“Ellos están en todas partes, no los
vemos pero nos vigilan
y su lenguaje es de números, no de
palabras”.
Martín Diaz
Vera historia de los
bolcanes de la Nueva España. 2ª.
Edición, 1847
A las víctimas del
“Führer arielito”. Y, a Luis Ruiz
Noguez,
quien inició el juego, quizá sin
saberlo.
Había sido un día muy
duro, un muy mal día, un día de la
chingada se podría decir y uno se
quedaría corto. Uno de esos días que uno
desearía que se acabaran pronto, pero
que parecen alargarse hasta el infinito
o el infierno. Una mierda de día. La
suma de todos los días malos.
Día de cierre de edición
y para acabar de joder, lunes: el
equivalente a la madre de todas las
mierdas.
Y, con der klein
führer arielito aullando en busca de
a quien fastidiar mejor, o sea lanzando
a los cuatro vientos su incompetencia, y
claro, acusando a los demás de ella,
como suelen hacer todos los pendejos de
este mundo y tal vez de otros.
Y se extravió una página
de publicidad, lo cual era muy grave,
luego el arielito en uno de sus
arranques sacudió con demasiada fuerza
(no es que fuera fuerte, sino que las
pastas variadas que se tomaba a cada
rato en el baño lo hacían sentirse
fuerte), un buen número de páginas que
Gilberto el Gil (nuestro sufrido
formador) le había llevado... En
aquellos tiempos y en aquella editorial
las galeras se pegaban con cera... así
que el arielito mandó a volar todas las
correcciones de una jornada. Por
supuesto, según él la culpa fue del Gil,
la cera, las páginas, el calor, que era
lunes, que había llovido el domingo, del
avión que pasó, en ese orden... no de
sus sacudidas.
Luego le dijo al Gil
hasta de qué se iba a morir y lo amenazó
con las peores torturas del infierno, si
no corregía el error suyo de las
correcciones que había hecho caer. Y
todo debería estar listo para ayer.
Luego me llamó a mí, a
falta de otra persona a quien molestar.
Y no se tomó sus pastas calmantes las
cuales lo harían parecer más o menos
humano, sino que se quedó con los
aceleradores puestos. Eso fue muy malo
porque yo, la verdad, a esas alturas del
partido no estaba muy de humor para
aguantar sus cotidianas crisis
drogadictas.
Ya es malo tener que
hacer una revista monotemática, con
periodicidad asesina, colaboradores
chafa, talleres de la chin... para
además tener que soportar a un jefe con
tendencias gay frustradas, atiborrado de
tóxicos, al cual seguramente su vieja no
dio de comer ese día; luego de soportar
las habituales idioteces que suelen
escribir una serie de improvisados
inútiles para una revista que habla de
extraterrestres, OVNIS y esas cosas
idiotas que fascinan a quienes no tienen
nada mejor que hacer.
El “pequeño Hitler”
estaba obviamente de malas, su grito
cuasi histérico así lo indicaba, no fue
necesario que usara el interfono, se le
oía desde muy lejos, debía haberse
dedicado a la ópera... Eso, el grito, no
presagiaba nada bueno y, ya desde que me
encaminé a su oficina, estaba comenzando
a encabronarme...
***
El asunto comenzó dos
meses antes, cuando lo que menos podía
haber imaginado era que estando metido
en los asuntos de lo insólito, pudiera
encontrarme con lo insólito fuera de la
palabra escrita, el atole con el dedo y
la invención de historias sobre los ET.
No es cinismo, uno
necesita ganarse la vida de alguna
manera, ¿no? Y esas revistuchas venden
bastante bien, unos años más tarde el
negocio serían los videos y los
programas de televisión y radio por
internet.
