Lo que más deseo es
ser recordado como un científico
aficionado que tuvo la buena fortuna de
ser el primer británico en contactar con
un hombre de otro planeta.
Cuando estaba en
Escocia, poco después de la Navidad de
1954, los platillos no eran algo que me
inquietara; ciertamente no tenía ni idea
de un avistamiento, mucho menos de un
contacto directo. Tenía que estar en
Londres por asuntos de negocios durante
varias semanas y mis pensamientos
estaban en alejarme de las ciudades.
Aunque tuve que estar dos años en un
sanatorio durante la primera parte de la
guerra, yo me sentía más confortable
fuera del humo y el bullicio de
Londres.
Viviendo en mi camper
y viajando a través de Inglaterra,
llegué a la ciudad de Elgin. No tenía
planes concretos, aparte de la idea de
estudiar la vida de los pájaros. Era mi
intención dirigirme a Wiz, a una parte
más al norte de Escocia. Tal como
ocurrieron las cosas llegué a
Lossiemouth por una semana y regresé
directamente a Londres, al Museo
Británico.
La mañana del 18 de
febrero me encontré paseando a lo largo
de la costa, entre Lossiemouth y la
distante Buckie. Estaba ensimismado en
mis pensamientos sobre los pájaros. El
área estaba poco poblada, y por un par
de horas estuvo completamente sola.
Entonces vi un a hombre caminando solo
en dirección opuesta a la mía. No
estábamos tan cerca como para
saludarnos, pero noté que estaba vestido
como un pescador. Cerca de diez minutos
después, a las 12:35, vi por primera vez
el platillo.
Para ser más
precisos, primero lo oí. No era un
sonido de un aparato, era un ruido que
me hizo pensar en un gran pájaro. Volteé
hacia arriba y sobre mí pude ver una
manchita parecida a un pájaro. Cuando
salgo a caminar siempre cargo una cámara
y mis viejos, pero excelentes,
binoculares Voigtlander. Rápidamente
enfoqué los binoculares y maravillado
observé lo que sólo podría ser un
platillo volador.
Destellaba bajo el
Sol, dando la impresión de estar hecho
de metal. Debido a que el domo superior
estaba inclinado, se distinguían
claramente los engranajes esféricos del
tren de aterrizaje. Ahora puedo entender
muy bien cómo puede describirse como un
“disco” si estaba colocado
simétricamente apuntando su base hacia
abajo. De su tamaño no soy capaz de dar
ninguna conclusión; no creo que las
estimaciones del tamaño, en
observaciones distantes, sean de gran
valor, a menos que se conozca
perfectamente la distancia, por lo que
en el caso de este platillo sería como
hacer una adivinanza. Todo lo que puedo
decir es que, si estaba cerca de los mil
600 metros, por la altitud de las nubes
que estaban en aquel lugar del cielo, su
tamaño sería comparable a la de un
bombardero. Me paralicé, y también mi
cerebro, y comencé a moverme una vez
más, primero lentamente y luego más
rápido. Bajé mis binoculares y tomé una
fotografía. Sabía que era algo
desesperado, pues sólo soy un fotógrafo
aficionado y una cámara barata no puede
hacer maravillas. Todo lo que podía
esperar encontrar en el filme eran
pequeñas manchas, lo que en efecto fue
exactamente lo que encontré en un caso;
el platillo puede verse, pero sólo eso.
El original está disponible para
cualquiera que quiera verlo. Las otras
dos fotos se incluyen en las páginas de
este libro, “Flyings saucers from
Mars”.
Seguí el objeto con
mis binoculares hasta que desapareció
entre las nubes que permanecían
cubriendo la parte norte del cielo.
Entonces hice un dibujo del aparato, el
que tendría más valor si fuera un buen
dibujante. Por al menos una hora
permanecí en el mismo lugar observando
el cielo con mis binoculares esperando
ver algo más. Pero nada apareció.
Finalmente me rendí.
Debo decir que en ese
tiempo no tenía conocimiento del
platillo de Coniston que había sido
visto por Stephen Darbishire.
Probablemente fue reportado en los
periódicos de la mañana, pero yo no lo
había visto ya que no estaba interesado
y sólo quería alejarme del bullicio de
la vida citadina.
Originalmente decidí
permanecer en la vecindad el mayor
tiempo posible, y me senté a comer mi
almuerzo. Ya no estaba interesado en los
pájaros, lo único que quería era ver de
nuevo el platillo, ojalá desde más
cerca. Creo que experimenté el mismo
sentimiento de Adamski y Stephen
después de sus encuentros. Parece
altamente improbable que la telepatía
pueda tener cualquier valor para mí, es
algo extraño para mi tipo de cerebro.
Llegué a la conclusión de que si quería
ver un platillo de nuevo, una mancha
podría ser tan buena como otra; razoné
que era probable que a cientos de millas
de ahí, tal vez más allá de la
atmósfera, estuviera el platillo. Por lo
tanto continué mi camino a lo largo de
la costa, lejos de Lossiemouth,
manteniendo fija mi atención en el
cielo.
Las nubes continuaban
ahí pero había una gran porción de cielo
azul, y todo era completamente normal
tan lejos como podía ver. Comencé a
pensar que el platillo había sido un
truco de mi imaginación. Pero algo me
decía que estaba en lo cierto; lo había
visto claramente.
