trenes en la mismísima
Estación Trancas. Sin embargo, tras
paciente búsqueda, el resultado fue
idéntico.
Mostrando interés en
nuestra labor investigativa, el
ingeniero Firpo trata de aportar algunas
suposiciones. Menciona el empleo de una
autovía para inspección, un
vehículo con capacidad aproximada para
cuatro personas, levantado
hidráulicamente, y con dos faros de
regular potencia. Y traza la sospecha de
que los fenómenos de Trancas pudieren
haberse originado en el uso de una
“soldadura luminotérmica”, que empezaba
a emplearse precisamente en esos años.
Empero, Firpo nos aclara que la misma no
se utilizó en ese ramal del norte sino
hasta fecha muy reciente, salvo que se
le haya practicado en forma
experimental. Denota su gran luminosidad
y desprendimiento de humo, con algún
residuo, siendo habitual el trabajo
nocturno, por la baja temperatura y
menor actividad ferroviaria.
No obstante la falta
de registros escritos, es opinión de
Firpo que de haberse practicado un
trabajo en las vías (cuadrilla de
operarios) en aquella circunstancia en
que se observaron OVNIS, se habría
comentado la coincidencia y develado la
incógnita.
Así las cosas,
insistimos en localizar al personal
ferroviario de aquella memorable
jornada. Conversamos en consecuencia con
el operador Julio Luma, quien
estuvo cumpliendo funciones en esa fecha
como encargado de turno de movimiento en
San Miguel de Tucumán. Su testimonio es
valioso, porque sostiene –recordando
perfectamente el episodio– que el 21 de
octubre de 1963 “transcurrió con
absoluta normalidad, no registrándose
inconveniente alguno”.
Esto nos llevó a
corroborar sus dichos con los del actual
jefe de la Estación Trancas, Antonio
E. Brozicevich, quien en aquella
oportunidad se desempeñaba como auxiliar
de la citada estación y cuya jefatura
estaba a cargo de Ceferino Álvarez
(ya fallecido). Reconoce que es la
primera vez que se le consulta al
respecto, y nos recuerda que estuvo de
servicio desde aproximadamente las 23
horas del lunes 21 hasta la mañana del
día siguiente, pudiendo precisar que no
hubo accidente alguno o cuadrilla
ferroviaria trabajando en las vías.
En suma, nada indica
que en la noche del 21 de octubre haya
ocurrido un accidente (no hay indicios
físicos ni testimoniales), tampoco que
hubiere estado operando una cuadrilla
ferroviaria (la cual queda descartada
conforme a lo expuesto), ni producido un
sabotaje (pues, en definitiva, nada
ocurrió).
Esta última hipótesis
surge debido a la incipiente guerrilla
rural hacia fines de 1962, en Taco Ralo,
al sur de Tucumán, registrándose también
maniobras de los elementos armados; y
entre 1962 y 1963 se producen algunos
alzamientos militares, que fueron
sofocados.
Transpuestas estas
hipótesis iniciales, iría a sugerirse
una explicación que contaría con la
adhesión de todas las hermanas Moreno:
platos voladores.
MANIOBRAS MILITARES
Débese advertir que
las hipótesis formuladas inicialmente
por la familia Moreno denotan una
preocupación, un temor latente, cierta
fatalidad: accidente, sabotaje,
desperfecto en las vías. ¿Cuál es la
verdadera, y subyacente, inquietud de
esta familia tucumana, que parece haber
tenido como disparador la percepción de
un conjunto de fenómenos
extraordinarios?
Señalemos previamente
que el motivo de la ocasional
permanencia en la finca de las hermanas
Jolié y Argentina Moreno, se debe a que
decidieron descansar unos días en el
campo, aprovechando que sus maridos,
oficiales del Ejército, iban a
participar de unas importantes maniobras
militares a desarrollarse en la
provincia de Salta.
La respuesta a
aquella pregunta que insistía, surgió de
las encuestas: sus maridos irían a pasar
esa madrugada en un tren especial con
tropas del Ejército, precisamente, a 200
metros de la casa, frente a la finca,
por el sitio exacto donde estuvieron
ubicadas las luces y los presuntos
ocupantes de los ovnis.
Yolanda expresa haber
sentido la primera preocupación: “Pensé
y digo, ‘¡ay, van a pasar mis cuñados en
el tren!, ¿qué pasará en las vías?’”. De
ahí que, según Argentina, recién tuvo
inquietud y se levantó cuando Dora le
comunicó que su hermana Yolanda
manifiesta que “están levantando las
vías, estarán haciendo sabotaje para el
tren de soldados”. El desconcierto de
Argentina se pone en evidencia cuando
dice: “Qué iba a pensar usted si decimos
que están esperando trenes con soldados,
que pasan a hacer maniobras y va gente a
trabajar de noche, ¿qué tiene que
hacer?, ¡no puede ser!, si las vías han
estado bien, hasta tarde han pasado
trenes sin problema alguno”.
