“Hay otros nacos, pero no en este
mundo”.
Albert Zweistein
Para Lilia Yolotzin
Después de la cinta “El
día de la independencia”, en todas
partes se tiene la idea de que los ET se
lanzan sobre los planetas con naves
gigantescas. Ya hasta hubo algún
vigilante y al parecer también
maussanita que vio una así, como las de
la película gringa, en el Zócalo un 16
de septiembre por la mañana... nadie más
que él la vio y eso que el sitio, como
todos sabemos, estaba lleno de soldados
por el desfile y había miles de personas
mirando hacia arriba por los aviones
militares. Pero en fin, si el amigo ése
hubiera estado bien de la vista y de
paso de sus facultades mentales, no
habría sido vigilante o posible
maussanita...
La verdad es que las
invasiones no son así. Suelen ser de lo
más discretas. Y los ET tampoco eligen
días de independencia.
Porque ellos también
vieron la película y no quieren hacer
enojar a algún presidente gringo
aviador... y menos si se apellida
Arbusto. Habían recibido la señal de CNN
y visto, como le constaba al tal Saddam
Hussein, lo peligroso que puede ser
molestar a los bushes o arbustos,
metidos en el business del petróleo...
Así pues, decidieron
irse un poco más al sur, aunque aún
dentro de Norteamérica: a los EUM,
también llamados México y otras cosas
peores...
De hecho esta cuasi
invasión tuvo lugar en el aniversario
del natalicio de don Benito Juárez (a)
el Benemérito de las Américas. Claro, la
fecha no tenía para ellos, los ET, un
gran significado, de hecho no tenía
alguno en absoluto, se sospecha
fuertemente que tampoco lo tiene para
los mexicanos.
Tampoco fue en el DF, ni
en Tepito, la Doctores, la Buenos Aires
o encantadores sitios similares que
sabemos están muy bien defendidos por
socorristas, teporochos, viene-vienes y
fauna afín. En esta ocasión los
extraterrestres invasores llegaron
aviesamente a Tolantongo, un pacífico
balneario termal del estado de Hidalgo,
y el que arribaran en la fecha del
natalicio del benemérito indio,
imaginamos fue una mera y vil
coincidencia más, de ésas que suelen
ocurrir y le dan sabor a la vida.
Claro, era un “puente”,
porque el 21 de marzo caía ese año en
viernes y pa’ festejar al indio (en un
país que no quiere para nada a los
indios) y de paso la llegada de la
primavera (que había empezado un día
antes), nadie trabajaba. Detalles...
-*-
-Ustedes dos tienen la
misión de investigar las costumbres de
los habitantes de este sitio, graznó el
Uyy’att con tono entre morado y amarillo
(eso significaba indignada severidad)
mientras el par de solícitos subalternos
lo miraba con adoración y... bastante
miedo. Este último muy justificado.
El más pequeño de los
dos –lo cual indicaba que era una hembra
de la especie–, movió uno de los brazos
con un gesto interrogatorio.
El Uyy’att la
interrumpió con un ademán imperioso que
daba a entender que no había más de qué
hablar, o lo que era lo mismo: ¡a
callar! El macho a su vez hizo una
muequita con una de las bocas...
El Uyy’att se puso color
verde bilis... lo cual indicaba que lo
siguiente podía ser la digestión lenta y
directa de un subalterno, primer
aviso... Los dos enviados se encogieron
como telas no sanforizadas, adoptando
tono fucsia de sumisión.
- Con estos –dijo el
Uyy’att tendiéndoles sendos
multiaparatos: comunicadores con láser y
desintegrador–, podrán avisar de lo que
requieran, defenderse o en caso
necesario pedir refuerzos. Úsenlos
sabiamente o...
Los puntos suspensivos
punteados por chispazos naranja fueron
algo poco grato de ver: segundo
aviso...
-La flota espera esos
informes lo más pronto posible, yo que
ustedes comenzaría de inmediato.
¡Nosotros los nacos somos lo mejor de la
galaxia! El que no lo sea, o lo dude:
¡será digerido! ¡En nombre de Naconia la
Grande!
Los subalternos rodaron
fuera, con una prisa bastante
comprensible, mientras sonaba marcial su
himno de batalla. No deseaban averiguar
si aquello era o no el tercer avieso
aviso, pero por aquello de las dudas
gritaron la consigna: ¡Por el Poder de
Naconia! Y se escabulleron raudos...
Así fue como los nacos
del planeta Naconia se lanzaron a
examinar la Tierra con planes
gastronómicos de conquista, inmediata,
inevitable e implacable.
Por alguna indescifrable
razón eligieron Tolantongo, en la fecha
del natalicio de Juárez y de la llegada
de la primavera, los designios de
Naconia la Grande suelen ser así:
indescifrables. Se equiparon como
excursionistas.
