Indudablemente
Urbain Jean Joseph Leverrier fue el
astrónomo francés más famoso del siglo
XIX. Mediante cálculo matemático,
Leverrier predijo la existencia de
Neptuno. También supuso la existencia de
planetas intramercuriales o de otro
cinturón de asteroides ubicado a 31
millones de kilómetros del Sol. Con esto
trataba de explicar la excentricidad en
la órbita de Mercurio. Jamás se demostró
la existencia de tales cuerpos
planetarios, y fue hasta la llegada de
Einstein que se pudo explicar el
fenómeno.
Sin embargo, durante
la última mitad del siglo XIX, la teoría
de Leverrier influyó en las
observaciones astronómicas de sus
contemporáneos. Muchos astrónomos
creyeron haber visto los cuerpos
predichos por el francés.
Fue el doctor
Lescarbault, un astrónomo aficionado
del pueblo de Oregarés, Francia, el
primero en llamar la atención de
Leverrier sobre una curiosa observación
de un “cuerpo planetario” que atravesó
el Sol en 1859. Lescarbault, de
inmediato, le envió una carta a
Leverrier. Este último no contestó.
Antes bien se dirigió a Oregarés para
hablar con Lescarbault, ya que ese
supuesto planeta correspondía a sus
cálculos de un nuevo planeta entre
Mercurio y el Sol.
Sin identificarse,
entró en la casa de Lescarbault y
“sometió al doctor a un severo
contrainterrogatorio. Lo puso contra la
pared, planteándole una pregunta tras
otra”.
Al final, se
presentó. Quedó satisfecho con las
respuestas de Lescarbault y bautizó al
nuevo planeta con el nombre de
Vulcano. Este curioso e impertinente
comportamiento de Leverrier se
repetiría, años más tarde, cuando el
ingeniero mexicano Francisco Díaz
Covarrubias visitó el Observatorio
de París, después de su periplo mundial
y del éxito obtenido al fotografiar el
tránsito de Venus sobre el disco solar
en 1874. Pero sobre este punto
regresaremos más adelante.
Leverrier recopiló
toda la información y reportes que pudo
obtener sobre el asunto. Publicó sus
resultados en el “Monthly Notices
of the Royal Astronomical Association"
(1). El primer relato era de
Fritsche, el 10 de octubre de 1802.
Luego le siguieron Stark, el 9 de
octubre de 1819; De Cuppis, el 30
de octubre de 1839; Sidebotham,
el 12 de noviembre de 1849; Lescarbault,
el 26 de marzo de 1859; y, finalmente,
Lummis, el 20 de marzo de 1862.
Con esos datos
Leverrier calculó que Vulcano tenía un
período de 20 días. Además, predijo que
el mejor momento para observar el nuevo
planeta sería el 22 de marzo de 1877. En
Inglaterra, el Astrónomo Real notificó a
los observatorios de Chile, Estados
Unidos, Madrás, Melbourne, Nueva Zelanda
y Sydney para que estuvieran atentos.
Otto Struve, el famoso astrónomo
ruso americano, preparó dos grupos de
observación: uno en Siberia y otro en
Japón.
Pero llegó el día y
nadie, en ningún lugar del mundo, pudo
observar a Vulcano.
Sin embargo, según
Charles Hoy Fort (2), esos seis
reportes no fueron los primeros ni los
únicos. Fort Menciona en su “Libro de
los Condenados” que:
“El 9 de agosto de
1762, M. de Rostan, de Basilea,
Suiza, tomaba la altitud del Sol en
Lausana, cuando vio un cuerpo en forma
de huso, de tres dedos de ancho y nueve
de largo, avanzar lentamente atravesando
el disco solar, a la mitad de la
velocidad de lo que lo hacen las manchas
solares ordinarias (3). No
desapareció hasta el 7 de septiembre, al
alcanzar el limbo del Sol.
“Otro observador,
estudiando el Sol a la misma hora en
París, no vio el objeto, pero M.
Croste, de Sole, es decir, a unos
271 kilómetros al norte de Lausana, lo
observó, descubriendo la misma forma de
huso, pero discutiendo un poco su
envergadura. Y, detalle importante:
Croste y De Rostan no lo vieron en el
mismo lugar sobre el Sol.
“El redactor del
Register escribió: En una palabra, no
conocemos nada del cielo a lo cual se
pueda recurrir para explicar este
fenómeno.
Ese mismo año, 1762,
pero el 19 de noviembre, Lichtemberg
vio otro objeto que cruzaba el Sol (4).
Morris Karl Jessup (5) dice que
la mancha era enorme y redonda, de un
doceavo de diámetro solar. Es decir, si
el Sol presenta un diámetro aparente de
cerca de medio grado de arco, el objeto
tenía dos y medio minutos o 150
segundos. Comparando con el diámetro
aparente de Mercurio, de doce segundos,
implica un tamaño de más de 20 veces el
de Mercurio, o del tamaño de Saturno.