Es fundamental
señalar acá que Tucumán-Trancas se
convierte en paso ferroviario obligado
hacia el norte del país, donde la Quinta
División de Infantería (con asiento en
Tucumán) iría a desarrollar la actividad
castrense que, a decir de Jolié, “fue
una de las grandes maniobras que tuvo el
Ejército argentino”. Las hermanas Moreno
son explícitas al respecto. Jolié:
“Habían estado pasando (ese día) trenes
con tropas para esas maniobras en
etapas, así, periódicas”. Argentina
ratifica: “Todo el mundo sabía que
pasaban tropas; pasaron muchos trenes de
carga, también. Hasta tarde han pasado
trenes con soldados. A la madrugada
pasaron trenes con tropas. Al otro día
pasaron tropas y no hubo ningún
problema”.
Yolanda, la única
hermana que permaneció residiendo en la
finca, agrega: “Toda la noche han pasado
trenes, de Córdoba, el 20vo. Regimiento
de Montaña, el 8vo. Todos. El 19vo. de
Infantería, el 5to de Comunicaciones.
Todos iban al norte. Toda la noche han
pasado trenes (especiales). Recién a las
cinco de la mañana pasaron mis cuñados.
Y por eso nos hemos confundido que la
cuadrilla observaba la vía”.
Inexplicablemente,
esta significativa actividad, en
coincidencia con el episodio que nos
ocupa, no ha sido mencionada jamás en
anteriores informes de investigación.
Tampoco parece haberse consultado en lo
relativo al paso de trenes por la zona.
No obstante la
importancia regional que tiene el
ferrocarril Belgrano como vía de
circulación, es pertinente examinar
cartográficamente la red caminera y las
características orográficas más
próximas. Se puede advertir de este
modo, por ejemplo, que casi en dirección
a la Sierra de Medina (situada esta a
unos 20 kilómetros), se encuentra la
ruta nacional número 9, que une
Tucumán-Salta-Jujuy. Además, se observa
la ruta provincial 311, que vincula
Trancas con San Pedro de Colalao, al
oeste, y numerosos caminos zonales que
son motivo de atención.
La actividad militar
en la zona, en palabra de los testigos,
resulta de interés al momento de
examinar el caso. Dice Argentina: “Hay
montañas, al frente es un valle. Y hay
montañas al frente y al fondo de la
finca. Y en esas montañas, de pequeña,
mi padre solía despertarnos a las tres
de la mañana para que viéramos las
maniobras de los soldados y el
lanzamiento de luces de bengala”.
Yolanda, por su parte, señala que todos
los años hacen maniobras. “Ahora vienen
a la finca San Francisco de mi hermano
Roberto. Utilizan varios kilómetros de
campo. Pero antes pasaban al norte, al
límite con Chile”. Y agrega: “Sí, acá en
las lomas nuestras, en la que da a San
Pedro de Colalao realizaban maniobras.
En esa época (del caso de los OVNIS) acá
también hacían maniobras, siempre; en
las lomas que dan a San Pedro”.
Al preguntarles a las
Moreno acerca de la posibilidad que
hayan sido desplazamientos militares
aquello que vieron la noche del 21, las
respuestas fueron dispares. Jolié dice
lacónicamente: “No, eso no puede ser
nunca. Hubiera sabido”. Tras su
respuesta, el diálogo perdió por
momentos la fluidez inicial. En cambio,
Argentina se mostró más reflexiva cuando
se lo relacionó con un posible artefacto
de manufactura terrestre. “Puede ser. Se
ve que era un elemento material. ¡Podría
ser!, es muy factible”.
La necesaria y
fructífera consulta de los archivos
periodísticos locales nos iría a
proporcionar una singular secuencia
informativa respecto a las citadas
maniobras militares que se llevaron a
cabo durante esos días. “La Gaceta” de
Tucumán del 17 de octubre ofrece las
primeras noticias. Con el título de
“Maniobras militares”, su corresponsal
en San Salvador de Jujuy informa
brevemente que el jefe del servicio de
seguridad Jujuy, teniente coronel
Venancio J. Bonet, ofrecerá una
conferencia de prensa para dar a conocer
los detalles de los ejercicios finales
que realizarán las unidades militares
destacadas en esa provincia, desde el 20
de octubre al 10 de noviembre.
El 20 de octubre, “La
Gaceta” informa que el jefe del servicio
de seguridad del Ejército de Tucumán,
teniente coronel Luis A. Sarmiento,
ofreció detalles de la forma en que se
realizarán los ejercicios finales de los
efectivos de la 5ta. División de
Infantería, con asiento en Tucumán, en
las proximidades de la ciudad de Salta.
