“Ciencia Ficción: Única
genuina droga
que proporciona expansión a la
conciencia”.
Arthur C.
Clarke.
“La ciencia toca dogmas
religiosos sólo
en la medida en que la religión es
materialista”.
H. G. Wells.
¿Pueden llegar a algún
punto de acuerdo creyentes, ateos y
agnósticos? Los argumentos a favor de la
existencia de Dios no han logrado su
objetivo; todos ellos, desde el
“argumento de la primera causa” hasta el
“principio antrópico”, han sido
contestados por agnósticos y ateos. Hoy
todavía podemos citar a Bertrand
Russell: “La objeción intelectual a
la religión consiste en que no hay razón
para suponer que hay alguna religión
verdadera”.
Emile Durkheim
escribió: “Se dice que la ciencia niega
por principio la religión. Pero la
religión existe; es un sistema de datos;
en una palabra, es una realidad. ¿Cómo
podría la ciencia negar una realidad?”.
Siguiendo esta línea de pensamiento
podemos decir que no es posible negar la
existencia de un dios: el dios
conceptual. Las pruebas de su realidad
son múltiples: libros, esculturas,
pinturas, edificios, etc. Ése es, tal
vez, el punto de acuerdo entre
creyentes, ateos y agnósticos.
Y es que decir que Dios
existe es hacer una afirmación
irrefutable. ¿Qué es Dios? ¿Quién es el
Todopoderoso? ¿A qué se refieren los
creyentes cuando hablan del Altísimo?
Varias cosas son necesarias para
verificar o refutar una idea o
afirmación de conocimiento. En primer
lugar, la idea a contrastar debe ser
clara. Y aquí tenemos el primer
problema. No hay un solo concepto de
dios. Por otro lado, una hipótesis debe
hacer predicciones sobre fenómenos aún
no observados. Pero ¿cómo hacer
predicciones cuando no hemos dejado
claro nuestro concepto?
Todo esto lo saben los
creyentes. Decía Tomás de Aquino:
“Dios está muy por encima de todo lo que
el hombre pueda pensar de Dios”. Para
los creyentes, la deidad está más allá
de todo entendimiento, el Omnipotente es
tan complejo que jamás será comprendido
por nuestras limitadas mentes. Si yo
tuviera a un Dios al cual pudiera
comprender, no lo consideraría un Dios.
Sólo cuando la religión “dogmatiza sobre
la naturaleza de las cosas” pueden
refutarse o confirmarse las
proposiciones. Pero ni siquiera refutar
alguna característica de la deidad puede
demostrar su inexistencia. En tal caso
se modifica o refina el concepto de
Dios. Y, en efecto, el dios-conceptual
ha ido cambiando a través de la
historia, cada creyente, cada filósofo o
científico ha tenido su Dios. En vista
de lo anterior, los creyentes pueden
estar tranquilos, ni el más fino de los
cabellos de Dios puede ser tocado por la
ciencia. El Excelso está fuera del
alcance de nuestro conocimiento.
De cualquier manera, no
dejaremos escapar las oportunidades de
atrapar a Dios, capturar al Ser Supremo
es algo más que un buen deporte, es una
necesidad. ¡Mentira! Ni con el barro ni
con la tierra es que los creamos. Jamás
usamos la madera o el maíz para traerlos
a la vida. Con la misma sustancia que
compone nuestras pesadillas es que
creamos a los dioses. La duda atenaza
nuestra mente. Saber –o intentar saber–
por qué, cuándo y de qué materia le
dimos vida al Creador. El
dios-conceptual no puede evitar ser
puesto en la mesa de disección.
Del dios que
supuestamente existe (o que podría
existir) se ocupan las religiones,
mientras que del dios conceptual se
ocupan los antropólogos, arqueólogos,
psicólogos... y escritores de ciencia
ficción. Dios ha muerto. Encontraron su
cadáver en 2019, flotando en el espacio
cerca de Alfa. El escritor de ciencia
ficción como filósofo. El autor de
cientificción como teólogo.
En “La invasión divina”,
Philip K. Dick relata lo que
ocurre cuando la astronauta Rybys
Rommey, quién está muriéndose de
esclerosis múltiple, se percata de que
está embarazada sin haber conocido varón
(la religión tiene un lugar importante
en la obra de Dick, algunos aficionados
al género señalan que su obra pasó por
tres etapas: la política, la metafísica
y la mesiánica). Isaac Asimov se
ocupó del tema en su relato “La última
pregunta”. Robert Silverberg en
“Tomás, el predicador”. Olaf
Stapledon en “Hacedor de estrellas”.
Theodore Sturgeon se ocupa de los
asuntos espirituales en “Cuerpo
Divino...”.
Cada uno de estos
autores ha enfocado el asunto desde
distintas ópticas.
Ray Bradbury
sabe que en el corazón de muchos jóvenes
existe un sueño especial. “No hay niño
cristiano que no se pregunte alguna
noche: ¿seré Él? ¿No será ésta al fin la
Segunda Venida, y yo no seré Él? Dios
mío, ¿y si yo fuera Jesús? ¡Qué
maravilloso!”.