Un año antes, el 6 de
junio de 1761, Scheuten estaba
examinando un tránsito sobre Venus, y
observó un objeto redondo y negro con
tanta claridad como a Venus, como la
mitad de su tamaño, que avanzó durante
tres horas frente al Sol. Scheuten creyó
que podría tratarse de un satélite de
Venus, pero como ningún otro observador,
de los que vigilaron aquel tránsito
vieron el cuerpo, es muy probable que el
objeto estuviera muy próximo a la
superficie terrestre (6).
A Hoffman le
tocaría su turno en mayo de 1764 (7).
Del 1 al 5 de mayo de ese año observó, a
simple vista, una gran mancha redonda,
de un quinto del diámetro del Sol.
Atravesó al astro rey, de norte a sur
(8).
El 17 de junio de
1777, Charles Messier, el famoso
astrónomo que catalogó las nebulosas y
las constelaciones, advirtió cierto
número de cuerpos pequeños cruzando el
Sol rápidamente, en direcciones
paralelas (9).
Luego D’Angos,
desde Tarbes, Francia, vio una mancha
ligeramente elíptica, pero bien
definida, sobre el Sol, como a la mitad
entre su borde y el centro, el 18 de
enero de 1798 (10). El objeto tardó 25
minutos para salir del disco solar
(11).
En “Nuevos mundos”
(12), Fort dice que La Concha, de
Montevideo, vio un cuerpo oscuro y
desconocido que cruzó el disco solar el
5 de noviembre de 1789 (13).
CONTINÚAN LOS
AVISTAMIENTOS
En el siglo XIX
tenemos otras observaciones. El 10 de
octubre de 1802, en Magdeburgo,
Alemania, Fritch observó una
mancha moviéndose a dos minutos de arco
en cuatro minutos, a través del Sol,
mancha que no apareció después de haber
sido ocultada por un nublado. Fritch
indica también que el 20 de marzo de
1800 y el 7 de febrero de 1802, vio
también manchas de moción rápida y
propia (14). Más observaciones:
Keyser, en Ámsterdam, el 9 de
noviembre de 1802 (15).
Los ingleses Capel
Lofft y Acton vieron una
mancha pequeña subelíptica y opaca,
moviéndose más rápido que Venus cuando
se hallaba en tránsito sobre el Sol, el
6 de enero de 1818 (16). Desapareció
antes del atardecer. Parecía de aspecto
cometario o planetario (17).
El 26 de julio de
1819 Gruithuinsen observó dos
cuerpos atravesando juntos el Sol.
Stark también tuvo oportunidad de
ver uno de estos objetos el 12 de
febrero de 1820 (18). Se trataba de una
mancha circular bien definida, con una
atmósfera anaranjada y oro. Ese mismo
objeto fue reportado por Steinheibel,
en Viena, el 27 de abril de 1820 (19).
Cruzó el Sol en cerca de cinco horas.
Jessup escribe el nombre del astrónomo
como Steinbuhl (20).
Durante el eclipse
del 7 de septiembre de 1820 el astrónomo
Gruithuisen vio cinco objetos de
tamaño apreciable (21). El 23 de octubre
de 1822 J. W. Pastorff vio dos
cuerpos oscuros desconocidos. Web
observó otro el 22 de marzo de 1823
(22). Este último escribió un libro, “Celestial
objects”, en donde da otros
numerosos ejemplos, particularmente en
el período comprendido entre el 31 de
julio de 1826 y el 30 de mayo de 1828.
Nuevamente Stark vio
otro objeto, un punto redondo en el
borde noroeste del Sol a las 4:45 pm del
31 de julio de 1826, invisible el día
anterior así como los subsecuentes (23).
Feisher, en Lisboa, tuvo una
experiencia similar el 5 de mayo de 1832
(24).
Pastorff (25) señala
que vio, dos veces en 1836 y otra más en
1837, dos manchas redondas de tamaño
desigual moverse a través del Sol. Una
cambiando de posición con relación a la
otra, tomando una dirección, si no una
órbita, distinta cada vez, y que en 1834
vio otros cuerpos semejantes atravesar
seis veces el disco solar, pareciéndose
mucho a Mercurio en sus pases. Con esos
avistamientos Pastorff se convertía en
la persona que había visto más objetos
desconocidos sobre el disco solar. El “American
Journal of Science”, discutió
esos informes.
De Vico,
en Roma, observó un pequeño cuerpo
perfectamente redondo, sin traza alguna
de penumbra, que cruzó una considerable
porción del disco solar, en el corto
espacio de seis horas, el 12 de julio de
1837 (26).
El 2 de octubre de
1839, De Cuppis, estudiante de
astronomía en el Colegio de Roma, vio un
cuerpo perfectamente definido y redondo,
moviéndose a tal velocidad que pudo
cruzar el disco solar en seis horas
(27). Algo parecido le sucedió a
Houzeau en Bruselas, el 8 de mayo de
1845 (28).
En junio de 1847
Benjamin Scott, Chamberlán de
Londres, y el señor Wray vieron
un cuerpo planetario atravesando el Sol,
según lo cuenta John Russel Hind
en “Nature” (29).
“Una observación
hecha por Schmidt, el 11 de
octubre de 1847, se opina que es dudosa.