Total en aquellos
ayeres, yo estaba terminando
tranquilamente mi día, con el pequeño
führer muy lejos de vacaciones, en una
especie de océano de silencio beatífico,
con las idioteces habituales corriendo
con suavidad, sin necesidad de gritos
destemplados y demenciales. Yo ya me iba
a mi casa, estaba en paz conmigo
mismo... entonces la idiotita que fungía
como mi secretaria recibió una llamada y
en vez de argumentar que yo ya me había
ido a Júpiter, a Saturno o a la chin...
le contestó al orate en turno que iba a
preguntarme si estaba.
Así pues, tuve que
aceptar la llamada, deseando tener a
mano un kukri gurka para usarlo con la
nena/Einstein, al estilo del Jonathan
Harker, aunque ella –obvio–, salió
corriendo, pues ya había terminado su
turno, y me dejó con el loco.
Contesté con fastidio,
esperando que el tipo me espetara la
acostumbrada cantidad de locuras; apenas
la semana pasada había platicado con el
embajador plenipotenciario de Júpiter,
quien insistía en mostrarme sus cartas
credenciales, en vista de lo cual lo
mandé a la Secretaría de Relaciones
Exteriores, la cual imaginé era el sitio
que le correspondía.
El loco en turno comenzó
con lo habitual, tenía un secreto que
confesar. Le urgía sobremanera ver a
alguien relacionado con el periodismo
insólito porque lo que sabía era
demasiado para él y necesitaba
compartirlo. Le contesté lo de rutina,
que estaba llamando al sitio adecuado y
con las únicas personas capaces de
ayudarlo. Luego de soltar algo así como
un suspiro de alivio, comenzó por
explicarme que era ingeniero y físico
matemático y que el secreto era un
descubrimiento que había hecho, quizá
por accidente.
¿Podría ver lo que había
encontrado? Le dije que claro que sí, si
deseaba pasar por la editorial, yo
tendría mucho gusto en ver todo aquello.
Me respondió que había un problema: no
deseaba ir a la editorial, no quería ser
visto en un sitio así, entonces tendría
que verlo en otro sitio.
No me quedó muy claro de
a qué se refería cuando dijo un sitio
así, y cabía la sospecha de que fuera
algo peyorativo o simplemente ofensivo,
pensé en mandarlo al FBI, o sea al Fray
Bernardino Intitute, ahí por Tlalpan...
apenas unas semanas antes me había
llamado otro bien dañado, solicitándome
le dijera donde se vendía la tela para
los trajes espaciales, el angelito iba a
viajar con ellos y quería que su esposa
le hiciera un traje adecuado... Le
expliqué al iluso que los gringos
estaban subastando sus trajes espaciales
del Proyecto Apolo y que podía hablar a
la embajada para averiguar dónde y
cuánto, y luego le di el número de
teléfono de un güey, agente de la CIA
que me caía bastante mal, advirtiéndole
que le llamara por la madrugada, que era
cuando atendía...
Estaba pensando
seriamente mandar al loco con alguno de
los tarados que se suponía nos hacían
investigaciones, ya le había mandado a
varios, también por la madrugada a una
ladilla apellidada Ortiz de la Huerta y
no hubiera estado mal hacer lo mismo con
aquel... Pero en eso se puso a hablar
como físico matemático, lo que me hizo
pensar que ahí podía haber una historia,
aparte de la clínica.
Quedamos de vernos en el
Sanborn’s de San Ángel el siguiente
sábado por la mañana, en el bar, of
course. Sin otra cosa pendiente me
largué a mi casa y con mis labores
habituales casi me olvidé de la cita.
Cuando lo recordé era ya el sábado y
casi la hora de ver a X. Salí corriendo
y fui a sentarme en la mesa del bar que
había convenido, vestido de negro para
una más fácil identificación... El señor
X sería el que me buscaría a mí. Comencé
a pensar que igual alguien me había
visto la cara y ahora se estaría riendo
mucho.
