“El mito es, por
ello, ingrediente indispensable de toda
cultura. Constantemente se regenera;
cada cambio histórico crea su mitología,
que está, sin embargo, sólo
indirectamente relacionada con el hecho
histórico. El mito es un residuo de la
fe viviente, necesitada de milagros...”.-
Bronislaw Malinowski
EL “POLÍGRAFO
CURIOSO”
Nuestro autor trata a
las abducciones, ante todo, como
“material empírico”. Como un
tecno-psico-drama que expresa los
recovecos de nuestra imaginación, los
relatos de seres humanos secuestrados,
supuestamente, por extraterrestres
antropomórficos es el folklore, la
mitología de nuestro tiempo: nuestro
trato contemporáneo con los que habitan
en el alto cielo.
¿Qué dirían
Malinowski, Lévy-Bruhl o Bateson si
leyeran los relatos abductorios que
inundan los libros de Jacobs, Mack o
Hopkins? Algo parecido a lo que dice
Bertrand Méheust, quien muestra estos
relatos en la única perspectiva que los
vuelve inteligibles: la etnológica.
Enuncia su cometido: “Si hemos de creer
a ciertos sociólogos, el occidente
contemporáneo habría perdido el sentido
de lo sagrado, y no guardaría de esta
dimensión perdida más que una nostalgia
exprimida por sustitutos profanos” (1).
Pero, a la vista, de la imaginería
desatada en torno a los actuales
“espíritus del aire” (2) que campean en
las creencias populares, podemos decir
que la experiencia de lo sagrado “no
subsiste sólo en formas anacrónicas sino
que prefigura el movimiento mismo de
nuestra civilización" (3).
Méheust es un
personaje curioso dentro de la ufología
internacional. De nacionalidad francesa,
profesor de filosofía de enseñanza
secundaria, de una impresionante
competencia en cuestiones de etnología y
folklore, doctorado en sociología por La
Sorbonne, se las ha ingeniado para
aportar decisivamente con cada uno de
sus meditados y eruditos libros. En
1978, la editorial Mercure de France le
publicó “Science-fiction et soucoupes
volantes”, uno de los textos más
influyentes de la nueva ufología
europea. ¿La razón del suceso? Méheust
había logrado documentar, en
impresionante despliegue, la evidencia
de que los escenarios ovnísticos
posteriores a 1947 habían sido
desarrollados por la ciencia ficción de
la primera mitad del siglo XX. Los
paralelismos eran estremecedores, sobre
todo considerando que la literatura
usada por Méheust era de autores poco
conocidos, con ediciones en oscuras
revistas cuya memoria se perdía en la
vorágine de la cultura de masas. Nuestro
autor, entonces adscrito a la
paraufología de Vallée y Vieroudy (con
reservas), sugirió la idea de un “banco
de imágenes” primordial, que habría
alimentado tanto a la ciencia ficción
como a la imaginería ufológica.
En 1985, Méheust
vuelve a estremecer la vanguardia
platillista francesa, y europea en
general. Lo hace con su segunda obra, “Soucoupes
volantes et folklore” (4), en la que
demuestra que los relatos de abducción
son, en gran medida, reactualizaciones
de mitos arcaicos, bajo un aspecto
tecnológico. El notable archivista de
1978, habíase convertido en el
antropólogo de mediados de los 80. Se
trató realmente un trabajo
originalísimo, entrometido en los
intersticios a que ningún estudioso
había llegado antes.
Pero, ¿por qué
dijimos que Méheust era un personaje
curioso? Pues, porque sus indagaciones
le ganaron el aplauso de creyentes
y escépticos por igual. Fue tan extraño
lo que descubrió y sugirió, que toda
diatriba debió sentirse inhibida y
neutralizada. Nadie podía encajonar a
ese intelectual francés heterodoxo –de
exasperante lucidez y erudición, autor
de libros de impecable factura
académica– en los clichés habituales de
la subcultura ufológica. Había que
sopesar cuidadosamente sus ideas, so
pena de estar perdiéndose algo
importante.
Obviamente, a
mediados de los 80, Méheust se
encontraba en medio de la ola teórica
que conocemos por “hipótesis
psico-social”. Su nombre ya aparecía
ligado a la nouvelle vague de la
ufofilia francesa, es decir, a una nueva
forma de escepticismo. Incluso hoy sigue
siendo uno de sus miembros más
relevantes, valedor de una “tercera vía”
entre la HPS “clásica” (Michel Monnerie,
Claude Maugé, Jacques Scornaux, Thierry
Pinvidic) y la HPS “revisionista”
(Pierre Lagrange).