Pero en la página 192 se asegura que
dicha duda proviene de una traducción
errónea, citándose otras dos
observaciones hechas por Schmidt el 14
de octubre de 1849 y el 18 de febrero de
1850” (30). Jessup supone que se trataba
de Julio Schmidt, astrónomo de Bonn que
llegó a dirigir el Observatorio de
Atenas (31).
El mismo Hind,
acompañado por Lowe, vio un
cuerpo similar el 12 de marzo de 1849
(32). Pero Jessup menciona que fue Lowe,
acompañado por Sidebotham (33). Era una
mancha negra y redonda que atravesaba el
Sol.
Jaennicke
vio un objeto desconocido destacarse
contra el Sol, el 30 de mayo de 1853
(34). El 11 de junio de 1855, Ritter
y Schmidt observaron, cerca de
Nápoles, poco antes de la puesta de Sol
y a simple vista, un cuerpo negro
redondo cruzando el disco solar (35).
El 12 de septiembre
de 1857, en Wandsbeck, Ohrt notó
una notable mancha circular, un poco más
pequeña que Mercurio, cercana a la
orilla septentrional del Sol, a la 1:00
pm. Esta mancha desapareció cuando se
observó el Sol, dos días después (36).
El 1 de agosto de 1858, Wilson
descubrió al atardecer en Manchester,
Inglaterra, un objeto circular y opaco
que se movió de este a oeste durante una
hora y media (37).
Dos objetos
semejantes a estrellas fueron advertidos
cruzando el Sol por Carrington,
el 1 de septiembre de 1859 (38). F.
A. R. Rusell y otros cuatro testigos
observaron un cuerpo del tamaño de
Mercurio que atravesaba el Sol el 29 de
enero de 1860 (39). En el verano de ese
año, R. Covington vio, sin ayuda
óptica, un objeto cruzando el Sol (40).
Staudacher,
de Neurenberg, vio una mancha redonda
oscura destacándose frente al Sol, en
febrero de 1862 (41). Al día siguiente
la perdió, pero por su apariencia y
movimiento, el astrónomo supuso que se
trataba de un nuevo planeta. Morris Karl
Jessup da una fecha diferente para este
avistamiento, específicamente febrero de
1762 (42).
El 20 de marzo de
1862, un objeto redondo y claramente
definido, fue visto por Lummis, de
Manchester, y por un amigo suyo. La
observación duró unos 20 minutos y el
objeto tenía la mitad del diámetro
aparente de Mercurio (43). Sporer
vio uno cruzando el Sol el 30 de agosto
de 1863 (44). El 12 de febrero de 1864,
una mancha de ocho minutos y ocho
segundos de arco en diámetro, también
cruzó el Sol (45).
El mismo John
Frederick William Hershel
observó varios de estos objetos, el 11
de marzo de 1870, en Bangalore, India
(46, 47). Otras dos observaciones fueron
anotadas por Hind y Denning,
el 3 de noviembre de 1871 y el 26 de
marzo de 1873, respectivamente (48).
Haase reunió, por su lado, informes
de 20 observaciones parecidas a las de
Lescarbault, cuya lista fue publicada
por Wolf en 1872. El 4 de abril
de 1876, Weber, de Berlín,
informó haber visto otro objeto oscuro
que atravesaba el Sol (49).
Gran polémica
presentó el caso de los astrónomos
Watson y Swift que vieron
planetas durante el eclipse de julio
de 1878 (50). El 15 ó 25 de abril de
1883, Bruguière H., en Francia,
vio varios corpúsculos pasando delante
del Sol (51). Uno de los editores de “L’Astronomie”,
un tal P. G., supuso que se
trataba de centellas.
El 30 de noviembre de
1880, el geofísico italiano Riccò
Annibale, “primer astrónomo del
observatorio astronómico de Palermo”,
vio unas manchas que cruzaron el disco
solar. Las identificó como grullas, pero
volaban a nueve kilómetros de altura
(52).
El “London Times”
del 17 de diciembre de 1883, informa que
Hicks Pashaw, en Egipto,
descubrió a través de binoculares “un
enorme punto oscuro sobre la parte
inferior del Sol” (53). Ocho años
después de su fracasado vaticinio,
Leverrier recibió una carta de
Coumbray, de Constantinopla,
informándole que había observado un
punto negro que atravesó el disco solar.
Según Coumbray, si el objeto hubiera
atravesado el Sol en su parte central,
le hubiera tomado un poco más de una
hora (54). La observación ocurrió el 8
de marzo de 1885, según Fort, y el 8 de
mayo de 1865, según Jessup (55).
En mayo de 1886,
Maurice Jacquot, desde Havre,
reportó dos observaciones de cuerpos
negros sobre el Sol (56). El mismo
Jacquot repetiría dos veces en agosto de
1886 (57, 58). En la primera observación
de agosto, Jacquot sugirió que se podría
tratar de una centella, mientras que los
editores de “L’Astronomie” pensaron que
se trataba de un pájaro. En la segunda
observación fue el mismo Jacquot el que
sugirió que podía ser un ave.