Eso fue así porque el
Departamento Naco de Inteligencia, PFP
por sus siglas en idioma naconez, el de
Naconia, claro: había deducido que los
nativos deberían ser examinados cuando
se encontraban “relajados”, en uno de
sus sitios de diversión... de esa manera
se harían más patentes sus
debilidades.
Los espías iban
maquillados para parecer humanos, muy
buen maquillaje por cierto, aunque la
neta, tenía sus defectos. Pero eso ellos
aún no lo sabían.
Claro, los de la PFP,
con toda su sapiencia naca, no conocían
las peculiares maneras mexicanas de
buscar diversión en los muchos “puentes”
que suele tener el calendario laboral de
aquella especie de país. Tampoco sabían
que Tolantongo es un balneario ejidal,
con características propias muy
peculiares. Si lo hubieran sabido se
hubieran ido a otra parte, aunque eso es
improbable porque ellos además eran
Nacos de Naconia la Grande y, esos nacos
no abandonan así nomás las cosas.
Los de la PFP tampoco
conocían a los nacos mexica (apócope de
NAcidos COrrientes), posiblemente la
especie depredadora / oportunista más
dañina y exitosa del planeta. Y, por
esas fechas, había en Tolantongo más o
menos un promedio de 25 nacos mexica por
metro cuadrado. Muchos de ellos
provenientes de Chilangolandia, o sea
chilangos... algo en verdad letal.
Y también, algunos
excursionistas de verdad, un tanto
despistados, por cierto.
-*-
Era el caso de la dulce
Yolotzin y el fúrico Ehécatl. Ella: una
encantadora y tolerante maestra de
kinder que adoraba a los niños
chiquitos, la filosofía, los indios –en
especial los zapatistas–, la música
latinoamericana, los balnearios de aguas
termales (por ser muy friolenta), la
convivencia con los demás y en general a
la gente, una bella y agradable mujer;
él: un periodista cínico y altamente
escéptico al que también le gustaban los
niños chiquitos (pero sólo en foto o al
horno), la música clásica, la soledad,
las montañas nevadas y... claro
detestaba las multitudes, en especial si
eran de nacos; odiaba a los indios en
general y a los “zapatistas” en
particular, a los panistas (indios o no)
por definición... y a cualquier cosa u
objeto que sonara u oliera a creencia...
irracional o no, era obviamente para la
plebe, y otros no tan plebe, un fulano
achinado y altamente desagradable, como
hasta cualquier naco podría imaginar.
Aunque pareciera difícil
o casi imposible creerlo, aquellos dos
tan disparejos eran una pareja bien
avenida, muy amorosa (en verdad para
Ripley), pero eso sí, llevándose la
contraria siempre y de manera
sistemática, para no
aburrirse.
A los dos les gustaban
mucho las excursiones, pero esa vez en
particular estaban en el lugar correcto
en los días equivocados: llegaron poco
después de iniciada la invasión de los
nacos: los defeños, los locales y los
otros.
De hecho los nacos
locales y los mexica-chilangos, ya
ocupaban el 95% del lugar para cuando
ellos entraron al área de campamentos,
cerca del río.
Por supuesto y ante
esto, el Ehe estaba que se lo llevaba la
chin... y la Yolo tampoco estaba muy de
buenas, por los nacos, el calor, el
largo y lento viaje de varias horas en
autobús (estaban arreglando la
carretera), con una película chafa, sin
desayunar y por haber sugerido ella...
ir a Tolantongo, en vez de a la
Iztaccíhuatl.
El Ehe, por su parte,
estaba al borde de la apoplejía ante la
vista –sin previo aviso–, de una serie
de viejos, monumentales, deformados y
obviamente horribles traseros –aunque
fueran femeninos–, bajando a trompicones
las escaleras hacia el río (y ocupando
con su anchura desparramada todo el
espacio disponible), mientras sus dueñas
cargaban anafres, refrescos, niños
gritones y toda la parafernalia
habitual... y luego, casi se infartó al
percatarse de que, al parecer todos los
presentes sin excepción, tenían
encendidos sus aparatos portátiles
estéreo reproductores (algo esencial en
el equipamiento naco para una
excursión), con grabaciones pirata (¿hay
de otras?) de “La Golosa”, música
tecno-punk y la Rata de dos patas –junto
con las demás canciones de “Paquita la
del barrio” –, a todo el volumen
posible, of course.
No había ya ni un
centímetro cuadrado de espacio
disponible para colocar otra tienda de
campaña, aunque fuera de juguete...
Entonces, y luego de bajar hasta el río,
comprobarlo y volver a subir con sus
nada ligeras mochilas... La Yolo y el
Ehe se fueron a la zona más exclusiva de
las albercas, con la esperanza de hallar
algo...