Entonces llegó, era
moreno, delgado, del tipo nervioso,
también vestía de negro y usaba lentes
oscuros mientras se presentaba
simplemente como Luis y mostraba una
especie de tic que le hacía mirar
recelosamente por encima de su hombro.
Todo un caso, un personaje digno de una
tira cómica con elementos de MIB.
Pero era evidente que
sabía de lo que hablaba, mientras se
tomaba un agua mineral y miraba sobre su
hombro (había pedido sentarse de frente
a la entrada), me soltó una verdadera
cátedra sobre física y altas
matemáticas. Lo demás, la historia que
me contó, era en verdad delirante.
Refirió que había
descubierto aquello por un verdadero
accidente mientras exploraba una serie
de intrincadas posibilidades matemáticas
relacionadas con planos, tiempos,
direcciones, todo un rollo teórico. Dijo
que había decidido hablar conmigo porque
yo había mencionado en un artículo mis
antiguos estudios de matemáticas, en
relación con un charlatán que pretendía
tener la solución al teorema de Fermat,
por inspiración ET... Según Luis le
había agradado mi aproximación escéptica
al asunto y por eso había hecho la
llamada, ahora yo sería su confidente y
quien compartiría el secreto.
Cuando salí de ahí me
sentía mareado y no había sido por el
alcohol, sólo me había tomado ocho
cubas.
Llevaba conmigo,
garrapateadas en un cuadernillo de
reportero, tres ecuaciones y una
integral, habían sido dispuestas de tal
manera que pudieran ser recitadas en una
especie de melodía demencial, cuyo ritmo
pegajoso en extremo, estaba (tarareado
por Luis) en mi grabadora... Si el tal
físico matemático era un loco (y tenía
bastantes elementos para pensarlo), era
el más original que había encontrado:
debía dedicarse a la ciencia ficción.
Según él aquellas
fórmulas abrían puertas a otras
realidades: las ecuaciones usadas de
manera adecuada podrían mostrar, dejar
entrar parcialmente o dejar entrar por
completo a los que llamaba “ELLOS”. El
cuarto elemento era una como vacuna o un
sello. Dependiendo de cómo se usara
permitiría ser más o menos inmune a lo
que estaba al otro lado o de plano
arrojarlo de regreso, hasta una nueva
invocación. Todo el rollo era como un
cuento de brujas, pero con elementos del
Eichpiel, o sea el H. P. L., de ahí por
el 66 College St. en Providence, Rhode
Island, USA.
Con una sonrisa entre
perversa y divertida, el Luis me invitó
a probar por mí mismo las fórmulas para
que viera que no era cuento... con la
advertencia de que tal cosa podría ser
bastante peligrosa si no se tenía
cuidado.
Para hacer posible el
funcionamiento era necesario librar al
cuerpo de toxinas todo lo más posible,
llevar una dieta vegetariana rigurosa,
no fumar ni consumir alcohol... Aquello
empezaba a parecer muy aburrido. Él, el
Luis, llevaba meses sobreviviendo con
agua purificada, germinados y recetas de
la revista “Natura”... Era abominable,
nauseabundo.
Por supuesto, a pesar de
lo que me había comentado, yo no estaba
dispuesto a semejante penitencia: estaba
seguro de que no ocurriría algo... pero
si llegara a ocurrir podría ser... me
había mostrado una fotografía Polaroid
más bien borrosa de lo que estaba más
allá del umbral y la verdad, la neta:
aún siendo (como estaba seguro era) un
vil truco, no era nada agradable, lo que
insinuaba la imagen producía náuseas.
Decidí olvidar el asunto
y lo conseguí por más o menos tres
semanas.
Luego se produjo la
llamada.
Luis me llamó a mi casa.
Al parecer el portento mental que era mi
secre le había dado mi número privado
y... ya el mal no tenía remedio, pensé
mientras miraba una de mis katanas
pensando golosamente en el cuello de la
secretonta, el cual sostenía el más
bello ejemplo de coprolitocéfalo en la
historia del fenómeno clínico humano.