La mayoría de los
astrónomos estaban alocados por la moda
de Vulcano. Parece que muchas de esas
observaciones se debieron a una mala
identificación de planetas (Mercurio,
principalmente), a manchas solares o a
cuerpos dentro de la propia atmósfera
terrestre (polvo, pájaros, insectos…).
Incluso C. H. F. Peters demostró
que las observaciones eran ilusiones o
fraudes (59).
En las revistas
francesas de ciencia y astronomía de la
época, se pueden encontrar las
siguientes referencias a cuerpos
similares a los vistos por Bonilla.
|
REVISTA |
TÍTULO |
AUTOR |
PÁG. |
AÑO |
VOL. |
|
L'Année
Scientifique |
Vulcan |
Weber |
7 |
1876 |
|
|
L'Année
Scientifique |
Vulcan |
|
|
1877 |
|
|
L'Année
Scientifique |
Passage d'un
Essaim de Corpuscules Noirs
devant le Soleil |
|
|
1885 |
|
|
L'Astronomie |
Passage de
Corpuscules devant le Soleil |
Herschel |
70 |
1886 |
Vol 5 |
|
L'Astronomie |
Passage d'un
essaim de corpuscules devant le
Soleil |
Bruguière |
70-71 |
1886 |
Vol 5 |
|
L'Astronomie |
|
P. G. |
71 |
1886 |
Vol 5 |
|
L'Astronomie |
Essaim de
Corpuscules Passant devant le
Soleil |
Jacquot |
389 – 390 |
1886 |
Vol 5 |
|
L'Astronomie |
Autre passage de
corpuscules devant le Soleil |
Jacquot |
390 – 391 |
1886 |
Vol 5 |
|
L'Astronomie |
Mémé sujette |
Jacquot |
391 |
1886 |
Vol 5 |
|
L'Astronomie |
Echancrure
Observée sur le Disque Solaire |
|
|
1887 |
Vol 6 |
|
L'Astronomie |
Passage d'un
Essaim de grues devant le Disque
Solaire |
Riccò |
66-68 |
1887 |
Vol 6 |
|
L'Astronomie |
Passage Sur Le
Disque Solaire |
|
|
1893 |
Vol 12 |
No sería raro, pues,
que nuestro ingeniero, que era miembro o
socio de varias sociedades astronómicas
mundiales, estuviera al tanto de las
tendencias en la investigación
científica y que, al presentarse un
fenómeno curioso, y un tanto fuera de lo
común, lo hubiera asimilado a una
observación de asteroides
intramercurianos. Los mismos que habían
sido predichos por Leverrier. Ésta es
pura especulación de este autor, ya que
Bonilla no menciona lo anterior, por lo
menos en su artículo publicado en “L’Astronomie”.
LA ASTRONOMÍA EN
EL MÉXICO DEL SIGLO XIX
Fue el ingeniero
Francisco Díaz Covarrubias quien instaló
el primer observatorio astronómico
oficial, a instancias del presidente
Benito Juárez. A partir de diversas
piezas de tantos otros telescopios que
se habían comprado en el transcurso de
los años, Díaz Covarrubias armó sus
aparatos y los instaló en el Castillo de
Chapultepec.
“Al comenzar el año
de 1863 estaban montados cuatro
instrumentos, entre ellos el magnífico
telescopio meridiano construido por
Ertel, que el Gobierno había
comprado muchos años antes, y que yacía
abandonado y en completo deterioro en el
Colegio Militar” (60).
Poco duraría esa
institución. A la llegada de
Maximiliano, durante la intervención
francesa, el Emperador instaló su
residencia en Chapultepec. Se ordenó
empacar los telescopios y fueron
enviados a una bodega. Ahí, con el paso
del tiempo, se echaron a perder.
Once años después, en
1874, Díaz Covarrubias, en ese entonces
presidente de la Sociedad Humboldt,
dirigiría la primera expedición
mexicana, al Japón, para hacer
mediciones del tránsito del planeta
Venus sobre el disco solar (61). Esta
expedición fue financiada por el
gobierno del presidente Sebastián
Lerdo de Tejada, y estaba
constituida por el mismo Díaz
Covarrubias y Agustín Barroso,
calculista y primer fotógrafo mexicano
en obtener placas de objetos celestes;
Francisco Jiménez, astrónomo
mexicano muy conocido en los círculos
culturales de nuestro país; Francisco
Bulnes, ingeniero, cronista y
calculador; y Manuel Fernández Leal,
topógrafo y calculador.
De esa expedición se
escribieron dos libros. Díaz Covarrubias
fue el autor de uno de ellos (62),
mientras que Bulnes escribió el otro
(63). El doctor en astronomía Marco
Arturo Moreno Corral nos informa en
su delicioso trabajo “Odisea 1874 o el
primer viaje internacional de
científicos mexicanos”(64) los siguientes datos que
servirán para comprender una anécdota de
Díaz Covarrubias:
“A mediados de 1875,
Francisco Díaz Covarrubias publicó las
Observaciones del tránsito de Venus
hechas en Japón por la Comisión
Astronómica Mexicana (65), logrando así
que los mexicanos fueran los primeros en
dar a conocer sus resultados.
“Los franceses
publicaron los suyos en 1877, los
ingleses en 1881 y los rusos en 1891.