Eran las 3:05 cuando
lo vi de nuevo, más alto que la primera
ocasión y moviéndose más rápidamente.
Con mis binoculares sólo pude ver lo
suficiente para asegurarme de que era un
platillo y no un globo meteorológico o
cualquier otro tipo de aparato
convencional. Ahora estaba muy excitado.
Aún tengo en mi memoria la escena. Creo
que lo pude ver a una distancia de
alrededor de mil 500 metros. Entonces
hice otro intento de fotografiarlo, pero
no muestra su forma. Una vez más las
nubes en movimiento bloquearon mi visión
y cuando se movieron el platillo había
desaparecido.
Comencé a pensar que
tal vez tendría la oportunidad de tener
contacto; las condiciones eran
favorables. Los incidentes pasados
parecían indicar que los hombres
espaciales evitaban las áreas populosas.
Cuando aterrizaban era lejos de pueblos
y villas. El contacto de Adamski con el
venusino fue en el desierto de
California. Yo había supuesto que este
platillo era venusino y, como descubrí
posteriormente, estaba equivocado. Creo
que era un error natural.
De nuevo esperé,
lleno de esperanza, pero otra vez fui
defraudado. Esperé hasta las 3:20 y
luego me retiré del lugar.
3:30. Las nubes
parecen aclararse. Camino lentamente y
observo. Cerca de las 3:40 regreso en
dirección de Lossiemouth caminando
lentamente. No tenía intención de dejar
el área hasta ver algo más.
A las 3:45 –no
recuerdo el tiempo exacto, pero no
pueden ser más de pocos minutos después
de que comencé a caminar en dirección
opuesta– oí el extraño sonido de nuevo,
y ahí, viniendo desde el mar, estaba el
platillo. No había duda de sus
intenciones. Iba a aterrizar. Cuando
estaba a pocos metros de mí, claramente
oí un zumbido que supuse sólo podía
provenir del aparato. Era la
confirmación de mi teoría de que los
“platillos voladores” eran operados por
medios más o menos convencionales y no
por control mental.
Estaba paralizado por
la mancha: luego tomé mi cámara e hice
un par de fotos en rápida sucesión,
cuando el platillo estaba en su descenso
final. Venía directamente hacia mí. El
cuerpo metálico parecía brillar, y antes
de aterrizar el platillo se mantuvo por
un segundo o dos a unos 45 metros de
donde estaba con un sonido suave pero
audible. Esto era algo nuevo, pues el
platillo de Adamski no aterrizó sino que
permaneció estático a pocos metros de la
superficie. No hay ninguna prueba de que
el platillo de Darbishire haya tocado el
suelo. Yo, por supuesto, no sé si el
platillo de Lossiemouth era ligeramente
diferente al de Adamski. Era un aparato
magnífico y su acabado con seguridad
causaría la envidia de nuestros
fabricantes de aviones. Tenía cerca de
50 metros de diámetro y tal vez 18
metros de alto; la carcasa, la pared
central y el domo superior parecían
haber estado hechos de una sola lámina
de metal, pues no pude detectar juntas
ni pernos. No puedo decir de qué metal
estaba hecho; su color lustre era
parecido al del aluminio pulido, pero
por supuesto debería ser mucho más
fuerte.
Había dos grupos
visibles de “ojos de buey”, colocados de
tres en tres a lo largo de la pared
central sobre la que estaba un pequeño
bisel. De la parte superior del domo se
proyectaba una varilla vertical que me
recordaba a un pararrayos. No puedo
adivinar su función. El tren de
aterrizaje esférico –en tres puntos
justo bajo la base de la carcasa–
parecía como si estuviera hecho de un
material ligeramente rescilente similar
en textura al caucho.
Adamski dijo de su
primer contacto con un hombre espacial:
“Me siento como un pequeño niño en la
presencia de una gran sabiduría y mucho
amor”. Yo no puedo decir que
sentí lo mismo. Sabía que estaba a punto
de reunirme con un ser de otro mundo,
creí que este ser, quien fuera que
fuese, debería tener mayores
conocimientos científicos que el hombre
más sabio de la Tierra.
Cuando me acerqué al
platillo un panel deslizante salió de la
parte inferior, y un hombre saltó hacia
la tierra ligera y graciosamente. Cuando
avanzó para reunirse conmigo, levanté mi
brazo y saludé. Él hizo lo mismo. Y
entonces, por un momento, permanecimos
quietos.
Era natural que
hiciéramos eso. Él probablemente había
visto a otros terrícolas; yo nunca había
visto a un hombre del espacio. En lo
esencial, sin embargo, nuestra
apariencia era similar. Mi altura es de
cinco pies y 9.5 pulgadas y la suya era
ligeramente mayor; yo podría decir que
éramos de la misma edad (yo tengo 32), y
su cabello, como el mío, era café y
corto. Pero su piel tenía un color
curioso, de un apiñonado profundo. Aún
así, si hubiera estado vestido con ropa
terrestre, dudo que hubiera tenido
dificultad de pasar por un inglés. La
única diferencia era que su frente era
más alta que la de cualquier hombre que
conozca.
Sin embargo, sus
ropas eran completamente diferentes de
las mías. En esos días de ciencia
ficción, la mayoría de nosotros habíamos
visto fotografías de trajes de una sola
pieza que vestían los héroes mientras
saltaban de un mundo a otro.