Según se consigna, la
secuencia temporal de las operaciones
fue la siguiente:
-17 de octubre: Se
inician los desplazamientos de los
regimientos y batallones hacia
establecimientos La Lagunilla, Salta.
-24 al 26 de octubre:
Ejercicios de conducción de tropas.
-27 de octubre:
Jornada de descanso.
-28 al 30 de octubre:
Ejercicios de conducción de tropas con
tiro de combate.
-31 de octubre:
Jornada de descanso.
-1 al 3 de noviembre:
Reanudación de los ejercicios de
conducción con tiro de combate.
-4 de noviembre:
Crítica parcial y traslado de tropas a
Campo General Belgrano.
-5 al 7 de noviembre:
Maniobras finales con tiro de combate.
-8 de noviembre:
Desfile en la ciudad de Salta.
En las ejercitaciones
participaban unidades de varias
provincias, tales como Tucumán, Jujuy,
Catamarca, Santiago del Estero y Salta.
Esta última contaba con unidades de
caballería blindada.
Dada la magnitud de
tales maniobras, “La Gaceta” continuó
durante días subsiguientes dando a
conocer, incluso con material gráfico,
las distintas alternativas de los
combates figurados. “Aún no se trata de
hechos militares de ejercitación, se
tiene la convicción de que estamos
asistiendo a una confrontación bélica
real”, comenta su enviado especial A.
Álvarez Sosa, en la edición del 26
de octubre (página 3). Curiosamente, se
trata del periodista que hizo la crónica
del caso Trancas.
El mismo que en
agosto de 1985 comentó: “Hace 22 años,
junto con el entonces jefe de noticias
Ventura Murga y el fotógrafo
Ernesto González, fuimos a Trancas a
cronicar la experiencia de la familia
Moreno. En ese tiempo no sabíamos que el
fenómeno desencadenaría tal cúmulo de
historias y que el cine finalmente
llevaría a conocimiento de todos los
pueblos de la Tierra un ‘encuentro del
tercer tipo’ relatado por el doctor
J. Allen Hynek”.
En efecto, también
Jolié Moreno advierte esa relación: “Mi
madre estaba desesperada y mis hermanas
corriendo, mi hijo estaba durmiendo en
la camita, y transpiraba de tal manera
que… Afuera esas luces, iluminando todo,
moviéndose inteligentemente y las
figuras… Fue la misma película de
Steven Spielberg, ‘Encuentros
cercanos del tercer tipo’ que, por otro
lado, se autorizó con la información que
había de este caso. Autorizado por mí”.
Escenas de un filme,
simulacro de una situación bélica. Ambos
tienen en común un halo de ficción, de
una ostentosa puesta en escena. Acaso la
que se representó en Trancas aquella
noche, a todas luces.
CONDICIONES
METEOROLÓGICAS
En un informe
solicitado al Servicio Meteorológico
Nacional, de la Fuerza Aérea Argentina
(C.E. N 43.945/88), sobre el estado del
tiempo durante aquella jornada del 21 de
octubre en Villa de Trancas, en base a
la situación sinóptica de esa fecha y
los registros de las estaciones más
cercanas (Tucumán Aero y Rosario de la
Frontera), se indica que el cielo estuvo
despejado y con neblina durante la
madrugada, hasta nublarse
paulatinamente; los vientos soplaron del
sector norte, a 10/20 km/h por la
mañana, rotando luego al sector sudoeste
a 20/40 km/h; la temperatura osciló
entre 15 y 39° C, y la humedad relativa
entre 39 y 81%.
De acuerdo a los
datos proporcionados por la estación
Tucumán Aero, entre las 20 y las 22
horas, coincidiendo con el suceso, se
registraron las siguientes condiciones:
-20
horas: cielo nublado, visib. 10 km,
viento calmo, temperatura 26.5 °C, Hum.
Rel. 47%, presión 960.4 m.p.
-21
horas: cielo nublado, visib. 10 km,
viento calmo, temperatura 25.5 °C, Hum.
Rel. 48%, presión 961.8 m.p.
-22
horas: cielo nublado, visib. 10 km,
viento SE, 5 Km/h, temperatura 26.5 °C,
Hum. Rel. 43%, presión 962.8 m.p.
Es pertinente señalar
que la sensación climática (función de
la temperatura y humedad) ha sido
“cálida”. Durante ese período, la
estación no registró fenómenos
significativos, ni cambios bruscos en
las condiciones meteorológicas. Se
destaca que durante la prolongada
observación de los OVNIS, la visibilidad
se mantuvo reducida a diez kilómetros,
con un cielo completamente nublado que,
desde luego, esperaba una incipiente
luminosidad lunar, cuyo astro se hallaba
en la cuarta fase creciente, con una
fracción iluminada del 17.12% (altitud
-35.37 y azimut 174.41, por salir recién
a la 1:33 horas).