Los demás grupos astronómicos o no los
publicaron, o lo hicieron después de los
rusos”.
Díaz Covarrubias
cuenta la recepción que tuvo, por parte
de Leverrier, durante el Congreso
Internacional de Ciencias Geográficas
que se llevó a cabo en París en 1875:
“El agente comercial
y antiguo cónsul de México en París, Mr.
Armando Montluc, que había
obtenido para mí varios permisos o
invitaciones del gobierno para visitar
diversos establecimientos públicos,
solicitó de Mr. Leverrier, sin que yo lo
supiese, el permiso de visitar el
Observatorio Astronómico. Mr. Leverrier
se lo remitió y según me informaron
después no fue un permiso especial como
era de creerse tratándose de una
comisión científica del mismo ramo que
se cultivaba en aquel establecimiento,
sino una simple autorización como las
que se conceden a toda persona que las
pide.
“Yo, que ignoraba lo
que había pasado, me presenté en el
observatorio con Mr. De Montluc y con
toda la comisión a la hora señalada,
creyendo, como era natural, que Mr.
Leverrier nos recibiría; Mr. De Montluc
se dirigió, en efecto, a la habitación
del sabio astrónomo con el fin de
anunciarnos, en tanto que nosotros
examinábamos algunos instrumentos
antiguos pertenecientes a la colección
del observatorio; pero volvió poco
después vivamente disgustado a decirnos
que Mr. Leverrier no juzgaba conveniente
recibirnos de manera oficial a causa,
decía, de estar interrumpidas las
relaciones de su país con el nuestro y
de ser nosotros miembros de una comisión
nombrada por el Gobierno Republicano de
México que derrocó a la Administración
Imperial a la que él había sido adicto.
“Cuando me refería
esto Mr. Montluc, entrábamos a un salón
en el cual acababa también de entrar Mr.
Leverrier para hacer algunas
explicaciones populares a diez o doce
visitantes allí reunidos y referentes a
un nuevo telescopio que se estaba
construyendo. Inútil es decir que al
imponerme de tan singular excusa, salí
inmediatamente con mis compañeros del
salón y del observatorio.
“Como me era conocida
de antemano, por informes de los mismos
franceses, la reputación poco envidiable
de que disfruta el carácter personal de
Mr. Leverrier, no habría yo ciertamente
consentido en que Mr. De Montluc pidiese
para nosotros aquel permiso, si antes de
dar ese paso hijo de un buen deseo que
siempre le agradeceré, me lo hubiera
consultado; pero jamás habría yo creído
que un sabio tan afamado como el
director del observatorio hubiera tenido
una originalidad tan inesperada e
intempestiva, precisamente en los
momentos en que acreditado como
representante de México en el Congreso
de París, era yo recibido oficialmente
con ese carácter y cuando al presentarme
en la Sociedad de Geografía a cuyas
sesiones se me invitó a concurrir, se me
hacía ocupar un lugar de distinción con
otros representantes de sociedades
extranjeras y era galantemente saludado
por el público con un aplauso”.
En efecto, Díaz
Covarrubias y los astrónomos mexicanos
eran ya conocidos, no solo por las
observaciones del tránsito de Venus,
sino por su singular método de
determinación de la latitud, en
sustitución del conocido Método Talcott.
Este nuevo método fue conocido como
Método Mexicano. Díaz Covarrubias
también publicó varias obras de
divulgación (66) y de docencia (67).
Pero estos no serían
los únicos astrónomos mexicanos en ese
siglo. También estaban el fotógrafo
Luis G. León, autor de varias obras
dedicadas a la ciencia (68, 69, 70,
71).
El Observatorio
Astronómico Nacional se inauguró el 5 de
mayo de 1878, ocupando la parte alta del
Castillo de Chapultepec. En 1883 se
cambió al edificio del ex arzobispado
(en el huerto), en Tacubaya, mientras se
construían sus instalaciones
definitivas. Su primer director fue el
ingeniero Ángel Anguiano.
En 1890 los
astrónomos mexicanos contribuyeron a la
Carte du Ciel, un ambicioso
proyecto para fotografiar la esfera
celeste. Uno de los responsables de las
fotografías fue Francisco Estañol.
Y, obviamente, estaba nuestro famoso
José Árbol y Bonilla. Pero antes de
hablar de este ingeniero, veamos un poco
el contexto y el medio en el que se
desenvolvió la vida científica de
Bonilla.
CIENCIA Y CULTURA
EN ZACATECAS DEL SIGLO XIX
Algunos autores
indican que la palabra Zacatecas es de
origen náhuatl y significa “lugar donde
abunda el zacate”. Tal vez esa
etimología no esté lejos de la verdad,
ya que el sitio fue asentamiento de
varias tribus nahuas y chichimecas,
tales como los zacatecas, tecuexes,
huachiles y caxcanes hasta que, en 1531,
se instalaron ahí los españoles, en lo
que hoy es el municipio de Nochistlán.
El 17 de octubre de
1585, el Rey Felipe II la bautizó
como Ciudad de Nuestra Señora de
Zacatecas y, tres años después, la dotó
de escudo de armas y le confirió el
título de Muy Noble y Leal Ciudad.