Extrañamente, los escritores de ciencia
ficción no estaban lejos de la verdad en
este caso. El traje del hombre espacial
cae dentro de estos parámetros. Lo cubre
completamente desde su cuello hasta los
pies, y sólo las manos están libres: no
hay zapatos definidos; los pies están
dentro del traje. El traje me recuerda
algo muy similar a una malla,
presumiblemente aislante y ciertamente
flexible.
Hubo algo más que
llamó mi atención: su nariz, o algo
conectado con ella. Uno de los más
serios problemas de los vuelos
interplanetarios ha sido, si llegamos a
otros mundos, cómo podremos respirar. Y
cómo pueden respirar los seres de otros
mundos que nos visitan. Venus, como
sabemos, tiene una atmósfera básicamente
de dióxido de carbono, mientras que el
aire de Marte en su mayoría es nitrógeno
y contiene una muy pequeña cantidad de
oxígeno libre.
El hombre del espacio
tenía un aditamento en su nariz que yo
pensé estaba relacionado con la
respiración. Parecía un pequeño tubo
colocado en cada fosa nasal, pegados por
una banda metálica del grosor de un
cerillo. Noté que en todo el tiempo que
estuvo en la atmósfera, respirando
nuestra atmósfera rica en oxígeno, lo
hacía a través de su nariz y nunca a
través de su boca. Esto nos indica de
modo obvio su función. El aditamento de
la nariz era algo así como un tipo
avanzado de aparato respiratorio.
Las ideas comenzaron
a fluir a mi cerebro. Aquí estaba,
seguramente, una oportunidad dorada de
encontrar algunos de los secretos de los
platillos; era una oportunidad que
probablemente yo no viviría de nuevo.
Estaba ansioso de no desperdiciar el
tiempo preguntando trivialidades y
perder la oportunidad de encontrar cosas
de mayor interés, no sólo para mí sino
para toda la gente que vive en este
planeta. Rápidamente pensé en la
entrevista de Adamski.
¿Qué era lo más
esencial? Indudablemente saber de dónde
venía este hombre. Señalé el cielo y
tomé una actitud de pregunta. El hombre
sonrió y asintió. Era una sonrisa
placentera; él sonreía con sus ojos
tanto como con sus labios, algo que
puede decirse de pocos terrícolas de
estos días.
Tomé mi libreta y
dibujé un diagrama en ella. En el centro
coloqué el Sol con rayos, para aclarar
lo que quería decir. Rodeándolo dibujé
tres círculos, para representar las
órbitas de Mercurio, Venus y la Tierra.
Señalé el tercer círculo y luego a mí.
Él asintió. Luego señalé el segundo
círculo y lo señalé a él.
Para mi sorpresa,
movió su cabeza. ¡No era de Venus!
Señalé de nuevo y dije: “Venus”. Él
repitió: “Venus”. Era la primera vez que
oía su voz y no cabía duda de que no era
nativo de este planeta. Es difícil, si
no imposible, explicar su tono, pero
tenía una calidad líquida.
Por tercera vez
apunté la órbita de Venus. Y por tercera
vez él movió la cabeza.
Traté de nuevo. Fuera
de la órbita de la Tierra dibujé un
cuarto círculo para representar la
órbita de Marte. Lo señalé y luego a él,
y dije: “Marte”. Él asintió. E
inmediatamente comencé a entender por
qué era diferente al visitante de
Adamski, y por qué su platillo no era
idéntico al de Adamski, aunque
aparentemente fuera construido con un
patrón similar. Él venía de un planeta
diferente. Marte, también estaba
habitado por seres que habían resuelto
los problemas de los viajes
interplanetarios. Pero yo quería estar
seguro de que él venía de Marte. Debido
a su fuerte color bermejo, Marte siempre
fue conocido como el planeta rojo. Mi
pluma fuente tenía una tinta roja. La
tomé de mi bolsillo y apunté el dibujo
de la órbita marciana, y luego la pluma
roja, y luego a él. Él entendió
rápidamente. “Marte”, repitió después de
mí.
¿Qué seguía?
Obviamente era imposible descubrir todo
lo que quería conocer haciendo signos y
dibujando diagramas. Adamski, si leí
correctamente su relato, conjuró a
imágenes mentales, algo como una suerte
de unión telepática con un visitante. Yo
estaría maravillado si pudiera hacer lo
mismo, ya que tengo poca confianza en mí
mismo. Era posible, pensé, que si el
marciano tenía poderes telepáticos
altamente desarrollados sería capaz de
recibir el mensaje. Decidí probar.
Dibujé un platillo volador desplazándose
desde Marte hasta la Tierra y pregunté
mentalmente: “¿Por qué han venido
aquí?”.
Hubo una pausa y de
nuevo nos miramos mutuamente. Hice otro
esfuerzo de comunicación telepática
concentrándome y mirándolo pidiéndole
ayuda: era claro que mis esfuerzos no
tenían éxito. Tuve un repentino deseo de
reír. Señalé mis labios, luego mi
cerebro, agité mi cabeza y sonreí. El
marciano me miró y luego también sonrió.
Debe haber sido un espectáculo lúdico
ver a hombres de diferentes planetas
necesitados de ayuda en una solitaria
parte de la costa escocesa sonriendo de
sus esfuerzos para hacerse entender.