Es obvio que el
cuadro de situación descrito no ha
favorecido una buena visualización. Esto
queda ratificado por las testigos,
quienes coinciden en describir la
inusitada oscuridad y escasa visibilidad
en que se desarrollaron los
acontecimientos.
Paradójicamente,
estas condiciones de oscuridad son las
que permiten una excelente penetración
de los filetes lumínicos de los
proyectores utilizados, sin resplandor,
en la zona circundante. La pérdida de
luz debido a la absorción atmosférica se
ve también disminuida por el estado de
la atmósfera.
ANALOGÍA CON LAS
LÁMPARAS DE ARCO
Llámase “arco
voltaico” al fenómeno luminoso que tiene
lugar cuando una corriente intensa salva
la distancia que separa dos electrodos
colocados en el seno de un gas; el aire,
por ejemplo. Su nombre procede de Davy,
quien dio cuenta del fenómeno utilizando
electrodos de carbón de madera.
Los arcos más
estudiados son, precisamente, los que se
forman entre electrodos de carbón
(cátodo y ánodo). Las corrientes de aire
suelen ocasionar un depósito
pulverulento. La mayor parte de los
arcos deben su luminosidad a la
incandescencia de las partículas
volatilizadas en el cátodo, o bien a la
de sustancias adicionadas al ánodo para
dar coloración al arco (roja, violeta,
etcétera). A veces se añade al carbón
anódico sustancias diversas, tales como
calcio, el cual, al volatilizarse
incandescente, irradia luz de espectro
continuo. También potasio, que en
contacto con el aire arde con luz
violeta y gran desprendimiento de calor.
La brillantez intrínseca del manantial
de luz es función de su temperatura; por
lo tanto, para obtener un manantial de
luz con brillantez máxima, ha de
emplearse una sustancia que pueda
mantenerse a la temperatura más elevada
posible.
Como el carbón fue el
que poseía el punto de volatilización
más elevada conocida, se creyó que el
arco de carbones era capaz de la mayor
brillantez lograda artificialmente (esto
ocurre a una temperatura de tres mil
grados Celsius). Sin embargo, por
observaciones más recientes se supo que
era posible conseguir una brillantez
mucho más elevada.
En la fabricación de
los carbones suelen utilizarse productos
de la destilación del petróleo.
Eliminadas las impurezas, se le da forma
definitiva a los carbones (cilíndrica)
y, sometiéndolos a alta temperatura, se
convierten en parte en grafito. Pero fue
Bremen quien propuso añadir a los
carbones distintas sustancias para
aumentar su poder luminoso (de llama) y
otras cualidades (de efecto).
El polvillo que se va
formando durante su combustión, irá a
desprenderse en forma de óxido y
dióxido, finalmente carbonatados. Un
cenicero colocado en la parte inferior
del globo, taladrado por pequeñas
aberturas, determinan una conveniente
evacuación tanto de residuos
pulverulentos, como de gases. En este
último caso, en particular, cuando los
carbones son mineralizados, dejando
escapar al exterior humo (al contrario
del carbón puro).
Desplazadas por las
de incandescencia de gran tamaño, las
lámparas de arco fueron utilizadas
durante años en las poderosas “linternas
de proyección” para cinematografía (aún
pueden conseguirse los carbones en algún
comercio) y, muy especialmente, en los
proyectores.
Uno de ellos, el
Sperry de 152.4 cm, proyector antiaéreo
modelo 1941, fue inscrito en el Registro
de la Reglamentación del Ejército 18
meses antes del caso Trancas. Por
entonces, el comandante en jefe del
Ejército, Raúl Poggi, ordena que
su manual de descripción, funcionamiento
y conservación (F.T.-A.G. 1) “deberá ser
adquirido obligatoriamente” por
batallones, regimientos, y con
particular reiteración por el personal
de artillería del Ejército. De su
lectura conocemos los principios que
rigen el diseño del proyector:
“Se caracteriza por
su gran intensidad luminosa y se compone
de un arco voltaico también de fuerte
intensidad, mantenido automáticamente en
el punto focal de un espejo reflector
protegidos por un tambor. Dicho tambor
está montado de manera que permite la
rotación completa en dirección y
movimientos en elevación, mediante un
sistema de mando a mano o eléctrico a
distancia. La lámpara sostiene un par de
carbones o electrodos, cuyo mecanismo de
regulación permite el avance del carbono
negativo hacia el positivo y trata de
iniciar un nuevo arco voltaico.
“El tambor está
dotado de un sistema de ventilación a
fin de que las partículas y vapores
desprendidos del arco puedan ser
barridas continuamente (polvo de carbón
y otros residuos producidos durante su
funcionamiento). La duración de la
combustión de las varillas o carbones
empleados para una graduación de carga
de 150 amperios es de 90 minutos
aproximadamente. Para esta lámpara
suelen utilizarse carbones de gran
intensidad fabricados especialmente.