Ahí también estaba
lleno, pero bajando la cuesta había
algunos sitios, con la tierra mojada,
pero más o menos despejados; aunque
peligrosamente cerca de donde se
hallaban los agrupamientos nacos.
-¡Aquí hay un lugar,
amor! –Exclamó la Yolo, mientras
señalaba un sitio plano.
El Ehe miró la explanada
señalada por ella, a su alrededor y...
eligió otro lugar, con ligero desnivel,
para colocar la tienda de campaña:
típico.
Mientras se preparaban
algo de comer, arribó la pareja de
espías de Naconia.
El Ehe los miró
oblicuamente mientras se echaba un trago
generoso de su ánfora número uno llena
con mezcal y masculló hacia la Yolo una
advertencia:
-Llegan más nacos,
amor...
El espía macho advirtió
quedamente a la espía hembra en
naconez:
-¡Cuidado!, creo que nos
han reconocido...
vigílalos...
La naquita dirigió hacia
el Ehe y la Yolo una sonrisa que quería
ser encantadora, al estilo de las
telenovelas del Canal de las Estrellas
que habían captado meses atrás. El Ehe
hizo una mueca de disgusto y gruñó algo
ininteligible y seguramente ofensivo...
La Yolo, dado que era harto comprensiva,
le mostró francamente los dientes a los
nacos en señal de simpatía... En la
lejana y añorada Naconia la Grande ese
gesto en particular significaba pelea a
muerte, guerra total inmediata, promesa
de aniquilación con tortura y digestión
lenta... la naquita se confundió más que
antes. Y como la Yolo tiene unos dientes
blancos parejos y grandotes, también se
asustó.
Ni siquiera el
maquillaje de la PFP ocultó el tono
fucsia-morado-amarillo subido que
adquirió entre sumisión confusión e
indignación; para su fortuna, en ese
momento sus vecinos estaban mirando para
otra parte, previendo la llegada de más
nacos cuando un grupo grande se acercó a
husmear por ahí, en busca de un sitio
donde acampar... y la iluminación no era
muy buena ya, a esas horas de la
tarde-noche.
La colocación de la
tienda no les ofreció a los espías
muchos más problemas que los habituales
para los novatos, pero luego el naquito
se hizo bolas con la estufa, que no era
de gas butano... los de la PFP les
habían dado parte del equipo de los años
50 del siglo pasado a falta de otras
cosas y porque no tenían ni idea, así
que... nunca fue fácil encender una
estufa de gasolina blanca: hay que
realizar por lo menos tres movimientos
simultáneos; es todo un arte. La
solícita naquita acudió en ayuda de su
compañero y el resultado fue
relampagueante... un flamazo que casi
quema la tienda y que chamuscó parte del
maquillaje de él, provocándole un
grito.
El Ehe emitió una risita
malévola, sin la más mínima intención de
prestar ayuda mientras echaba un trago
de ron de su ánfora número dos y,
recordando que él también estuvo a punto
de quemarse así alguna vez, fue en...
-¿Vamos a una de las
pozas de agua caliente amor? –Intervino
la dulce Yolo.
El Ehe masculló un
gruñido afirmativo y luego de verificar
que el grupo grande de los otros nacos
que se habían acercado afortunadamente
habíanse ido a otra parte... De guardar
su equipo y cerrar su tienda ambos se
fueron a remojar en agua caliente, para
relajar sus nervios. Todo estaba
callado, demasiado silencioso...
amenazador.
-¿Te fijaste bien en ese
par, amor? –Inquirió el Ehe con sorna
mientras el agua caliente le relajaba
haciéndole sentir casi humano otra
vez...
-Algo raritos, ¿no
crees? –Rió la Yolo.
En efecto: los de la PFP
habían tratado de maquillar lo mejor
posible a sus espías. En el caso del
macho, no se veía mejor o peor que
cualquiera de los nacos que pululaban
por ahí, pero en el caso de la
hembrita... el maquillaje la hacía ver
más como un jotito feo y obvio que como
la chiquilla que pretendía ser.
-¡De todos los sitios
llenos de nacos, tenían que tocarnos de
vecinos, joder!
-Bueno amor, no nos
hacen ningún daño, ¿verdad?
El Ehe volvió a
mascullar algo ininteligible y
seguramente feo, no era homofóbico, pero
los gay amanerados tampoco eran sus
preferidos... era un buga convencido,
según él lesbiano, dado su gusto por las
mujeres. Detalles...
La naquita había logrado
acomodar otra vez, lo mejor posible, el
maquillaje de su compañero, por lo menos
estaban cubiertas dos de las bocas,
aunque la supuestamente única tenía un
casi irresistible y chueco parecido con
la de Sylvester Stallone...