Estaba ansioso de decirle que yo era un
amigo. Y la única forma que se me
ocurrió fue dándole un regalo y lo único
que tenía para regalar era mi pluma
fuente. Se la extendí haciéndole signos
para que la tomara. Le tomó pocos
segundos entender, entonces sonrió y
levantó sus manos en lo que era un
evidente gesto de gratitud. Entonces
colocó cuidadosamente la pluma en la
bolsa externa de su ropa.
Algo que siempre me
había intrigado era la fuente de poder
de los platillos. Tengo que repetirlo
porque considero que este punto es muy
importante. Yo había oído un sonido
sordo que parecía provenir de uno o
varios motores; ahora era el momento de
aclarar esto. Señalé el platillo a sólo
pocos metros de ahí, y traté de imitar
el sonido que había escuchado
acompañándolo de mímica imitando un
platillo en vuelo.
El marciano asintió y
apuntó hacia arriba. “Marte”, dijo de
nuevo en tono líquido.
Ahora deseaba conocer
cómo trabajaban los motores. Dibujé un
cohete en mi libreta, tan preciso como
pude, y se lo mostré. Esto fue un gran
obstáculo. Él trató de entenderme pero
se equivocó. Yo hice otro dibujo pero
siguió sin entenderme. Es por supuesto
posible que los marcianos hayan dejado
los cohetes ordinarios y por lo tanto
hace mucho tiempo que los olvidaron. El
poder atómico parecía una alternativa.
Traté de dibujar una serie de puntos
cada vez más pequeños y luego señalé el
platillo. Pero de nueva cuenta no me
hice entender.
Luego tuve otra idea:
arranqué una hoja de mi libreta, señalé
los motores del platillo o más
exactamente en donde imaginaba que
debían estar los motores, y entonces
rasgué la hoja de papel a la mitad,
rompiéndola nuevamente a la mitad varias
veces y haciendo pedacitos cada vez más
pequeños. Yo quería explicar mi idea del
átomo. Fallé, y como el marciano no
tenía ni idea de lo que trataba de
decir, tuve que resignarme a dejar esta
cuestión sin resolver. Estaba tratando
de hacer otra serie de preguntas cuando
repentinamente él me preguntó. No sé por
qué me sorprendí; obviamente debía haber
muchas cosas que los marcianos no
conocían acerca de la vida en la Tierra,
pero yo había tomado la postura del
entrevistador pues me parecía que había
muchas más cosas que yo tenía que
aprender.
Es necesario decirlo;
no pude entender sus palabras, pero sus
gestos eran muy claros. Me preguntaba
cuándo comenzaría otra guerra la gente
de la Tierra. ¿Qué podía decir? Encogí
los hombros, moví la cabeza y traté de
darle una impresión general de que yo
esperaba que no hubiera guerra, aunque
no estaba seguro. Pareció entenderme y
por un momento su cara se tornó seria.
Yo regresé a mi
libreta. Ahora era tiempo de saber de
los canales marcianos. Rápidamente
dibujé Marte con sus áreas claras y
oscuras y sus casquetes polares
repitiendo continuamente la palabra
“Marte”. Él lo examinó y asintió.
Luego dibujé una
larga línea recta desde un área de
vegetación a otra. La señalé y luego a
él. Nuevamente asintió. Los canales por
lo tanto eran artificiales.
Señalé el dibujo del
canal y luego el mar. Él miró dudoso y
parecía imitar el encogimiento de
hombros que hice cuando me preguntó
sobre la posibilidad de guerra. Entonces
señalé el canal y una porción de pasto
cercano a donde estábamos. De nuevo
encogió los hombros.
Dibujé un gran canal
como una banda central negra con bandas
pálidas en ambos lados. Señalé la banda
central, luego el mar, luego las áreas
sombreadas y finalmente el pasto. Yo
deseaba que entendiera esta vez y
asintió enfáticamente pronunciando
varias palabras en su propia lengua.
Claramente había acertado en la verdad.
Los canales marcianos estaban hechos de
una banda central de agua con vegetación
a ambos lados. Más tarde me di cuenta de
que había olvidado preguntar si el agua
era transportada por tuberías, aunque
esto me parezca que no es de vital
importancia (como las pérdidas por
evaporación pueden ser colosales
considero que el agua debe estar
entubada).
Así que Lowell
estaba en lo cierto. Como otros pioneros
él sufrió muchas críticas. La verdad,
sin embargo, siempre aparece al final.
Unas últimas palabras
acerca del lenguaje marciano. El hombre
espacial pronunció con dificultad pocas
de nuestras palabras cuando hablé con él
(“Venus”, “Marte”, “platillo” y quizás
dos o tres más). Cuando traté de
pronunciar una palabra marciana creo que
tuve menos éxito. Nuestro alfabeto debe
ser inadecuado para expresarnos en sus
palabras fonéticamente. El equivalente
marciano para “sí” es más corto. He
tratado decenas de veces de escribirlo,
pero me parece que cada una de ellas
está más alejada de la verdad que su
precedente. Uno de mis intentos fue
“Qul-l”, pero cuando la pronunciaba de
esta forma me pareció muy diferente a
como la hablaba el marciano.
Guardaré mis
esfuerzos para hablar algo acerca de
Marte. Señalé mi dibujo del planeta
rojo, luego el mar, y dije “agua”. El
repitió la palabra. Traté de indicar que
sabíamos que Marte era un mundo escaso
de agua.
Después de varios
intentos tuve éxito. Él señaló el mar y
luego el dibujo de Marte, movió la
cabeza y después encogió los hombros. La
impresión que tuve de esto fue: “No, no
hay ningún mar en Marte, pero no nos
importa”.