Dos años después de “Soucoupes
volantes et folklore”, comenzó a
desatarse una nueva forma de ensoñación
(o delirio), colectiva pero subterránea,
arcaica y tecnológica, proveniente de
los Estados Unidos de Norteamérica: la
“fiebre de las abducciones”. En 1987, en
efecto, se corporizó un ambiente que se
había venido preparando desde fines de
la década previa, bajo la dirección
precisa de autores tan influyentes como
Leo Sprinkle y Budd Hopkins y, luego,
Whitley Strieber.
Quizás por la
avalancha de libros, testimonios y
estudios dedicados a la singular manía
de los secuestros cósmicos, Méheust optó
por reeditar su obra de 1985, agregando
nuevos elementos, aunque manteniendo la
argumentación central. Esta nueva
versión de 1992, con el título de “En
soucoupes volantes. Vers une ethnologie
de recits d'enlevements”, es la que
he tenido a la vista desde hace un
lustro. Y es curioso, pero se trata de
uno de los enfoques más documentados y
magistrales de “hermenéutica ufológica”
que he tenido oportunidad de leer. Y
ello pese a que, con una modestia
encomiable, Méheust se declara un
profano en folklore y se autodefine, a
lo sumo, como un “polígrafo curioso”.
LA ETIMOLOGÍA
ARCAICA DE MÉHEUST
Lo que más impacta y
fascina al lector de Méheust, aparte de
su elocuente erudición en antropología,
es que allí las abducciones pueden ser
aprehendidas como una estrambótica
dramatización de contenidos
“permanentes” de la psique humana. Los
paralelismos del “escenario de
abducción” con visiones extáticas de
todos los tiempos y de las más
inesperadas geografías son, en gran
medida, innegables.
Bajo su guía de
folklorista, de sonámbulo en medio de la
oscura noche de los sueños colectivos,
lo cierto es que con Méheust
literalmente subimos también nosotros a
los platillos volantes, atisbamos su
interior y, por decirlo así, nos
reconocemos en su mobiliario. Pero lo
hacemos con un método distanciado tanto
de la ilusión de tomarnos la visión
demasiado en serio... como del
reduccionismo de traducirlo a categorías
puramente racionales, como la
interpretación psicoanalítica, por
ejemplo.
En tal sentido, en
una excelente semblanza llamada
“Méheust, el folklorista”, Rubén Morales
lo resume así: “(...) es posible
penetrar más profundo en estos cuadros
interiores pasando del enfoque
psicoanalítico individual a la
generalización mitológica: el espacio
ovoide no es sólo el vientre femenino
sino también simboliza el universo
total. La ascensión y la escalera
vertical no solamente evocan el coito,
representan el vínculo que comunica a
los mundos. En cuanto a la operación
quirúrgica, sin duda es un sentimiento
de culpa por un fantasma de autocastigo,
pero también es una prueba
transfiguradora. Es la operación ritual
en la que el antiguo aspirante a brujo
era iniciado por los demonios en una
gruta chisporroteante. El iniciado
volvía a la vida con una personalidad
distinta. Igual que nuestro raptado
cuando despierta sobre la ruta" (5).
El imaginario
platillista da cuenta, por tanto, de una
fantástica reactualización de temas
folklóricos. Tomaremos, de paso, uno de
los más sugestivos ejemplos de Méheust.
Primero, la teatralidad. “La
noción de teatralidad es esencial para
la comprensión de este libro. No se
puede penetrar más allá en el imaginario
platillista si no se sabe percibir en
las peripecias alegadas los elementos de
un drama” (6).
En todas las
tradiciones de encuentros con seres
sobrenaturales aparece esta dramaturgia
primitiva. Y ello también puede
predicarse de los encuentros
contemporáneos con los ocupantes de los
OVNIS, como la chocante tradición de
“diálogos” entre desprevenidos granjeros
con los ufonautas (desde Gary Wilcox en
más). El absurdo de tales situaciones no
sólo arranca de su imposibilidad, sino
del carácter sospechosamente onírico de
cuanto se relata en esas circunstancias.
Entonces, “el tema de la confusión no se
reduce a un elemento dramático propio
del estilo oral de las leyendas, puesto
que surge en un suceso vivido, que
encuentra espontáneamente los accesorios
en la realidad empírica. La trama del
relato platillista está constituida de
motivos cargados de un valor expresivo
análogo, que se refuerzan como los
decorados de una pieza de teatro, pero
sin la intervención consciente de un
director de escena” (7).