“La ejecución de las
maniobras de localización y proyección
del haz de luz es fundamental, por su
rapidez, alcance y precisión. Baste con
señalar que debe alcanzar a iluminar
fácilmente un avión, digamos, a 16
kilómetros (aunque la visibilidad del
objeto depende, no ya de su iluminación
misma, sino del contraste entre la
iluminación del objeto y el resplandor
en la zona circundante).
“Las características
del proyector tienden, a través del
espejo, a concentrar el haz luminoso y a
proporcionar casi la máxima iluminación
posible, a la vez de ser fácilmente
transportable.
“El puesto de mando
se compone de un aparato de regulación,
que proporciona la sincronización del
movimiento del proyector con los datos
de un localizador de sonido, y el mando
a distancia del proyector, que lo hacen
mover en dirección y girar en elevación.
Todo el sistema de este modelo –que no
es el único– requiere de un grupo
electrógeno, compuesto básicamente de un
motor de gasolina y un generador,
convenientemente emplazado detrás de un
terraplén o montículo de tierra,
arbolado o matorrales, a fin de
disminuir el ruido que pueda llegar al
localizador de sonido del puesto de
mando, para lo cual conviene
instalarse a prudencial distancia, a
unos 150 metros”.
Vale decir que la
disposición en campaña del material
tendría la siguiente secuencia: grupo
electrógeno-montículo o
vallado-proyectores-puesto de mando a
distancia. Curiosa disposición si la
relacionamos con la ubicación de los
fenómenos de Trancas. Aunque, por
supuesto, allí no se observó ningún
motor a gasolina (sólo se escuchó, a
decir de Argentina, “ese ruido como una
máquina suave, como un motor”), y la
distancia del objeto ‘F’ (“el que
mandaba ahí”) a los reflectores más
próximos (objetos ‘C’ y ‘D’), no era
inferior a 170 metros.
El relato de la
familia Moreno sobre la incursión de una
escuadrilla de OVNIS, destaca la
descripción del tipo de luz que emitían
los reflectores “de las extrañas
máquinas”. “Eran chorros de luces
blancas, altamente direccionales y que
mostraban muy poca dispersión”; “haces
perfectamente cilíndricos, compactos y
coherentes”, dirían, homologándolos por
sus características al láser (light
amplification by stimulated emision of
radiation).
Sin embargo, los
anticuados proyectores de arco voltaico
–lejos de una supertecnología– muestran
sus cualidades. En una exposición
industrial realizada en La Plata, Buenos
Aires, cuatro años después, se pusieron
en funcionamiento varios de los citados
reflectores. El atractivo ganó su
espacio en la prensa, con una nota
gráfica en la que advierte que su
potente haz “pareciera haberse
materializado”. El comentario
final de “El Día”, en su página 4, es
llamativo: “La prueba realizada anoche
(martes 14 de noviembre de 1967) con los
reflectores causó general sorpresa en la
ciudad, ya que muy pocos alcanzaban a
explicarse el origen de esos poderosos
haces de luz que tan pronto alumbraban
‘a giorno’ los más altos
edificios como horadaban la profundidad
del cielo. Los teléfonos de nuestro
diario fueron anoche vehículo de la
curiosidad pública, que una vez encontró
motivo para dar rienda suelta a su
imaginación proclive a vincular
cualquier hecho simple con viajes
espaciales o invasiones de trasmundo”.
EL AUMENTO TÉRMICO
Diversas versiones
indicaron que el índice mercurial era de
16° C antes de la observación y que
luego se elevó a 40° C. Hemos visto de
modo fehaciente que no fue así: la
temperatura exterior osciló en los 26.5°
C. Se trató de una estimación de las
testigos, en cuyo caso la diferencia
mercurial nos proporciona un parámetro
de percepción (térmico, en este caso)
que condujo la apreciación del
fenómeno.
No obstante, creemos
factible que se haya producido un
aumento de la temperatura. Un proyector
(a diferencia de una lámpara común que
irradia su energía lumínica y térmica en
todas las direcciones) posee un espejo
cóncavo que permite concentrar sus
rayos, evitando una excesiva dispersión.
Por eso se debe considerar al calor
tanto en su intensidad como por la
duración. De ahí que esa elevación es
obvia, aun cuando su progresión dentro
de la finca pudiere haber sido muy
pequeña.
En cambio, resulta
aceptable que un importante aumento de
la temperatura en el interior de la
vivienda pudiere haberse producido como
consecuencia de múltiples causas:
a) Por la exposición prolongada de
uno o varios proyectores, actuando sobre
la casa.
b) Por la falta de aireación debida
al encierro, a lo que debe sumarse la
sensación climática cálida imperante en
la región. El diario “La Gaceta” del 23
de octubre, indica que las testigos,
“alarmadas por todo lo que veían,
comenzaron a cerrar puertas y ventanas”.