En 1732 Ribera de
Bernardez (72), describe el uso y
construcción de diversos instrumentos
astronómicos: astrolabios y cuadrantes
geométricos de tres varas de diámetro,
etcétera. También refiere los cálculos
que realizó para la determinación de la
longitud geográfica de la ciudad de
Zacatecas.
El año de 1754 sería
clave para la vida cultural y académica
del Estado. En ese año el padre don
Francisco Pérez de Aragón renuncia a
sus bienes y los dona para la fundación
de un seminario o colegio en Zacatecas.
Fueron los jesuitas los encargados de
dirigir la construcción del inmueble de
lo que sería el colegio de San Luis
Gonzaga. Pero luego, por disposiciones
virreinales, el colegio pasó a manos de
los dominicos, en 1784. Al año siguiente
se nombró al bachiller don J. Antonio
Calvillo como rector de la
institución, que abrió sus puertas el 30
de abril de 1875.
La institución tuvo
una vida muy agitada. Constantemente
cerraba sus puertas por causas diversas.
También tuvo muchos cambios de
funciones. Fue hospital y se convirtió
en escuela normal (Escuela de la
Constitución, en 1825)
No fue sino hasta la
llegada a la gobernatura de don
Francisco García Salinas, luego del
período presidencial de don Guadalupe
Victoria, en 1828, que se
estabilizaron las cosas. La agricultura,
minería y educación tuvieron gran
impulso. García fundó una escuela normal
para profesores de enseñanza primaria;
abrió diversas academias y fundó el
Instituto Literario. Éste originalmente
estaba en la ciudad de Jerez, pero luego
se trasladó a Zacatecas. Ahí cambio de
nombre adoptando el de Instituto
Literario de García y posteriormente el
de Instituto de Ciencias, después
Instituto Autónomo y actualmente la
Universidad Autónoma de Zacatecas.
La cátedra de
Cosmografía, como disciplina, se
incorporó a los planes de estudio en
1844 y seis años después se estableció
de lleno el estudio de las ciencias
experimentales. En 1852 se adquirieron
diversos instrumentos para las cátedras
de Física y Química, lo que daría origen
al laboratorio del Instituto de
Ciencias
De 1853 a 1872, el
Instituto fue cerrado en cuatro
ocasiones: en el 53 debido a conflictos
políticos, en el 58 por la guerra de
tres años, en 1864 a causa de la
intervención francesa y en 1872, por
conflictos políticos.
Para 1869 se abre la
Escuela Preparatoria, que adopta los
planes de estudio de la similar de la
capital y por ello gozó de gran
prestigio hasta 1910, antes de la
Revolución. En 1870 se creó la Escuela
de Partero que funcionó hasta 1918, como
antecedente de la de Enfermería; al
mismo tiempo que la Escuela de Partero,
se iniciaron los estudios de Ingeniería,
estableciéndose la carrera de Topografía
e Hidrografía; más tarde Minería y
Beneficio de Metales, Ingeniería Civil
Ensaye y Apartado de Metales.
Paulatinamente, a
finales del siglo XIX se abren paso las
Ciencias Experimentales, Física, Química
y Biología, en detrimento de la Teología
y la Filosofía que empiezan a perder
peso. El positivismo toma cada vez mayor
fuerza al lado del auge de las
Matemáticas y Astronomía.
En 1876, el ingeniero
José Árbol y Bonilla fundó el
Observatorio Astronómico. Cuatro años
después, en 1880, se adquirió el equipo
experimental de Física y Química y la
colección de herbolaria, para fundar el
Museo de Ciencias Naturales. En este
mismo año el doctor Fernando Castro
creó la Escuela de Farmacia, que
constantemente cerraba sus puertas.
Existió una carrera de Medicina, de 1870
a 1886, pero la misma y la Escuela de
Farmacia fueron clausuradas
definitivamente en 1918, por carecer de
instrumental y apoyos didácticos.
También el observatorio de Bonilla cerró
sus puertas.
Pero en 1881, durante
el gobierno del general Aréchiga,
Bonilla recibió el espaldarazo del
Instituto Autónomo, por lo que se dio a
la tarea de incrementar el acervo
instrumental con planetarios, esferas y
sextantes (73). Compró gabinetes de
Física y Química y de Historia Natural.
Algunos de esos instrumentos también
fueron adquiridos por el ingeniero
Ruiseco García, para impartir los
talleres de Artes y Oficios.
El Observatorio
Astronómico y Meteorológico del
Instituto Literario se reabrió el 6 de
diciembre de 1882. El Instituto cambió
nuevamente su denominación en 1885,
durante el porfiriato. En ese entonces
tenía el título de Instituto Científico
y Literario. No hubo ningún contratiempo
hasta la llegada de la Revolución. En
1918 volvió a cambiar de nombre, esta
vez a Colegio del Estado. Nuevamente, en
1920, sufre otra transformación,
Instituto de Ciencias de Zacatecas.