Después pensé que lo
importante era lo siguiente: hace
millones de años, cuando los marcianos
estaban menos desarrollados que hoy, la
evaporación del agua en todo el planeta
era un problema muy serio para ellos,
así que construyeron los canales para
utilizar el remanente localizado en los
casquetes polares. Entonces, a través
del desarrollo científico, descubrieron
cómo fabricar agua, posiblemente de la
misma manera que aprendieron a hacer
madera sintética para reemplazar la
naturaleza. También fue algo fácil para
ellos construir los canales (entubados o
no) e irrigar tanta tierra como les
plazca. No tengo, por supuesto, duda de
que el suministro de los polos tampoco
les causó problemas. Esto es sólo una
teoría pero creo que es básicamente
cierta.
Repentinamente me di
cuenta de que no había preguntado la
cuestión más vital de todas: ¿tenían los
marcianos relaciones con los venusinos?
Regresé a mi dibujo
de las órbitas planetarias, señalando la
Tierra y luego Marte, indicando primero
a mí mismo y luego a él. Él asintió.
Luego señalé la órbita de Venus y al
platillo. Cuando hice eso dije
“platillo” y él repitió. Evidentemente
él sabía que ése era nuestro nombre para
su nave espacial.
Dije: “platillo”,
señalándolo al momento de hablar.
Él asintió de nuevo.
Esto fue un paso adelante, pensé que era
obvio que tanto los marcianos como los
venusinos estaban más avanzados que
nosotros científicamente así que
probablemente estaban familiarizados
entre ellos.
Señalé a Venus y
luego a él, con mímica para representar
el vuelo del platillo. Con esto quería
decir “¿has estado en Venus?”. También
lo dije verbalmente, y él pareció
entender porque asintió y repitió la
palabra que yo había tomado como “sí”.
Señalé Mercurio y
luego el platillo. Él movió la cabeza
confirmando lo que yo sospechaba, que
Mercurio es un mundo inhabitado e
inhabitable para cualquier tipo de
vida.
Dibujé otro círculo
alrededor de la Tierra e indiqué la
Luna. Señalé sucesivamente las órbitas
de Marte y Venus y luego al platillo
repitiendo cada palabra cuando lo hacía,
y luego el dibujo de la órbita de la
Luna. Lo que quería dar a entender era:
“¿Han aterrizado en la Luna los
marcianos y los venusinos?”.
Su respuesta necesita
un poco de explicación. Tuve que
redibujar el diagrama completo antes de
que me entendiera, pero cuando lo hizo
su respuesta fue un enfático “sí”. Aquí
hay otro punto interesante que aclarar.
Me estaba metiendo en problemas en mis
esfuerzos por preguntarle si ellos
estaban visitando principalmente el lado
oscuro de la Luna. Sin embargo creo que
eventualmente me entendió y contestó
afirmativamente, aunque no estoy
completamente seguro y es por lo tanto
una suposición mía y admito que puedo
estar prejuiciado. De nuevo él me
preguntó, tomando mi dibujo para
hacerlo. Yo le entendí lentamente pero
era evidente que me quería decir “¿está
lista tu gente para viajar a la Luna?”.
Respondí “sí”, y asentí tratando de
cualificar con mímica para mostrar que
esto no será posible por algunos años.
Entonces se mostró serio. Leyendo entre
líneas no es difícil entender por qué.
Nuestros conocimientos sobre los vuelos
espaciales y la posible visita a la Luna
y otros planetas no estaba favorecida
por los marcianos y venusinos. ¿Y quién
puede censurarlos? Aún no hemos probado
ser capaces de seguir las reglas de
nuestro propio planeta y visitar otros y
tal vez influenciarlos.
Aquí hay algo que tal
vez sorprenda a los que han leído el
libro de Adamski. Uno puede inferir, de
su relato, que el venusino que lo
contactó era un ser superhumano de
infinita sabiduría que ciertamente no
necesitaba preguntar cosas como “¿están
preparando una guerra?” o “¿están listos
para volar al espacio?”. No tengo
razones para cuestionar sus
declaraciones, particularmente cuando él
–y no yo– fue capaz de comunicarse
telepáticamente y por lo tanto obtuvo
mucha más información. Existe una
explicación más simple para las
preguntas del marciano, y se me han
ocurrido dos alternativas: o bien los
venusinos son más avanzados que los
marcianos o hay diferentes grados de
inteligencia en Marte y Venus,
exactamente como los hay en la Tierra, y
el visitante de Adamski tenía más
conocimientos que el mío. Creo que la
segunda explicación es la más acertada.
He establecido que hay un contacto
cercano entre Venus y Marte, así que es
muy probable que los avances científicos
sean intercambiados para el bien común.
El marciano miró
hacia arriba y me di cuenta que el
tiempo estaba corriendo. Él tenía
razones para no demorarse. Era vital que
yo usara cada momento que me quedaba.
Tomé mi cámara y la señalé y luego al
platillo, que estaba a unos 20 metros.
Él estuvo de acuerdo y tomé una serie de
fotografías. Estaba oscureciendo, pero a
pesar de la oscuridad pienso que estarán
de acuerdo en que los resultados son
razonablemente buenos. Tuve que
seleccionar las mejores fotografías para
incluirlas en este libro.