El Luis se oía excitado,
aunque ésa no era la palabra exacta: más
bien asustado, angustiado... y no estaba
fingiendo.
Necesitaba verme, con
carácter de urgente.
Así pues conduje hasta
el apartado café de 24 horas donde me
citó. Nunca se había visto como un
anuncio de ejemplar humano saludable,
pero entonces era una ruina física.
Aunque su mente no sólo parecía estar
más brillante sino sobre excitada. Como
introducción me espetó que llevaba sin
dormir más de una semana., bebiendo
mares de café y tomando toda clase de
psicotrópicos que hubieran hecho feliz
al “pequeño führer”.
Me explicó simple y
llanamente que había metido la pata:
ELLOS lo habían descubierto, lo estaban
cazando. Si se dormía, si bajaba la
guardia, lo atraparían sin remisión, la
integral ya no podría servirle contra
las fuerzas terribles que había
desencadenado.
Ahora bien, él deseaba
que yo me hiciera cargo de sus notas, de
su trabajo, porque no tenía alguien más
en quien confiar: había diseñado una
defensa desesperada, pero no estaba
seguro de que pudiera funcionar para
algo... y ya estaba al límite de su
resistencia, se dormiría y ELLOS
llegarían... Lo que hacían con sus
víctimas cuando las atrapaban convertía
al marqués D.A.F. de Sade en un niño de
teta... aquellas cosas tenían hambre
sexual y de la otra... por períodos
indescriptibles.
Bastante repugnante el
rollo.
Me entregó una serie de
cuadernos, hojas mecanografiadas y
casetes... todo estaba ahí... si él no
sobrevivía al intento de librarse de
ELLOS, debería averiguar por mí mismo lo
que había tras el umbral, pero si tenía
dudas al respecto, temores acerca de mi
fortaleza, debía destruir todo aquello:
por el bien de la humanidad.
Sus palabras ya
comenzaban a parecer diálogo de
telenovela.
Antes de soltar el
llanto, el Luis se multiplicó por cero,
salió corriendo del café sin averiguar
si me había hecho llorar o no, y me dejó
todo el material, un buen de dudas
acerca del rollo y la cuenta de los
cafés.
Imaginé que cuando se le
pasara el pasón me volvería a llamar
para pedirme sus notas y todo lo demás.
Pero no lo hizo.
Luego en los noticiarios
me enteré de que lo andaban buscando
luego de que apareció su auto abandonado
ahí por los rumbos del Ajusco. Lo
buscaron en vano, era como si se lo
hubiera tragado la tierra... o alguna
otra cosa. Decidí emplear sus fórmulas
para salir de dudas de una vez, así que
hice dieta vegetariana, dejé de fumar y
de beber por una semana. Luego,
aprovechando que estaría solo un par de
días en mi casa, hice todos los
preparativos que prescribían las notas
del Luis y me lancé a la prueba, con la
casi seguridad de que todo sería en
balde y yo podría estar tranquilo otra
vez.
No debí hacerlo, pero
una vez regado el tepache ya no había
marcha atrás.
El Luis –pobrecillo–,
tenía toda la razón del mundo, aquello
era muy feo, era peor que feo o
cualquier cosa que, por horrible que
fuera, uno pudiera imaginar...
Me vi cara a cara con
ELLOS. Y la verdad no se los desearía a
nadie. Eran indescriptibles,
hambrientos, concupiscentes, depravados,
degenerados, pederastas y cosas peores:
la esencia más pura del mal total y de
lo peor que cualquiera pudiera
imaginarse... Los puse sólo en visión y
me “vacuné” con la integral... Sólo abrí
una ventana para ver, pero cuando la
cerré el mundo ya no era el mismo. Y, en
el corto tiempo que los tuve a la vista,
me propusieron ayudarlos. Querían que
fuera su cuate, que les echara la mano y
a cambio obtendría conocimientos,
poder... todas esas cosas que los
humanos siempre ambicionamos y más,
mucho más.