Ambos salieron de su
tienda, luego que lograron colocar algo
de luz para observar a los humanos y la
naquita saludó con exquisita cortesía a
unas nacas locales que pasaban por allá;
recibió como respuesta una serie de
floridas mentadas de madre. Ellas sí
eran homofóbicas.
Por contraste, del
agrupamiento de nacos cercano, les llegó
la invitación para unírseles en la
fiesta que estaban organizando: tenían
con ellos guitarras, aparatos de estéreo
y harto tequila, o sea que el asunto
prometía ser por lo menos
estruendoso.
Cuando el Ehe y la Yolo
entraron a su tienda, para tratar de
dormir temprano, relajados ya por el
agua caliente, y mientras él echaba un
trago del ánfora número tres, la de
vodka... Arrancó sin la más mínima
consideración o aviso la “música” del
cercano Mariachi Rascuache de Nacotitlán
con su muy particular versión de la
música ferrocarrilera: El son de la
Negra. El Ehe dio un grito y salto
convulsivos y hasta derramó el
tanguarnís, lo cual es un pecado mortal
para cualquier borracho como
él.
-Ay amor –exclamó la
Yolo–, no seas exagerado, no tocan tan
mal...
-¡Custer! ¿Dónde estás?
–Aulló el Ehe.
Los naquitos de Naconia
la Grande tampoco las tenían todas
consigo, además del muy alto decibelaje
que estaba destruyendo su muy sensible
oído. Los nacos mexica estaban en la
fase “estrujar-palmotear” previa a la
fase “tú eres mi hermano del alma,
realmente un amigo”, en la cual el
contacto físico suele ser más
íntimo.
La siguiente palmada
casi le arranca el maquillaje a la
naquita, quien seguía preguntándose por
qué la trataban como si fuera macho...
menos, por lo menos en el lenguaje, a su
compañero no le estaba yendo mucho
mejor. Un par de machines lo agarraron y
para demostrarle que eran very open
mind y les valía que fuera marica,
le metieron por la boca (la que se veía
a lo Stallone) una botella de tequila,
con técnica judicial: o bebes o bebes...
y el resultado estaba siendo
catastrófico, el tequila, como sabemos
bien en México, es una de las bebidas
más potentes del planeta, en especial si
es del adulteradín que venden en
Tolantongo, donde se supone está
prohibido entrar con botellas... pa’
vender el propio. ¿No?
O sea que aquel ya
andaba más allá de la fase del “amigo” y
entraba de lleno en la fase
nostálgica-llorona, listo ya para los
cantos locales, la naquita logró impedir
que comenzara a cantar en naconez y como
pudo lo arrastró hasta la
tienda.
El Mariachi Rascuache de
Nacotitlán se arrancó poco después con
las “nostálgicas” y con una que otra de
protesta, en tono de tequila,
claro.
-Amor –dijo la dulce
Yolo. Creo que están cantando una de
Silvio Rodríguez...
El Ehe, que había
logrado medio dormirse, no la oyó, pero
dio otro salto convulso, en el momento
que el naquito, a pesar de los esfuerzos
de su compañera puso, a todo lo que
daba, en su equipo de sonido: las
marciales notas del himno de batalla de
Naconia la Grande. Estaba en pleno
estado nostálgico-patriótico a causa del
tequila tolantonguez.
-¡Me lleva la chingada!
-Aulló el Ehe al oír las inspiradas
notas naconezas: ¡Lo único que faltaba,
ahora también pusieron el Sirenito del
Rigo Tovar!
En medio del pandemónium
resultante, se despertó un “inocente”
niño –también había en el sitio
bastantes enanos nacos como para hacer
un kinder–, y comenzó a pedirle pan a su
progenitora. Su señora madre, para
calmarlo, le dijo que ahora iría a
comprarle el pan, olvidando que eran las
tres de la madrugada... y que en
Tolantongo no hay panaderías.
-¡Pero o o voy y y
contigo oo ooo! –Amenazó el vástago con
trémolos en la voz.
-¡Señora, ahogue al
maldito escuincle con el sleeping!
–Sugirió a grito pelado el Ehe para
indignación de la dulce Yolo.
La naquita estaba
luchando por taparle las bocas a su
beodo colega, quien insistía en echar
para afuera el pulmón cantando ¡Vamos a
la conquista! En naconez...
Alguien allá afuera dejó
caer parte del contenido de una botella
de tequila tolantonguez sobre una
fogata: se vio algo así como el brillo
en Hiroshima aquel lejano agosto de
1945, y varias tiendas estuvieron a
punto de entablar el triste diálogo de
los pollos rostizados; “en una llamarada
se quemaron nuestras vidas”.