Argentina Moreno nos ratificó incluso
que en el momento en que las iluminaron
“es cuando resolví que cerraran todo,
los postigos, ¡todo!”.
c) Por la agitación física. Los
testigos corrían de una habitación a
otra, se llevaban por delante, etcétera.
Es un hecho conocido que el movimiento
muscular produce calor, y que éste eleva
la temperatura general (del cuerpo y del
ambiente), acompañada de consumo de
oxígeno. Por otra parte, la secreción
sudoral se halla supeditada al
funcionamiento de los centros
sudoríparos, los que pueden entrar en
acción aún elevándose la temperatura
algunas décimas de grado. Asimismo, el
sueño y el trabajo muscular energético
excitan la calorificación y la sudación.
d) Por la crisis nerviosa. Al igual
que el sistema muscular, el nervioso es
también fuente de calor. Fue Burdach
quien demostró que los estados
emocionales tales como el temor, el
terror y otros, elevan el calor del
cuerpo. Precisamente, Yolanda Moreno ha
conjeturado que el aumento térmico pudo
deberse al estado de nervios en que se
hallaban.
LOS RESIDUOS DE
COMBUSTIÓN POR DESPRENDIMIENTO
En la mañana
siguiente del suceso, personal de
policía a las órdenes del subdirector de
seguridad, comisario inspector Marcos
Fidencio Hidalgo, se hizo presente
en la finca con el propósito de tomar
intervención a raíz de la denuncia. Se
solicitó entonces, a la Universidad de
Tucumán, un técnico para realizar el
análisis de una sustancia pulverulenta
encontrada en varios lugares de la
finca. En medio de un gran pánico de los
moradores, se procedió a buscar un
sector conveniente para obtener una
muestra representativa, lo más pura
posible. Se desechó el sitio donde
estuvo asentado el objeto más próximo
(‘F’), un sembradío de lechugas y
arvejas, porque presentaba muchas
impurezas, se mezclaba con la tierra. La
muestra fue tomada cuidadosamente en los
rieles, durmientes y piedras de las
vías, situados debajo del lugar donde se
mantuvieron los OVNIS, utilizando un
cepillito para evitar que el material se
mezclara con la tierra. Se trataba de un
espolvoreo, fino, de unos dos milímetros
de espesor, de modo que la tarea
–realizada por la mañana del 22–
consistió en cepillar muy débilmente
para que no rozara sobre la vía,
evitando cualquier contaminación. Fueron
extraídos dos gramos y 343 miligramos en
un recipiente apropiado, que fue
lacrado.
Sólo en los lugares
mencionados, y a modo de un suave
espolvoreo en algunos árboles, fue
hallada esa sustancia pulverulenta,
impalpable y blanca, que semejaba talco.
Jamás se descubrieron “multitud de
bolitas blancas, amontonadas unas sobre
otras formando un perfecto cono de un
metro de altura”. Esto es una
barbaridad, lamentablemente muy
difundida (3).
Por otra parte, según
consta en el Informe Técnico de la
Armada Argentina (anexo), “como rastros
donde había estado el ovni (‘F’), quedó
la plantación de lechuga como
aplastada”, prueba de que el objeto
estuvo apoyado en el suelo y no
suspendido en el aire a cierta altura,
como se adujo.
La sustancia recogida
fue inmediatamente examinada por el
técnico químico Walter Gonzalo Tell,
Jefe del Laboratorio Químico-Industrial
del Instituto de Ingeniería Química de
la referida Universidad. En el informe
dirigido el miércoles 23 al director del
Instituto, ingeniero Óscar Männich,
señala que “la muestra pulverulenta
blanca extraída por pincelado de los
rieles del ferrocarril y de zonas que,
al parecer, no podrían estar
impurificadas con sustancias ajenas a la
composición química de la muestra”,
registra lo siguiente:
Cantidad total
extraída: 2.343 grs. (dos gramos, 343
miligramos)
Análisis químico
(óxidos):
Óxido básico: Óxido de Calcio (CaO)……….
54.02%
Óxido básico: Dióxido de Potasio (K2O)……
2.39%
Óxido ácido: Dióxido de Carbono (CO2)……
43.59%
Fórmula química
(sales):
Carbonato de Calcio (CaCO3)……………….
96.48%
Carbonato de Potasio (K2CO3)………………
3.51%
De acuerdo a los
datos obtenidos, las sustancias son:
carbonato de calcio y en mucha menor
proporción, carbonato de potasio.
Podríase decir que se trata de carbonato
de calcio impuro.
La aparición de tales
carbonatos suele deberse a la
incineración de vegetales o sustancias
de origen orgánico, mineralizadas. Puede
afirmarse que la combustión realmente
existió. Su presencia sólo dispuesta en
la superficie, a modo de espolvoreo,
evidencia que es el resultado de una
acción externa al terreno, si bien estas
sales son abundantes en la naturaleza.