Me estaban proponiendo
una sociedad mutualista... una
asociación de beneficios mutuos... pero
podía ser un canto de sirena y no me
gustaban ni el canto ni la sirena.
Me quedé más quieto que
un poste: no hay que creer en pactos,
porque luego le juegan chueco a uno...
Guardé todo donde nadie lo encontrara,
excepto yo. Pero no olvidé ni las
fórmulas ni la integral.
***
El arielito estaba
buscando uno de sus zapatos bajo el
escritorio cuando entré a su oficina (se
los quitaba y luego no los hallaba), y
antes de encontrarlo me espetó entre
espumajos de furia lo malo, pésimo que
era mi editorial. Me acusó de la baja en
las ventas de la revista, de la escasez
de casos OVNI en los últimos diez años y
me exigió que le dijera dónde estaba su
zapato... Antes de que pudiera contestar
algo, continuó con su monólogo, subiendo
y subiendo el tono, regresó con lo del
editorial al cual yo no le veía error,
pero él sí: muchos, montones,
gravísimos. Y no había posibilidad de
réplica, las cosas eran tenían que ser
como él decía.
Argumenté que la
casuística ovni era escasa porque los
casos eran en su mayoría falsos, que
sólo inventando nosotros algunos
podríamos hacer crecer el número...
Antes de que terminara mi exposición ya
estaba gritando hasta enronquecer en
serio. Fue entonces cuando me mentó la
madre.
No es que yo tenga
complejo de Edipo... pero, ¿qué culpa
tenía mi mamá?, la neta...
Me terminé de emputar y
ahora sí... sin siquiera pensarlo recité
las fórmulas del Luis y cuando aquello
entró, la integral de volada, o de lo
contrario...
La verdad no quise ver,
porque podía tener pesadillas: entre los
gritos de aquel y otros sonidos, se oyó
como un lengüetazo de satisfacción. Hubo
un remolino de aire succionado y cuando
abrí los ojos, el arielito no estaba...
tiempo después apareció uno de sus
zapatos debajo de un archivero.
Salí de la oficina
cerrando la puerta con cuidado para no
perturbar el silencio.
En la súbita paz que
descendió sobre la editorial pude
consolar al Gil para que arreglara las
correcciones, volví a subir y ordené mi
escritorio con calma, torné a escribir
el editorial de marras, porque de verdad
era muy malo, reconsideré lo de la
sociedad mutualista, desde nuevos
ángulos y mientras trataba de imaginarme
como se la estaría pasando el arielito
con ELLOS, comencé a escribir una lista
de personas...
- - -
ENTRE REALIDAD Y
FICCIÓN
Hay relatos que nacen de
los actos más cotidianos y éste es uno.
Muchas de las cosas que se incluyen son
ciertas: en especial mi primer encuentro
con mi buen amigo Luis Ruiz Noguez
(socio fundador como yo de SOMIE), quien
lo que en realidad quería era que se le
publicaran en “Contactos
Extraterrestres” (mi revista de OVNIS)
algunas colaboraciones con seudónimo.
Los casos de contactados, agentes
secretos y algunos colaboradores,
también son reales, otras cosas prefiero
que se imaginen su grado de realidad.
“Sociedad mutualista”
fue también un intento de quitarle algo
de solemnidad a los Mitos Mexicanos, con
unos toques de humor negro... yo mismo
había creado los mitos, digamos un tanto
solemnes, en homenaje a Howard Phillips
Lovecraft (Eichpiel) en el ya lejano año
de 1975, pero éste fue el primer relato
con humor en ellos.
El cuento fue publicado
en el periódico “El Día”, poco después
de la desaparición de “Contactos” y
luego en la revista de Federico
Schaffler... Ésta es su tercera
publicación. |