-¡Tienen armas de
plasma! –Exclamó el naquito con miedo
palpable, olvidando por unos instantes
los efectos del tequila.
La naquita se retorció
las extremidades con angustia mientras
pensaba que se encontraban en un
terrible peligro... y recordando los
dientes brillantes de la Yolo: tan
cerca... se estremeció.
-¡Debemos advertir a La
Flota! –Sollozó la naquita–, deben saber
que todos aquí, hasta relajándose tienen
armas así: si llegan a venir sin
saberlo...
-¡Y lo terrible del
tequila! –Agregó él, sintiendo otra vez
que su cráneo se partía en dos. El
alivio de la “tequilepsia” había sido
sólo momentáneo.
El Uyy’att les ordenó
quedarse y averiguar más... el precio no
importaba. Y, como de paso, les recordó
como se trataba en Naconia la Grande a
los fracasados.
El exhorto fue harto
elocuente...
La tranquilidad fue
descendiendo sobre el balneario en la
medida que los nacos caían borrachos en
los sitios más extraños, la Yolo y el
Ehe se durmieron, el niño, agotado, dejó
de pedir pan, el Mariachi Rascuache de
Nacotitlán se ahogó en su tequila, los
nacos de Naconia la Grande trataron de
reorganizarse.
El silencio llegó a
Tolantongo. Pero no por mucho tiempo...
-*-
Amaneció con cautela...
trémulamente.
-¡Niño! –Gritó el Ehe
nomás saliendo de su tienda. ¿Y tu
pan?
Hubo una pausa de
aterrado silencio y... se reanudó el
lloriqueo en fa mayor sostenido, ma’o
menos a 200 decibeles. El Ehe sonrió con
torva satisfacción oyendo las protestas
y promesas de la confundida madre del
enano y los gruñidos de los nacos crudos
rudamente despertados por el escuincle
chillón y panista.
El día anterior había
sido más bien malo, pero éste estaba
comenzando muy bien...
Los naquitos, ante la
posibilidad de que el lloriqueo y la
palabra pan (con trémolo) repetida hasta
el cansancio fuera un canto u grito
terrícola de guerra, amartillaron sus
armas por aquello de las dudas, y
comunicaron a La Flota sus
temores.
El Ehe y la Yolo
decidieron ir a remojarse en agua
caliente antes de preparar el desayuno y
para no oír al niño chillón tan cerca.
El agua estaba
deliciosamente caliente y prácticamente
no había nacos a la vista, excepto una
viejecilla que insistía en bañarse en
cueros en una de las pozas, la Yolo y el
Ehe buscaron de volada otro sitio, donde
no hubiera exposiciones indecentes o,
mejor dicho, agresiones visuales, y se
pasaron la siguiente hora discutiendo
sobre filosofía y educación preescolar.
El Ehe insistía desde tiempo atrás en
fundar una cadena de escuelas que
llevaran el nombre de Jardines de
Herodes, o El Reyezuelo Feliz, para
educar debidamente a los enanos, o más
bien para encargarse de ellos con los
métodos pedagógicos del Lieb Onkel,
Heinrich Himmler, de ya probada eficacia
en los centros de reeducación alemanes
de los años 40: Auschwitz, Treblinka,
etcétera. La dulce Yolo, por supuesto,
estaba en profundo
desacuerdo.
Cuando regresaron a su
campamento, el ambiente estaba un poco
menos denso, claro aún había nacos
crudos y borrachos tirados bajo los
árboles, en el césped, cerca de las
albercas, pero otros ya se iban (entre
ellos el Mariachi Rascuache de
Nacotitlán) y varias tiendas de campaña
habían sido desmontadas. Los naquitos se
habían atrevido a salir de la suya y
estaban mirando con timidez por los
alrededores, cumpliendo la orden de
conseguir información... No habían
encontrado una sola de las armas de
plasma, pero eso más que
tranquilizarles, les producía aún más
desconfianza: podría significar que
aquellos terribles terrícolas quizá
poseían una tecnología aún no detectada
y las hacían lo bastante pequeñas como
para ocultarlas a la perfección.
El Ehe empezó a
organizar el desayuno muy a su manera:
fanático de los huevos con tocino y el
colesterol en general, comenzó a
preparar una sartén grande de ellos. De
una de las tiendas vecinas surgió una
vocecilla infantil:
-¡Mira mami, están
preparando huevos!
La madre del niño (no la
del niñopan, sino una modelo Las Lomas),
torció el gesto. A su vástago le
fascinaban los huevos para desayunar,
pero ella no había querido llevarlos
prefiriendo unas deliciosas hamburguesas
McDonald’s para calentar. El comentario
del niño le cayó en los ovarios. Gruñó
una especie de contestación.
-¡Pero están preparando
huevos! –Insistió el
enanín...