Méheust recuerda que,
sobre todo desde Nietzsche, se ha
producido una nueva valoración del
sueño como una especie de "acto
espontáneo de la naturaleza", que surge
sin necesidad de la intervención del
artista. Algo de esa atmósfera onírica y
creativa se da en los relatos de
abducciones, lo que les da esa doble
característica de infantilismo y
maravilla, ya que los sabemos creaciones
humanas o, al menos, terrestres, pero
nos asombramos del despliegue de una
imaginación que, según parece, sobrepasa
al individuo concreto.
EL CRONISTA DEL
"TRANCE APÁTRIDA"
Se ha dicho, no sin
razón, que el ufólogo es una suerte de
folklorista contemporáneo. La lectura de
Méheust nos obliga a reafirmar este
aserto, sobre todo cuando la compuerta
del plato volador se abre y fisgoneamos
en el interior: “Los historiadores y los
folkloristas, en efecto, abordan
raramente la hipótesis de una
encarnación subjetiva de las creencias”
(8). Pero eso no inhibe a nuestro autor
de realizar un esbozo histórico del
folklore abduccionista, en cuatro etapas
reconocibles, a saber (9):
- Los años de
incubación (1947 a 1966). Nos
encontramos con los relatos pioneros,
con las primeras abducciones, como los
casos de Villas Boas y Barney y Betty
Hill.
- La existencia
marginal (1966 a 1973). Aquí se da
la popularización del caso Hill –John
Fuller mediante– y la incorporación
tímida de este tipo de historias en los
escenarios ufológicos "aceptados".
- La consolidación
(1973 a 1981). En términos
generales, aquí la incorporación ya es
irreversible.
- La invasión
(desde 1987 a nuestros días). Desde
la publicación de “Comunión”, de Whitley
Strieber, la suerte universal estaba
echada...
¿Se ha producido
aquella encarnación subjetiva que
Méheust cree identificar? Para nosotros
la respuesta sólo puede ser afirmativa,
puesto que el material empírico sometido
a la consideración del
folklorista-ufólogo es abrumador. De
cualquier modo, esto nos remite a una
bella enunciación de Méheust sobre los
que alegan la experiencia
onírico-visionaria de la abducción: la
del “trance apátrida”:
“Al retorno de su
periplo iniciático, el aprendiz de
chamán regresa transfigurado: él ha
vivido la muerte y la resurrección”
(10). Ciertamente, ha vuelto en alas de
la sabiduría y, como consecuencia de
haber visto el otro mundo, asume una
función reconocida socialmente: por
haber viajado a las esferas celestes,
encuentra en el seno de la comunidad su
morada terrena. Su experiencia es
valorada y asume un sentido trascendente
que toda la sociedad comparte.
En cambio, el
abducido moderno no encuentra más que la
burla o la indiferencia. El carácter
dramático de lo vivido tiende a
transformarse, como apunta Méheust, en
un “secreto doloroso”. Está entre dos
mundos, el de los sueños y el cotidiano,
el del imaginario arcaico y el de la
vida urbana contemporánea. Permanece
entre ambos mundos, sin poder reclamarse
habitante absoluto de ninguno de ellos.
Ha vivido un trance que a duras penas
puede traducirse en términos
convencionales, sin perjuicio de que, al
caer en manos de algún ufólogo, lo
traduzca desde el mito extraterrestre.
Pero no dejará de ser una “legitimación”
forzada; es decir, no dejará de ser un
apátrida.
- - -
NOTAS:
(1)
Méheust, Bertrand. “Soucoupes volantes.
Vers une ethnologie des récits
d'enlévements”.
Imago.
París. 1992. Página 16.
(2)
Viegas, Diego. “Los espíritus del aire”.
Fundación Mesa Verde. Rosario. 2001.
(3)
Op. Cit., pág. 16.
(4)
Mercure de France, París.
(5) En
“Cuadernos de Ufología”.
N° 6.
Segunda época. Santander. 1989. Página
80.
(6) Op.
Cit., pág. 48.
(7) Op.
Cit., pág. 49.
(8) Pág.
133.
(9)
Méheust, Bertrand. “Des 'voyage
interrompu' aux grossesses interrompus:
l'irrésistible montée des
enlévements soucoupiques aux
Etats-Unis”. En Pinvidic, Thierry.
“OVNI. Vers une anthropologie d'un myth
contemporain”. Heimdal. París. 1993.
Páginas 431 a 454.
(10) Pág.
187. |