Así como hay
numerosas personas que, ante evidencias
muy endebles creen que la Tierra es
visitada por cientos de naves
extraterrestres que interactúan de
diversas maneras con muchos seres
humanos, también hay grupos que muestran
una tendencia contraria, es decir, un
escepticismo más allá de lo razonable,
dirigido hacia una de las hazañas más
notables de la humanidad.
La irracionalidad
humana, sobre todo cuando se viste con
el ropaje de la ciencia, ciertamente no
conoce límites. Ya algunos neonazis de
muchos países se han dedicado a tratar
de negar todo el doloroso testimonio de
los supervivientes, el cual debería ser
suficiente prueba de la bestialidad del
régimen nazi.
Alguna similitud con
esto se presenta, sobre todo al acudir a
las teorías conspiratorias más
demenciales, como la absurda hipótesis
de que la humanidad nunca llegó a la
Luna, sino que todo fue una simulación
costosísima y complicada, perpetrada por
la Nasa, involucrando a miles de
personas para hacer creer a la comunidad
científica, y de paso a todo el mundo,
que con el Programa Apolo, vigente entre
1968 y 1972, el hombre llegó a la Luna
en seis expediciones, aparte de que
otras cuatro más circunnavegaron nuestro
satélite, con lo que doce astronautas
caminaron en su superficie, en lo que
sin duda es uno de los momentos
estelares de la historia, como lo
calificó el propio presidente Richard
Nixon al descender los astronautas del
Apolo 11.
Desde luego, para los
científicos, la evidencia más clara y
contundente de que el ser humano estuvo
en la Luna consiste en la naturaleza de
las transmisiones radiales y de
telemetría recibidas desde el satélite
cuando estuvieron allá los astronautas,
mismas que pudieron ser ubicadas
direccionalmente como provenientes de la
Luna, por cientos de receptores
profesionales y aficionados que
colaboraron en el registro y
clasificación de la información
transmitida.
Los lapsos
transcurridos entre el envío de los
mensajes y el regreso de las señales de
respuesta de todo tipo correspondían
precisamente con la distancia a la que
se encuentra la Luna; además, los
astronautas dejaron en la superficie
lunar varios instrumentos muy sensibles,
que transmiten hasta hoy datos sobre el
satélite, entre ellos un sismógrafo que
ha mostrado cómo la Luna todavía
experimenta la vibración sísmica del
impacto del meteorito que dio lugar al
cráterCopérnico, en el siglo XI de
nuestra era, y un reflector de rayos
láser, con el que se ha podido
determinar la distancia exacta de la
Tierra a la Luna.
Está también la
evidencia de las rocas lunares, varias
toneladas traídas por cada expedición,
mismas que muestran características
cristalográficas y geológicas
consistentes con las condiciones en que
fueron halladas en la Luna. Tales
características son tan reveladoras que
cualquier geólogo podría identificar una
roca de origen lunar –y hasta marciano–
sin que se le revelara su origen. No
existe, pues, duda alguna de la realidad
del viaje para la comunidad científica;
desafortunadamente, no ocurre lo mismo
con el público estadounidense en
general, afectado por un alarmante nivel
de analfabetismo científico.
Una de las cosas más
difíciles de simular en un estudio
cinematográfico de la época es el efecto
de que la gravedad de la Luna es sólo un
quinto de la terrestre. Los saltos y la
agilidad mostrada por todos los
astronautas, así como algunos
experimentos realizados al arrojar
objetos, demuestran que la acción se
llevaba a cabo en un ambiente de
gravedad muy reducida.
Entre los principales
proponentes de que los viajes fueron
simulados están Bill Kaysing,
quien trabajó en el departamento de
publicaciones técnicas de Rocketdyne,
empresa aeroespacial, y Kevin
Overstreet, quien mantiene una
página de Internet en la cual se exhiben
fotografías de la NASA que supuestamente
demuestran que todo fue actuado en un
foro cerrado de la Fuerza Aérea
estadounidense. Para ellos, el
prodigioso cohete saturno sólo llevaba a
los astronautas en un vuelo suborbital,
del cual descendían en el desierto de
Nuevo México y de ahí eran llevados al
estudio cinematográfico.
A principios del
2001, la cadena televisiva Fox de
los Estados Unidos, difundió un programa
documental amarillista para promover,
con demasiada credulidad, el punto de
vista de los revisionistas lunares. Ahí
se presentó a un grupo de personas que
consideran que no hubo tal viaje, entre
ellos el productor de la cinta
“Capricornio Uno”, estrenada en 1977,
que representa supuestamente cómo se
fingió el programa Apolo, además de
Boris Valentinov, un cosmonauta ruso
poco conocido, así como la viuda y el
hijo del astronauta Gus Grissom,
muerto lamentablemente en el ígneo
accidente del Apolo I en 1967.
Las objeciones
presentadas por estas personas,
extrañamente, no se refieren a detalles
fundamentales del proyecto, sino a
indicios en el material fotográfico y
grabaciones de televisión. Por ejemplo,
se señala que en casi ninguna foto o
grabación se aprecian estrellas en el
cielo, que según ellos deberían verse,
ya que no hay atmósfera en la Luna. Pero
esto no es más que el resultado de que
las fotos se tomaron en pleno día, con
la apertura de las cámaras fijada para
registrar una escena brillantemente
iluminada, por lo que no pudo
registrarse la tenue luz de las
estrellas. Lo cierto es que si se
hubieran visto las estrellas, ¡ello sí
hubiera movido a sospechar algo raro!
Además, señalan, que
las banderas colocadas por los
astronautas ondean en algunas
grabaciones como si hubiera brisa, pero
ello se debe a la vibración de su
estructura rígida, después de ser
manipuladas por los astronautas, más
adelante no vuelven a moverse, aunque,
por otra parte, tampoco hubiera habido
brisa en un estudio cerrado.
Alegan que en algunas
fotos se aprecia el mismo fondo
montañoso detrás de distintos objetos en
primer plano. Pero eso es precisamente
lo que ocurre en cualquier paisaje,
donde las montañas se encuentran muchos
kilómetros atrás, y es algo que jamás
ocurrirá en un foro cinematográfico.
Para explicar el
hecho de que su verdad no haya sido
revelada en todo el mundo, lo que
representaría una de las noticias más
jugosas y redituables de la historia,
los revisionistas lunares aseguran que
existe una conspiración auspiciada por
la Nasa y el gobierno estadounidense,
pero para funcionar, la misma debería
contar con la complicidad y el silencio
de por lo menos tres mil empleados de la
institución, además de unos diez mil
miembros del ejército, empleados del
Pentágono y varios cientos de personajes
más de la Casa Blanca y el Congreso, así
como de todos los servicios soviéticos
de inteligencia, hoy rusos, al igual que
de unos dos mil científicos espaciales y
astrónomos de todo el mundo, de los
cuales ninguno ha decidido decir la
verdad en más de 37 años. Ésta es la
parte más difícil de creer de toda esa
patraña.
Pero lo preocupante
en verdad es que un 14% de los
estadounidenses en verdad cree que los
vuelos del Apolo nunca tuvieron lugar, y
fueron simulados por el gobierno de los
Estados Unidos a un costo equivalente al
de mandar realmente esas misiones a la
Luna.
REFERENCIAS
-Scotti, James.
“Fox special questions Moon landing
but not its own credulities”.
“Skeptical
Inquirer”. Vol. 5. No. 3. Mayo de
2001.
Este artículo fue publicado
originalmente en Ciencia y Desarrollo,
Vol XXVIII, No. 162, México,
enero-febrero 2001, páginas 92-93. |