Luego, el doctor Donato Moreno
decretaría la libertad de cátedra y la
autonomía universitaria. En 1960, siendo
gobernador del Estado el licenciado
Francisco E. García, cambió a
Instituto de Ciencias Autónomo de
Zacatecas (ICAZ). Finalmente, en 1968 se
convirtió en la Universidad Autónoma de
Zacatecas, siendo su primer rector el
señor licenciado Magdaleno Varela
Luján.
JOSÉ ÁRBOL Y
BONILLA. EL CIENTÍFICO
El profesor Ciro
Robles Berumen escribió lo siguiente en
torno a la vida de Bonilla (74):
“José Árbol y Bonilla
nació el 5 de febrero del año 1853 en la
ciudad de Zacatecas, y falleció en la
ciudad de México, en 1920. Estudió la
carrera de ingeniero topógrafo en el
Instituto de Literario de García,
presentando su examen profesional el 29
de mayo de 1873, y siendo el segundo
profesional de ese ramo graduado en
Zacatecas.
“Posteriormente
realizó estudios de ensayador de
metales, practicando lo relativo en la
Casa de la Moneda de Zacatecas, al
término de los cuales el gobierno del
Estado le concedería una beca para
cursar la carrera de ingeniero de minas
y civil, en el Colegio Nacional de
Minería, en la ciudad de México.
“En el curso de estos
estudios trabaría relación con Francisco
Díaz Covarrubias, quien fue su maestro
de astronomía y meteorología, y con
quien se adiestró en el uso de los
diversos instrumentos astronómicos,
despertando así su interés por la
astrofísica al grado de centrar en ella
su mayor interés una vez de regreso en
su ciudad natal; interés que lo llevaría
posteriormente a perfeccionar
conocimientos en los observatorios de
París y Juvisy.
“A la conclusión de
sus estudios se incorporó a la planta
docente del Instituto Literario de
García, y pocos años después el gobierno
de la entidad le encomendó diversas
comisiones, lo que lo haría viajar al
extranjero. Así, en 1881 fue comisionado
para recibir aparatos y material
didáctico adquiridos por el gobierno
estatal para la enseñanza de las
materias de física, cosmografía,
geografía e ingeniería y, por supuesto,
el instrumental del observatorio
astronómico.
“En uno de tales
viajes tuvo oportunidad de profundizar
sus conocimientos de astronomía y
fotografía celeste en el observatorio de
París, al lado de los hermanos: Paul y
Prosper Henry, quienes tuvieron una
destacada participación en el proyecto
de la Carte du ciel (Carta del
cielo) muy importante en su época, a
propósito de lo cual el ilustre
historiador zacatecano, don Salvador
Vidal, apuntó:
“Durante sus viajes
por los Estados Unidos y Europa en
desempeño de las diversas comisiones que
le encomendaron, el Sr. Bonilla no
perdió tiempo. Además de haber
perfeccionado sus estudios sobre
astronomía, como se dijo, aprendió
fotografía celeste con los hermanos Paul
y Prosper Henry, astrónomos del
observatorio de París, y visitó los
principales observatorios extranjeros,
consagrándose siempre al estudio
práctico de sus ciencias favoritas, la
astronomía y la meteorología”(75).
El ingeniero José
Árbol y Bonilla no sólo fue director del
Observatorio de Zacatecas, sino también
rector, por dos ocasiones, de lo que
luego sería la Universidad Autónoma de
Zacatecas (76). El primer período del 30
de abril de 1900 al 16 de septiembre de
1900; el segundo período del 18 de mayo
de 1905 al 10 de julio del mismo año.
El Observatorio de
Zacatecas era uno de los más importantes
del país. Contaba con un grupo de
profesores con gran experiencia en ese
campo. Al lado de las materias básicas
de matemáticas y física se impartía
cosmografía, geodésica, geografía y
topografía, todas ellas dentro de los
cursos de la carrera de ingeniería.
Como
texto básico en la materia de
cosmografía se utilizó un libro escrito
por el propio Bonilla (77). De hecho
éste es el primer texto de cosmografía
moderna en México. Se le usó como obra
de texto en el Instituto de Ciencias del
Estado de Zacatecas y en la Escuela
Normal de Señoritas.
Seguir parte
2
- - -
NOTAS
(2) Fort, Charles. “El
libro de los condenados”. Ediciones
Dronte. Argentina. 1978.
(3) “Annual Register”.
9-120.
Citado por Fort.
(4) “Monthly Notices of
the Royal Astronomical Association”.
20-100.
Citado
por Fort.
(6) Id.
(7) “Monthly Notices of
the Royal Astronomical Association”.
20-100.
Citado
por Fort.
(8) Jessup, Morris. Op.
cit.
(9) Id.
(10) “Monthly Notices of
the Royal Astronomical Association”.
Op. cit.
(11) Jessup, Morris. Op.
cit.
(12) Fort, Charles.
“Nuevos Mundos”. Editorial Posada.
México. 1985.
(13) “Cosmos”. 42-467.
Citado por Fort.
(15)
“Cosmos”.
Op.
cit.
(16) “Monthly Notices of
the Royal Astronomical Association”.
Op. cit.
(17) Jessup, Morris. Op.
cit.