Recuerdo que Adamski
preguntó si podía subir al platillo,
pero se le negó. Yo pregunté lo mismo y
obtuve la misma respuesta. Fue bastante
cortés, pero muy definitivo. Caminé
hacia el platillo (debo añadir que el
panel deslizante estaba arriba, así que
no pude ver el interior; la carcasa no
era transparente ni traslúcida), y
busqué signos para ver si podía tocarlo
con seguridad. Él asintió. Entonces
recordé que Adamski había tenido una
mala experiencia, había tocado el cuerpo
del platillo venusino y había recibido
una fuerte descarga, por lo que su brazo
se paralizó durante varias horas. Por lo
tanto estaba un poco aprensivo pero me
controlé y lo toqué rápidamente.
Afortunadamente no hubo nada, ni una
ligera descarga. En ese entonces no supe
por qué, aunque la respuesta es obvia.
El platillo venusino
nunca había aterrizado, permaneció
volando a pocos metros del terreno, y
por lo tanto sus motores estaban
trabajando, aunque Adamski no menciona
esto y la nave no hacía ningún ruido. El
platillo marciano estaba sobre el
terreno y sus motores estaban parados,
así que Adamski recibió el “shock” y yo
no. Parece razonable concluir que el
cuerpo del platillo sólo es peligroso si
se le toca cuando los motores están
encendidos y esto de nuevo confirma que
los motores son más o menos
convencionales, al menos no algo tan
obtuso como una fuente de poder mental.
Ciertamente el cuerpo
del platillo se sentía extrañamente
tibio. Esto puede, por supuesto, deberse
a mi imaginación –yo esperaba una
descarga–, pero pienso que no
enteramente. La respuesta puede ser que
el platillo viajó a través del aire en
su jornada hacia la Tierra y su carcasa
exterior pudo calentarse por la
fricción, por lo que le tomaría tiempo
enfriarse.
Se me ocurrió otra
cosa. Pregunté por qué algunos platillos
hacen ruido y otros no. Traté de
explicarle este punto pero tuve muchas
dificultades. Finalmente lo conseguí y
creo que su respuesta fue que los
verdaderos platillos son virtualmente
silentes, aparte del ligero zumbido
provocado por su desplazamiento en el
aire cuando bajan y el casi inaudible
ronroneo de sus motores. Esto significa
que los así llamados “platillos
aulladores”, incluyendo varios
enlistados por Leslie, no son platillos
sino probablemente meteoritos. Era claro
que mi tiempo se había acabado. El
marciano había caminado hacia debajo de
la colina, me apartó y se dirigió hacia
el platillo. Obviamente tenía prisa.
Repentinamente recordé que no le había
fotografiado. Pensé que sería criminal
perder tal oportunidad, así que,
mientras él caminaba hacia la nave
espacial me las arreglé para tomar una
foto.
Si no hubiera estado
tan apresurado y hubiera sido mejor la
luz, hubiera conseguido una fotografía
más satisfactoria. Por otra parte, en mi
tentativa de tomar un mayor ángulo de su
perfil, erré en encuadrar también al
platillo; pero aún así muestra algo de
la prenda de una sola pieza que usaba el
hombre espacial.
Siguió caminando. A
lo lejos levantó su mano una vez más en
el típico saludo terrícola con el que yo
lo había recibido; yo hice lo mismo. El
momento de la despedida había llegado y
los cientos de preguntas que deseaba
hacerle volaban en mi cabeza. Sentía que
nunca más tendría la oportunidad de
encontrar las respuestas.
Di unos pasos hacia
delante, pero el marciano movió su
cabeza y me hizo regresar. No tuve otra
opción. La rampa se abrió; él saltó
ágilmente dentro del platillo y el panel
se cerró nuevamente, impidiéndome la
vista y el tomar una fotografía del
interior del platillo.
El zumbido comenzó de
nuevo, de un modo más bajo que el de una
mosca al volar. Lentamente el platillo
se elevó en el aire, el domo giró
lentamente y en silencio y gradualmente
se elevó el maravilloso aparato, al
principio suavemente, y luego, cuando
alcanzó una altura de 35 metros, a una
tremenda velocidad. Desapareció en los
cielos dirigiéndose hacia el norte. Por
un momento me quedé contemplando, pero
luego sólo observé unos cuantos pájaros
y las nubes.
Miré mi reloj, eran
las 4:25. La totalidad de aquella
maravillosa entrevista se había hecho
más o menos en media hora; aunque a mí
me pareció de sólo pocos minutos desde
que vi por primera vez el platillo
volando sobre el mar grisáceo, pero en
este corto período aprendí cosas que los
científicos han tratado de conocer desde
los días de Aristóteles.
Supongo que la
reacción automática a una experiencia
maravillosa es preguntarse si fue un
sueño, aunque realmente haya ocurrido.
No puedo decir que me pregunté esto.
Después de todo, había ocurrido antes,
por lo menos dos veces, la única cosa
maravillosa desde mi punto de vista era
haber tenido el privilegio de ser el
testigo.
Examiné mi cámara.
Admito que estaba partido en dos. Si las
fotografías que había tomado resultaban
ser buenas, creí que debía publicar la
historia de lo ocurrido; sería un error
guardármela (el Dr. Darbishire se
enfrentó con el mismo problema, y llegó
a la misma decisión, aunque por supuesto
yo no sabía nada en ese tiempo). Por
otra parte, ¿y si las fotografías eran
malas…?