-¡Cállate y ven para
acá!, ¡al rato desayunamos! –Instó la
señora progenitora totalmente Palacio,
cayéndole de súbito el veinte, que las
hamburger ésas del McDonald’s, o
MacMadres, se calentaban en horno de
microondas. Detalles...
El Ehe, con una sonrisa
feliz, agitó los huevos revueltos con
harto tocino y otras cosas, para que se
revolvieran bien y para que el aroma le
llegara más directo al chiquilín...
Llamó a la Yolo y ambos
comenzaron a prepararse unos ricos
emparedados de huevo con tocino, queso y
otras cosas, en pan tostado con
mantequilla, ante la mirada ansiosa y
casi llorosa del enanín... eso era
demasiado para la dulce Yolo, la cual
procedió de inmediato a darle el
emparedado del Ehe al niño babeante,
aprovechando que aquel miraba hacia otra
parte. Miró enternecida cómo se
iluminaban los ojitos del nene, el cual
luego de arrebatarle el sándwich, sin
siquiera darle las gracias, procedió a
hincarle el diente.
Pasaron varias cosas de
inmediato...
El chido niñín lanzó un
berrido capaz de despertar muertos al
dar la primera mordida al emparedado y
se quedó con el bocado en el hocico,
chillando como si lo estuvieran matando:
el Ehe hizo un comentario no muy apto
para oídos castos, al darse cuenta del
asunto y deduciendo que el nene se había
agenciado su sándwich, la Yolo puso cara
de what?... La madre del bebé
corrió al rescate. Le arrebató el
emparedado al chiquilín y procedió a
lanzarlo lejos, luego mientras le
limpiaba la boquita al lloroso, le
dedicó al Ehe y a la Yolo una mirada
asesina al estilo Bin Laden.
Siguieron pasando
cosas...
El emparedado voló por
los aires, cual vil platillo volador
maussanita y aterrizó en la boca abierta
(la estilo Stallone) del naquito, que
aún herido de muerte por el tequila,
estaba tratando de interpretar lo que
veía. El espía naconez lanzó un alarido
digno de La Llorona, cuando la mezcla
ingresó en su organismo y echó a correr
como si lo persiguiera una caterva de
demonios, encabezada por Raulito y
Carlitos Salinas de Gortari.
El Ehe, de súbito muy
divertido por todo aquel rollo, procedió
a prepararse otro sándwich poniéndole
aún más chile habanero que al
anterior... algo no muy adecuado para
organismos ET o niños más o menos
pequeños, a menos que sean yucatecos.
Definitivamente aquel
estaba siendo un excelente
día.
El naquito corrió fuera
de la línea de tiendas de campaña, saltó
a un lado de los servicios sanitarios,
mientras sentía que ardía por dentro, lo
cual no era una figura de lenguaje:
quiso pedir ayuda sólo para descubrir
que en la desesperación había dejado
caer su aparato de comunicación. Se
desplomó entre las cabañas para renta,
sobre unos arriates frondosos,
retorciéndose como lombriz en cal viva.
Tequila y chile habanero juntos son
mortales por necesidad para la mayoría
de los humanos, tanto más para un
alienígena. Kapput...
-¡Mira amor –dijo la
Yolo–, qué chistoso teléfono
celular!
-Debe ser de los jotitos
de al lado, mejor guárdalo para cuando
regresen, amor, no se les vaya a perder
–Sentenció el Ehe mientras se echaba un
trago de tequila añejo de su ánfora
número cuatro.
Ambos miraron hacia
todos lados, pero sus vecinos de Naconia
la Grande, (a) los jotitos, no se veían
por ninguna parte. Finalmente se
encogieron de hombros y se dedicaron a
otros rollos, como beber cervezas bajo
el sol, meterse a las pozas otra vez y
organizarse para ir a las albercas. El
Ehe le había prometido a la Yolo que la
enseñaría a nadar.
La naquita, mientras
tanto, había llegado a la zona de las
albercas buscando a su compañero y
comenzando a sospechar que los
terrícolas podrían haberlo capturado:
cualquier cosa podía pasar. Si era así,
seguramente irían a por ella enseguida,
así que era imperativo que informara a
La Flota lo más pronto posible... un
terrícola con grandes bigotes, sombrero
de ala ancha, cinturón grueso con
hebilla rara, botas con grandes tacones
y una reata vaquera en la mano, se le
quedaba viendo con fijeza cada vez que
se acercaba al borde de alguna de las
albercas... posiblemente pensando en
capturarla tan pronto recibiera la
orden. Se alejó lo más que pudo para
informar lo que ocurría y para pedir que
la sacaran de allá.