Su disposición superficial hace suponer
un proceso de combustión por
desprendimiento del elemento que las
originó. Ahora, ¿qué fenómenos químicos
han dado lugar a la formación de estas
sales carbonatadas? Ello se logra a
partir de la determinación de óxidos
básicos (de calcio y potasio) y del
óxido ácido (de carbono), expresados en
el análisis del técnico W. G. Tell. Al
quemarse el carbono –en cualquiera de
sus variedades alotrópicas– (4), se
forma en combinación con el oxígeno del
aire dióxido de carbono, el que al estar
combinado con el óxido de calcio y
dióxido de potasio, se obtiene
finalmente carbonato de calcio y
carbonato de potasio, resultantes de un
proceso de combustión, como lo muestra
el análisis:

Si en vez de
producirse una combustión, con la
consiguiente resultante, hubiera sido
por un objeto de elevada temperatura, en
el orden de los 850 o 950° C, no se
habrían hallado carbonatos, sino óxidos
básicos originales, liberando el dióxido
de carbono a la atmósfera:
En síntesis, esto
demuestra que los residuos obtenidos en
la finca de Antonio Moreno son producto
de una combustión por desprendimiento.
Probablemente, arrojados al suelo a
través del orificio del elemento que los
originó y, en menor escala, como
partículas en suspensión mediante los
gases (humo) desprendidos de los cuerpos
en combustión.
La respuesta acerca
de la procedencia de estos compuestos,
irá a provenir de una visión de
conjunto, atendiendo el desarrollo de
los fenómenos ocurridos aquella
memorable jornada en la Villa de
Trancas.
ANÁLISIS FINAL
Sin poner en duda la
buena fe de las testigos, quienes
generosamente accedieron a ser
entrevistadas, debemos señalar algunas
inconsistencias y contradicciones,
resultado de la crisis de la que han
sido víctimas, el modo en que cada una
percibió el fenómeno y fue elaborándolo
en estos años. Lo singular es que se
trató de una experiencia múltiple y
fuertemente emocional.
Es así como la
protagonista principal y habitual vocero
del caso, Jolié, muestra en los relatos
un intento –no deliberado– de
fascinación, conforme a su personalidad.
Abunda en detalles fantásticos,
exponiendo el episodio con aparente
coherencia y pulcritud. Yolanda lo hace
en forma desordenada, sincera y simple,
con matices intuitivos. El testimonio de
Argentina se destaca por su prudencia y
realismo, pese a ser bastante
impresionable. En todas se advierte el
haber sido protagonistas de un hecho
inaudito, para el cual no cupo
explicación alguna, dejando entrever a
las claras una fuerte y significativa
impregnación emocional y afectiva.
La investigación
estuvo focalizada en los siguientes
aspectos: a) Características del
artefacto más cercano a la casa; b)
Procedencia del conjunto de luces sobre
las vías; c) Naturaleza de los haces
luminosos; d) Aumento térmico
experimentado por los testigos; e)
Residuos carbonatados hallados en los
lugares donde estaban los ovnis; y f)
Observación de ocupantes de apariencia
antropomorfa en torno a las luces. Estos
son, a fin de cuentas, los aspectos más
salientes y controvertidos del
consagrado episodio.
Ahora bien,
intentando dilucidar los citados
aspectos del caso, pudimos hallar que
apenas unos días antes se había iniciado
el lento desplazamiento de tropas hacia
el norte argentino, cuyo paso obligado
de numerosos contingentes militares al
lugar de operaciones ha sido, ni más ni
menos, Trancas, a 200 metros de la
finca. Como dato curioso, esta operación
jamás fue consignada por investigador
alguno.
Durante esa histórica
jornada ufológica, se produjo un
inusitado movimiento de tropas durante
todo el día, antes y después de los
sucesos narrados, hasta la madrugada.
Aún más, los mismos maridos de Jolié y
Argentina (escépticos de la procedencia
extraterrestre de los fenómenos
descritos) pasaron frente a la finca en
un tren especial con tropas, horas más
tarde.
Mencionemos otro
aspecto de interés, recordando las
características del artefacto más
próximo a la vivienda: apariencia
metálica, domo, gajos y remaches grandes
en su superficie, y sonido de motor.
Podríase convenir que se trata de un
vehículo blindado, cuya procedencia
terrestre no escapa a ser considerada.
El mismo guarda gran
semejanza con un vehículo a oruga (tipo
Carrier, de exploración) o de doble
tracción, capaz de atravesar un
escarpado terreno. Seguramente, como
aquellos empleados por el Ejército y que
durante esos días estuvieron transitando
en las cercanías de la finca.