(18) “Monthly Notices of
the Royal Astronomical Association”. Op.
cit.
(19)
“Monthly Notices”. 18-62.
Citado
por Fort y por Jessup.
(20) Jessup, Morris. Op.
cit.
(21) Id.
(22) Id.
(23) Id.
(24) “Cosmos”. 42-467.
Citado por Fort.
(25)
“American Journal of Science”. 2-28-446.
Citado por Fort.
(27) Jessup, Morris. Op.
cit.
(28) “Cosmos”. 42-467.
Citado por Fort.
(29)
“Nature”. 14-469. Citado por Fort.
(30) “Monthly Notices of
the Royal Astronomical Association”.
20-100.
Citado
por Fort.
(31) Jessup, Morris. Op.
cit.
(32)
“L’Année Scientifique”. 1876-9. Citado
por Fort.
(33) Jessup, Morris. Op.
cit.
(34) Id.
(35) Id.
(37) Id.
(38) Id.
(39) “Nature”. 14-505.
Citado por Fort.
(40) Jessup, Morris. Op.
cit.
(41) “Monthly Notices of
the Royal Astronomical Association”.
20-100.
Citado
por Fort.
(42) Jessup, Morris.
Op. cit.
(43) Id.
(44) Id.
(45) Id.
(49) “L’Année
Scientifique”. 1876-7. Citado por Fort.
(50) Citado por Fort y
Jessup.
(51) Bruguière, H.
“Passage d'un essaim de corpuscules
devant le Soleil”. “L'Astronomie”.
5:70-71. 1886.
(52) Riccò, Annibale.
“Passage d'un essaim de grues devant le
disque solaire”.
“L'Astronomie”. 6:66-68. 1887.
(53) Jessup, Morris. Op.
cit.
(54)
“L’Année
Scientífique”.
Citado por Fort.
(55) Jessup, Morris.
Op. cit.
(56) Jacquot, Maurice.
“Essaim de Corpuscules passant devant le
Soleil”. “L'Astronomie”. 5:389-390.
1886.
(57) Jacquot, Maurice.
“Autre passage de corpuscules devant le
Soleil”.
“L'Astronomie”. 5:390-391. 1886.
(58) Léotard, Jacques.
“Méme sujet”.
“L'Astronomie”. 5:391. 1886.
(59) Citado por Jessup.
(62) Díaz, Francisco.
“Viaje de la Comisión Astronómica
Mexicana al Japón para observar el
tránsito del planeta Venus por el disco
del Sol el 8 de diciembre de 1874”.
Imprenta Políglota de C. Ramiro y Ponce
de León. México. 1876.
(64) Moreno, Marco.
“Odisea 1874 o el primer viaje
internacional de científicos mexicanos”.
Fondo de Cultura Económica. México.
1986.
(65) Díaz, Francisco.
“Observaciones del tránsito de Venus
hechas en Japón por la Comisión
Astronómica Mexicana”. Librería Española
de E. Denné Schmitz. París. 1875.
(67) Díaz, José. “La
instrucción pública en México”. Imprenta
del Gobierno, a cargo de José M.
Sandoval. México. 1875.
(68) León, Luis. “La
fotografía sin laboratorio”. Librería de
Ch. Bouret. México. 1904.
(69) León, Luis. “Algunas
aplicaciones de la fotografía a la
astronomía”. Librería Ch. Bouret.
México. 1902.
(70) León, Luis. “Cien
experimentos de óptica”. Librería Ch.
Bouret. México. 1907.
(71) León, Luis. “Los
progresos de la Astronomía en México,
desde 1810 hasta 1910”. Tipografía de la
Vda. De F. Díaz de León. México. 1911.
(72) Rivera, Joseph. “Descripción breve
de la muy noble y leal ciudad de
Zacatecas, impresa por Joseph Bernardo
de Hogal”. México. 1732. Reimpresión
facsimilar en la Colección: Testimonios
de Zacatecas. Edición del H.
Ayuntamiento de Zacatecas. 1992. Páginas
78-80. [Punto II: Del Clima, Latitud,
Longitud y Estrellas Verticales de esta
Ciudad.]
(73) Staples, Anne.
“Gabinetes de física y química, siglo
XIX”. “Diálogos”. Revista del Colegio de
México. 1982. 106:50-59. Pág. 52
(74) Robles, Berumen. “La
fotografía celeste en Zacatecas durante
el último tercio del siglo XIX”.
Observatorio Astronómico: José Árbol y
Bonilla. Unidad Académica de Física.
UAZ.
(75) Vidal, Salvador.
“Continuación del bosquejo histórico de
Zacatecas del Señor Elías Amador”. Tomo
IV. Aguascalientes. 1959. Página 296.
(76) Esparza, Cuauhtémoc.
“José Árbol y Bonilla, un científico
zacatecano”. Centro de Investigaciones
Históricas de la UAZ. Anuario de
Historia. Vol. 2. Editorial Jus, S.A.
México. 1979. P.12.
(77) Árbol y Bonilla,
José. “Cosmografía Elemental”.
Tipografía de la Penitenciaría, a cargo
de Mariano Mariscal. Zacatecas. México.
1887. |