Aparentemente no
había testigos. Creo que el platillo
pudo haber sido visto desde Lossiemouth,
pero venía desde el mar y a baja altura.
Pero contar una historia como ésta sin
el respaldo de las fotografías era
invitar a que me ridiculizaran en la
escuela Clarke Novell Astronomer Royal.
Pensé en esto antes de regresar a
Lossiemouth y tomar una decisión. Si las
fotografías eran buenas publicaría la
historia completa y se la daría al
mundo; si no lo eran les diría la verdad
sólo a aquellos que hicieran buen uso de
mis conocimientos especiales.
Entonces, cuando
comencé a regresar a Lossiemouth vi a un
hombre que se dirigía hacia mí. Cuando
se aproximó logré reconocer al amigo que
había tomado como pescador y que había
visto en el pueblo hacía cerca de tres
horas.
Para mi sorpresa y
alegría me dijo que había visto al
platillo y los últimos instantes de mi
entrevista con el ocupante. No era capaz
de creer que se trataba efectivamente de
un platillo, ya que estaba a 450 metros
cuando lo vio, pero me contó que desde
su posición en una colina cercana lo
había visto y por lo tanto llegó a la
única conclusión posible.
Le pregunté su nombre
y me dijo que era James Duncan,
un pescador local. Estaba maravillado de
la historia que le conté, y ya que él
personalmente había visto parte de los
eventos, estuvo de acuerdo en que lo
llamara como testigo. Dijo no tener
objeciones a esto. Así que tomándole la
palabra, corté un pedazo de papel de mi
cuaderno en el cual escribió su
declaración. Con alguna ayuda mía puso:
“4:35, 18 de febrero
de 1954.
“Juro solemnemente
que entre las 4:00 y las 4:15 PM del 18
de febrero de 1954 observé una
conversación entre Cedric Allingham y un
hombre que era el piloto de un platillo
volador que aterrizó cerca de
Lossiemouth en el condado de Moray.
Después vi al piloto regresar al
platillo que se elevó y se dirigió hacia
el norte.
“James Duncan.
Firma”.
(Una fotostática del
papel original se reproduce como
ilustración de este libro)
Mis fotografías eran
la única evidencia concreta que podía
ofrecer. No quise enviar el rollo a un
químico o a un fotógrafo local y decidí
esperar. Permanecí en el área durante la
siguiente semana, esperando tener otro
avistamiento del platillo pero no vi
nada. Así que regresé a Londres.
Pasó una semana
después de mi reunión con el marciano y
antes de revelar el rollo, oí del
platillo de Coniston. Las primeras
noticias las obtuve de un periódico que
compré en Edimburgo. Como dije antes
intenté interrumpir mi viaje para llamar
a los Darbishire; pero lamentablemente
no lo hice.
Por supuesto puedo
estar equivocado en suponer que el
platillo de Coniston y el de Lossiemouth
eran uno y el mismo. Simplemente porque
un aeroplano visto sobre Brighton y
luego sobre Norwich no implica que sea
la misma máquina. Pero creo que hay
fuertes basamentos para mi creencia.
Aquí en Inglaterra no
tenemos observatorios como Palomar o
bases de cohetes de prueba como White
Sands, así que por lo menos los hombres
espaciales no están interesados en
nosotros como en los norteamericanos.
Dudo mucho que los platillos que han
sido vistos sobre las islas británicas
sean genuinos. Cuando un platillo baja
atrae la atención; y la nave espacial
que visitó aquellas playas en febrero,
pienso que era una nave de
reconocimiento. Después de un largo
período en que no se vieron platillos,
parece increíble que nos visitaran dos
en el espacio de tres días. Es por eso
que pienso que el platillo de Stephen
era el mismo que el mío. Nuestras
descripciones y fotografías son, después
de todo, muy parecidas, y en cualquier
caso, si se pide describir un objeto
corriente tal como un automóvil, ¿podrán
dos tipos concordar en el más pequeño
detalle?
Tan pronto como
revelé los rollos que obtuve supe que
tenía que escribir este libro.
La pregunta era:
¿debería hacer un anuncio preliminar o
debería esperar hasta haber hecho
mayores investigaciones y escribir el
libro?
Supongo que
moralmente debía haber hecho un anuncio,
pero no lo hice porque quería presentar
mi caso tan completo y de una forma tan
desapasionada como fuera posible.
Le escribí a Adamski,
pero ha pasado muy poco tiempo para
recibir su respuesta. No obstante deseo
ir a California, con la esperanza de
reestablecer contacto con los platillos
marcianos, aunque creo que mis
oportunidades de éxito son pocas. Espero
reunirme con Adamski en Palomar.
He tratado de
escribir estos acontecimientos tan
fríamente como me es posible. No quiero
que nadie piense que desprecio mi
privilegio de ser el primer británico en
hablar con un visitante de Marte.
¿Qué habría sentido
Julio César de haber visto un
aeroplano? En primera instancia se debió
haber alarmado. Si al pasar el tiempo ve
más y más aeroplanos hasta que llegue a
saber lo que son, dejará de sentir
miedo. Esto es lo que pasará en el caso
de los platillos.
Debo admitir, sin
embargo, que no puedo ocultar un
sentimiento de orgullo de que esto me
haya ocurrido a mí, aunque no haya hecho
nada para merecer tal honor.