Ese artefacto
despedía, además, un espeso gas
blancuzco o neblina desde su parte
inferior, que les impedía apreciar si
estaba suspendido en el aire o apoyado
en tierra. Después de permanecer 40
minutos en el lugar, según Jolié, “se
alejaron respetando los accidentes del
terreno, su geografía, en forma
rasante”, compartiendo la impresión de
Yolanda (pues Argentina no alcanzó a
verlos partir). Las testigos sólo
presumen que debieron elevarse,
debido a lo accidentado del terreno. Lo
cierto es que –de haber levantado vuelo–
probablemente se hubieran llevado por
delante el tendido de cables que se
extienden paralelos a las vías del
ferrocarril, sujetos a los postes.
Otro dato que permite
esclarecer la posición de ese objeto
respecto al suelo, lo hallamos en el
informe OVNI de la Armada (“Anexo, ítem
2”): “Como rastros donde había estado el
ovni, quedó la plantación de lechuga
como aplastada. La marca sobre la
plantación no ofrecía aspecto de
quemadura”.
En cuanto a las luces
sobre las vías –ubicadas en un terraplén
elevado–, las testigos juzgan, en este
caso, que podrían haber estado apoyadas
sobre las mismas.
Sería atinado pensar
que, ante la incipiente guerrilla rural
(recordar los episodios tucumanos de
Taco Ralo), se hayan tomado ciertas
previsiones sin aviso, frente a la
eventual posibilidad de un atentado
(recordar también la hipótesis del
sabotaje sugerida por las hermanas
Moreno), ya que era casi permanente el
paso de trenes con tropas rumbo al
norte. Una sigilosa inspección de
seguridad del tendido ferroviario y de
las inmediaciones no está fuera
de lógica. Aún más, la misma fue
parcialmente confirmada.
Las vías del
ferrocarril están situadas, como se
indicó, a unos 200 metros de la vivienda
y algo menos de la tranquera. Desde allí
se observaron focos de luz,
reflectores. Nunca objetos sólidos o
formas luminosas discoidales. Los
difundidos croquis o dibujos de Jolié no
se condicen con sus propias palabras, ni
con las de sus hermanas, logrando
inducir la creencia que tenían forma de
“platos”. Todas las declaraciones de las
testigos coinciden en este punto: Sólo
veían focos de luz y siluetas
antropomorfas moviéndose de un lado a
otro, sin definición posible. No podían
distinguir más. Esas luces eran
precisamente lo que describen:
reflectores.
Sus cualidades
parecen indicar que se trata de
reflectores de arco voltaico (tipo
Sperry, o similar), usados en esa época
por el Ejército, cuyo funcionamiento
produce la acumulación de polvo de
carbón y otros residuos, que son
desprendidos al exterior en forma de
carbonatos. Los mismos que fueron
hallados en Trancas.
Es congruente, pues,
que las siluetas antropomorfas
correspondan a un grupo de soldados que
–a varios cientos de metros de los
Moreno– los maniobraban en la oscura
noche.
En conclusión,
deviniendo de los hechos presentados y
su minucioso análisis, estimamos que la
hipótesis más satisfactoria para la
incógnita planteada por los fenómenos de
Trancas, es la de movimiento de
soldados, provistos de reflectores, en
un operativo de seguridad por la zona.
- - -
NOTAS
(1)
Ver: “Il Giornale dei
Misteri”. Firenze. Italia. Número
218; Diciembre de 1989.
Número 231; Enero de 1991. Número 255;
Enero de 1993. “Cuadernos de Ufología”.
Santander. España. Número 14. Segunda
Época. 1993. E “Investigando”. El
Palomar. Argentina. Número 41.
Noviembre de 1992.
(2)
Deseosa de contárnoslo, agrega: “Si
ve el libro de denuncias sobre OVNIS, va
a ver el caso de una señora que dice
haber sido secuestrada y la dejaron en
un cementerio, paraguaya creo que era.
¿Sabe cómo se llama?: Yo me acuerdo por
la sigla “A.M.”, y dije Argentina
Moreno. ¡Me buscaban a mí, se han
equivocado! Bueno, me encierro en la
oración”. La testigo se refiere a
Adela Martínez de Pascucci, Quilmes (2
de julio de 1968). Ver Los Identificados.
Volumen V. “Raptada por un plato”.
Páginas 24-27.
(3)
Según Jolié “eran unas pelotitas que
al tocarlas se deshacían; se notaba que
eran desechos de la máquina. Había como
un cono de pelotitas, como cuando cae el
cereal en algún lugar, que va cayendo y
en el medio va quedando una cúpula,
orillando hacia las periferias”. De
ahí el equívoco que convirtió un cono de
apenas milímetros de altura (epicentro
del derrame) en un túmulo de un metro.
(4)
Alotrópico: propiedad de algunos
elementos de presentarse bajo formas
diferentes, o simples (ejemplo,
grafito).
Publicado
originalmente como monográfico por
Roberto Banchs. Derechos Reservados. |