Lo que ella no sabía era
que el “ranchero” se llamaba Arnulfo
Aguilar Aguilera, (a) AAA, y era uno de
los encargados del ejido y además el
salvavidas... por eso la vigilaba cada
vez que se acercaba al agua. La pobre se
veía sumamente torpe, quizá hasta
drogada. Claro, él pensaba que ella era
un “el” y que además se trataba de un
pinche joto, y siendo él un machín
total, sólo verlo, al jotito, le
molestaba...
El Ehe y la Yolo se
fueron a las albercas. Él se dedicó a
enseñarle a ella a nadar, aunque el
número de nacos remojados no dejaban
mucho espacio y producía nata, así que
decidieron salir un rato a ver si se
despejaba, en eso llegaron las
gordas.
-¡Mira, amor –exclamó el
Ehe–, las Keikos en traje de baño!
¡Joder, una en bikini!
-¡Qué malo eres, amor!
–Respondió la dulce Yolo.
La naquita recibió con
angustia la negativa del Uyy’att a
sacarla de ahí, aunque si con la
resignación que caracterizaba a los
nacos de Naconia la Grande, de cualquier
manera quizá era mejor así. Aunque había
pasado su informe, había fracasado...
valía más quedar ahí, junto con su
colega, que sufrir lo que le esperaba.
Así pues, finalizado el informe, a
sabiendas de que La Flota comenzaría a
alejarse de ahí enseguida, amartilló su
arma y se dispuso a morir, matando a la
mayor cantidad posible de
terrícolas.
Se fue hacia las
albercas y los primeros terrícolas que
vio ahí fueron la Yolo y el Ehe.
Comenzaría por esos, su sonrisa de
ferocidad hizo resbalar una buena parte
del maquillaje facial, pero eso era ya
lo de menos. Avanzó con intenciones
homicidas, tendiendo su arma hacia
aquellos dos, la Yolo sonrió al verla,
ahora podría devolverle el celular que
hacía pareja con el que aquel jotito
traía. La naquita vio esos dientes y
comenzó a oprimir el gatillo.
Entonces...
Dos de las Keikos
pasaron corriendo y agitando
impúdicamente sus masas... atropellaron
con un avasallador movimiento lateral de
nalga a la ET, la cual se fue a la
alberca con un grito. Por supuesto, no
sabía lo que era nadar. Ahora era el
turno del AAA.
El sistema de salvavidas
tolantonguez es, por decirlo de alguna
manera, único: en vez de aparatos
flotadores o nadadores, se usan reatas
vaqueras y la habilidad de los ex
vaqueros para usarlas, como si atraparan
reses. El tal AAA era de los buenos,
lazó a la naquita con pericia notable...
por el cuello.
Fuera porque el jotito
no le caía bien, porque los cuellos ET
son débiles o porque AAA jaló con
demasiado entusiasmo, el caso es que
ahorcó a la naquita: aquí o te ahogas o
te ahogas. Sistema salvavidas ranchero.
Por supuesto cuando los curiosos vieron
aquello muerto y sin el maquillaje...
Las Keikos se desmayaron, el Ehe miró
con sospecha su ánfora número cinco la
de ginebra, y prometió no volver a beber
de esa porquería, de hecho como era un
ánfora de plástico, la arrojó lejos. La
Yolo se explicó muchas cosas de pronto,
una de las ventajas de ser tolerante: el
jotito simplemente había sido diferente
eso era todo... Y el AAA, por su parte,
se sintió profundamente aliviado y hasta
medio heroico: había despachado al
chupacabras, o tal vez a la Elba Esther
Gordillo, después de todo no ahogó a un
jotito.
-Tienes suerte, buey –le
dijo con simpatía el Ehe–, no te
acusarán ni de homicidio ni de
homofobia. Chance y hasta te dan una
medalla, me cae.
El Ehe echó una mirada
más a la cosa: sí, posiblemente era el
chupacabras, porque se veía demasiado
guapo (a) para ser la Elba Esther, eso
era bueno para el tal AAA, porque ahora
no lo demandarían ni desechos humanos ni
la Sociedad Protectora de
Animales.
Sacó el ánfora número
uno, pa’un trago de mezcal y de paso,
como si nada, recogió del suelo el
“celular” de la naquita. A fin de
cuentas ese anuncio de la tele acerca de
devolver teléfonos abandonados era una
pendejada. Ya lo activaría a lo pirata
con un amigo suyo, además a quien lo
había traído, fuera lo que fuese, ya no
le servía para nada. Por alguna razón
eso último le dio mucha
risa.
-¿De qué te ríes,
amor?
-De que las Keikos se
ven más feas que esa cosa que está
allá...