COMENTARIOS
Casi toda la
comunidad ufológica británica cree que
el caso del aterrizaje en Lossiemouth el
18 de febrero de 1954 es un fraude.
Algunos creen que el perpetrador fue el
jovial astrónomo amateur inglés
Patrick Moore. Existen fuertes
rumores de que el libro fue escrito por
Moore, quien es una institución en
Inglaterra, al estilo de Carl Sagan.
Moore es un reconocido divulgador de la
ciencia, reputado escéptico, escritor y
periodista. Pero quizás una de las
características por las que es más
conocido es su afición a hacer bromas.
Moore, por ejemplo,
está involucrado con el caso del cráter
de Charlton. Los medios de comunicación
ingleses entrevistaron a un tal doctor
Randall, quien dijo que el cráter fue
formado por una nave espacial fuera de
control de cerca de 600 toneladas,
tripulada por 50 extraterrestres. Moore
verificó las credenciales del doctor
Randall entre los empleados de Woomera y
encontró que no existía, exactamente
como Cedric Allingham.
El 1 de abril de 1976
(april fool’s day, el día de los
inocentes anglosajón) Moore anunció en
Radio 2 de la BBC que a las 9:47 AM el
planeta Plutón pasaría por detrás de
Júpiter, “creando una fuerte atracción
gravitacional que haría que mucha gente
de la Tierra se sintiera más ligera”.
Afirmó a sus escuchas que podrían
experimentar esta sensación saltando en
el aire en el momento justo del
fenómeno.
El día del evento
astronómico, la estación de radio
recibió cientos de llamadas de escuchas
que afirmaban haber experimentado esa
sensación de ligereza. Una mujer dijo
que ella y once de sus amigos, sentados
en una mesa, se elevaron del suelo hasta
llegar al tocar el techo.
Durante la oleada de
Warminster, una serie de casos
fraudulentos (1), Arthur Shuttlewood
recibió varios informes de
avistamientos, incluyendo los mensajes
de un tal Byron, quien le envió
“documentos oficiales relacionados con
el habla y la escritura de algunos de
nuestros visitantes espaciales”. Los
investigadores encontraron que se
trataba de Bernard Byron.
Moore se refiere a
Bernard Byron en “Can you speak
venusian”, indicando que Byron fue
el ultimo de los personajes que
entrevistó para su serie de televisión “One
pair of eyes” (que dio origen al
libro “Can you speak venusian”).
Byron aseguraba canalizar los mensajes
de seres extraterrestres. Estos eran los
mismos que presentó Shuttlewood en su
libro.
Moore examinó los
ejemplos de escritura alienígena que le
envió Byron. Shuttlewood refiere que un
experto del gobierno estuvo involucrado
en la investigación (en realidad había
sido Moore). Aún más, según Shuttlewood,
los investigadores encontraron que la
escritura no se asemejaba a ninguna de
las conocidas en la Tierra, excepto a
las “sagradas escrituras boggah de los
indios abluti del Paraguay”. Los
expertos no estaban seguros si era un
lenguaje venusino o pertenecía al
krxyzcs del planeta Kruger 60b. Estaban
escritos por una mano que tenía cinco
meñiques. Pero otro experto disentía.
Shuttlewood escribió:
“Un experto en
astrofilología indicó que los krxyzcs
tienen cuatro meñiques y no cinco, como
lo dedujo el primer doctor, junto con
otros dos miembros parecidos a dedos,
que por alguna razón mantienen
extendidos cuando hablan con los hombres
de la Tierra”.
Pero Shuttlewood,
como buen ufólogo, se creyó todo, sin
ponerse a reflexionar que no existen
ningunos indios abluti en Paraguay, y
mucho menos unas sagradas escrituras
boggah; y que el los krxyzcs son
parientes de los krabccs, del planeta
Freddy 60a.
Cedric Allingham
informaba a sus lectores que pronto se
reuniría con Adamski. Tal vez el
encuentro se llegó a dar finalmente en
abril de 1959. En esa fecha George
Adamski fue entrevistado por Patrick
Moore en el programa de televisión
“Panorama” de la BBC.
Sin embargo Moore
continúa diciendo que él no escribió el
libro de Allingham.
- - -
NOTAS
(1) Ruiz Noguez,
Luis. “El caso Simpson Warminster”.
“Perspectivas Ufológicas”.
No. 4. México. Enero
de 1995. Páginas 70-72.
REFERENCIAS
- Allan, Christopher; Campbell, Steuart.
“Flying saucer from Moore's?”. Magonia
No. 23. Julio de 1986.
- Allingham, Cedric. “Flying saucers
from Mars”. Frederick Muller Books Ltd.
Londres. 1956.
- Bowen, Charles. “The humanoids”. Henry
Regnery Co. Chicago. Illinois. 1969.
Págs 14-15.
- Dewey, Steve; Ries; John.
“Deconstructing Warminster”. Capítulo 10
(“The hoaxes, the hoaxers and the
hoaxed. The confounding problem of
Patrick Moore”). Sin publicar.
1998-2002.
http://www.stevedewey.pwp.blueyonder.co.uk/ufo/hoaxing.htm
- Humphreys, Geoffrey. “Fooled by the
Media”.
“Contemporary Review”. 4 de enero de
1999; ver también
http://www.museumofhoaxes.com/af_1976.html
- Shuttlewood, Arthur. “Warnings from
flying friends”. Págs 146-150. |