-*-
Así fue como se estropeó
la proyectada invasión a la Tierra por
las huestes de Naconia la Grande. Los
nacos, ante el reporte de sus agentes,
partieron en busca de algunas presas más
fáciles. Cuando se halló entre los
arriates de las cabañas el cuerpo del
otro naquito, cocido por el tequila y el
chile habanero, se armó tremendo revuelo
en Tolantongo, lo cual es fácil de
imaginar... se pensó que era un ataque
de chupacabras beodos, que la familia
Salinas había decidido irse a vivir a
Hidalgo, que se trataba de un par de
asesores de Martita Saddam de Fox... ¿O
serían extraterrestres?
Alguien propuso llamar
al experto y sabio Jaime Maussán, para
que los sacara de dudas, ante la risa
descarada del Ehe, quien aún en
presencia de los cuerpos, llevados a los
baños de hombres a falta de una morgue,
seguía sin creerse el rollo.
Entonces pasaron varias
cosas:
Los naquitos de Naconia
la Grande se desintegraron como en los
mejores momentos de la serie sesentera
“Los Invasores” y lo único que quedó en
el sitio fue un polvillo muy parecido a
ceniza de cigarrillo, por supuesto antes
siquiera de que alguien les tomara una
foto, un video, algo: lo cual fue muy
desconsiderado... Ante tal contingencia,
los confundidos nacos locales y mexica,
los cuidadores rancheros, incluidos
salvavidas, el Ehe y quizá otro par de
escépticos medio sobrios, llegaron a la
conclusión de que simplemente andaban
pedos y todo había sido un sano
delirium tremens, o sea que todo era
asquerosamente normal y podían respirar
tranquilos otra vez, entonces el Ehe
regresó por su ánfora de gin.
Jaime perdió la
oportunidad única de tener un OETP:
Objeto Extra Terrestre Permanente y los
escépticos le siguen viendo la cara y
agarrándolo de botana, como ya es su
costumbre desde 1991.
Para esa noche, los
nacos ET ya andaban bastante lejos, pero
no lo suficiente para no captar la señal
de uno de los comunicadores, activado
por accidente dentro de la tienda del
Ehe y la Yolo...
El Uyy’att fue llamado
de inmediato, pero en vez de escuchar a
alguno de sus enviados, sólo oyó unos
ruidos indistintos que subían y bajaban
de ritmo y como grititos, gemidos o algo
así. Dedujo mientras se ponía naranja de
indignación que, por la naturaleza de
los ruidos, seguramente estaban
torturando a los espías antes de
matarlos con exquisita lentitud... y lo
dejaban oír como una advertencia, eso le
confirmó que los terrícolas eran muy
peligrosos.
Cerró la señal para no
seguir enojándose y ordenó aumentar la
velocidad, mientras sonaban marciales
las notas de la música
naca/cósmica.
Al día siguiente, y
luego de fastidiar a los vecinos que no
tenían cerillos, sacar fotos a las
Keikos y enseñar a nadar a la Yolo, el
Ehe oprimió otro de los botoncitos del
“celular” y se oyó un chillidito muy
chido... hubo un resplandor súbito y uno
de los rancheros salvavidas se
volatilizó con todo y reata..
El Ehe se alejó de ahí
silbando una tonadilla de Wagner y
haciéndose el pentonto... sin cuerpo del
delito no hay delito, aquel aparatito
era… ¡una maravilla!
Los nacos de Naconia la
Grande habían temido que los terrícolas
tuvieran armas de plasma y no sólo
tequila tolantonguez y habían corrido.
Bueno, ahora gracias a
ellos, los terrícolas sí tenían armas de
plasma, y todos sabemos que son malos,
crueles y perversos, en especial los
nacos.
¡Que alguien proteja a
la galaxia!
- - -
VACACIONES
ACCIDENTADAS Y CIENCIA FICCIÓN:
Los nacos son un asunto
serio, nadie consciente se ríe en su
presencia.
Hay que aclarar de
volada que todos los hechos aquí
narrados son ficticios, excepto por
supuesto los ET y Jaime, pero todos
están inspirados en circunstancias
reales, vacaciones accidentadas y
ciencia ficción mexicatl.
Tolantongo está allí,
las pozas también y, claro, los
salvavidas con reata, estos últimos no
sólo bien reales, sino también
peligrosos: no exponga su cuello, si no
sabe nadar ni se meta a la
alberca.
Todos los nombres fueron
cambiados para proteger a los culpables,
siguiendo la recomendación de la
Comisión Nacional de Desechos Humanos, a
la cual siempre hacemos caso.
Tolantongo vale la pena,
es un sitio muy bonito, pero jamás se
les ocurra ir cuando haya vacaciones o
sea un puente, pues estará de nacos
hasta el copete.
El día que los nacos
invadieron Tolantongo es uno de los
pocos cuentos inéditos de esta
colección, y de hecho todavía está
caliente del horno... |