Éste es el tema del que
conversan en Marte algunos sacerdotes,
pastores y un rabino. Sin embargo el
padre Niven jamás deseó ser Jesucristo,
él tenía otro deseo: “Sólo quería, con
todo mi corazón, conocerlo. Desde los
ocho años siempre pensé en eso. Quizá
sea el principal motivo por el que me
hice sacerdote”. Ninguno de los
presentes lo sabía, ni en sus más locos
sueños lo hubiesen podido imaginar. Esa
noche no sería una más... al menos no
para el padre Niven.
“Llegó la medianoche y luego la una y
las dos, y a las tres de la fría y
profunda mañana de Marte el padre Niven
se movió en sueños”. Algunos ruidos
roban la tranquilidad del padre, quien
se levanta y baja a la iglesia a revisar
que todo esté en orden... Gotas de agua
cayendo lo asustan... algún líquido caía
en la pila bautismal.
Niven comienza a sudar.
Una forma, una figura hace que el padre
se sienta fascinado y aterrorizado al
mismo tiempo. Encuentra una explicación
al sonido que instantes atrás lo había
inquietado: una de las manos de aquella
inesperada visita muestra una herida y
la sangre cae a la pila bautismal.
“Como si hubiera recibido un golpe
terrible, sofocando un grito, el
sacerdote cayó de rodillas, en parte por
la desesperación y en parte por la
revelación, tapándose los ojos con una
mano y rechazando la visión con la
otra... Era como si un espantoso
dentista le hubiera puesto un narcótico
y de un solo tirón le hubiese arrancado,
sangrando, el alma del cuerpo. Sentía
que le tiraban de la vida y las raíces.
Ay Dios, eran... ¡profundas!”.
Aquel visitante no es un
desconocido para el padre: “Esos ojos
extraños y hermosos y profundos y
penetrantes, y la dulzura de la boca y
la palidez enmarcada por los rizos
sueltos de pelo y de barba eran como
tenían que ser. El Hombre iba vestido
con la sencillez de ropas que era
natural en las costas y en el desierto
de Galilea”.
La Segunda Venida sucede
al fin. Jesucristo no se ha olvidado del
ser humano... y se presenta en el
planeta rojo.
-“Ahora que estás aquí, Dios mío
querido, después de tantos años, de
tantos sueños, no puedo perderte. Es
pedirme demasiado, ¿no te das cuenta?
¡Dos mil años, toda una raza esperando
tu regreso! Y soy yo el que te
encuentra, el que te ve...
-“Sólo encuentras tu
propio sueño. Sólo ves tu propia
necesidad. Detrás de todo esto –la
figura se tocó las ropas y el pecho– soy
otra cosa”.
Y el padre Niven va
dándose cuenta de la verdad.
El día anterior, los
noticiarios lo habían informado: “Según
el rumor cerca del pueblo. Éste es el
primer marciano del que se informa en
nuestra comunidad en lo que va del año.
Se recomienda a los ciudadanos respetar
a este visitante”.
Cuando la humanidad
comienza a colonizar el planeta rojo,
los habitantes de Marte simplemente se
retiran. Los marcianos poseen poderes
telepáticos y habilidades hipnóticas que
les permiten andar por los pueblos
engañando con máscaras y visiones a los
habitantes.
Después de este
episodio, la vida del padre Niven se
transforma por completo. Y de alguna
forma, también la del marciano.
“Divisó la silueta en la playa, a la
distancia... Se puso de pie y se llevó
la mano a los ojos para protegerse del
resplandor del Sol... Por un momento
tuvo la sensación... No, eso era
imposible. No creía que fuesen a
aprovecharse de ella con tanto descaro.
Sin embargo, no pudo contenerse y echó a
correr hacia él por la parte firme de la
arena, junto a la orilla. El hombre
estaba igual que en la última foto suya,
feliz, lleno de energía, con la barba
crecida luego de un día sin afeitarse.
Ahogada en sollozos, se echó en sus
brazos”.
Cuando niña, Ellie
Arroway perdió a su padre. Ahora,
adulta, aún lo extraña.
“No pasa un día sin que piense que sería
capaz de renunciar a lo que fuere con
tal de poder estar de nuevo unos minutos
con mi padre. En la conversación
cotidiana, puedo hablar de mi padre sin
sentir más que... una leve punzada de
dolor. Pero si realmente me pongo a
evocarlo –digamos a rememorar su sentido
del humor, esa pasión suya por la
honradez–, se me viene abajo la fachada
y me dan ganas de llorar su muerte”.
En lo más profundo de su
ser soñaba con verlo y continuar
disfrutando de su compañía, de su
cariño.
“De niña aún, y hasta de joven, solía
soñar que llegaba a él y le anunciaba
que su muerte había sido un error, que
en realidad estaba vivo. Pero esas
fantasías le costaban caro, al
despertarse luego en un mundo donde él
ya no estaba”.
Nunca hubiera imaginado
que gracias a aquel mensaje enviado por
unas inteligencias desconocidas, sus
sueños podrían cumplirse.
Los astrónomos,
empeñados en la búsqueda de inteligencia
extraterrestre, reciben la imagen de
Hitler inaugurando los Juegos Olímpicos
de 1936 junto a un mensaje.
“En opinión de Ellie, el mensaje era una
suerte de espejo en el cual cada persona
veía confirmadas o desafiadas sus
creencias... El fanatismo, el temor, la
esperanza, el ardiente debate, la
oración callada, la generosidad
ejemplar, la intolerancia estrechas de
miras y la necesidad profunda de nuevas
ideas, todo era como una epidemia que
recorría febrilmente la superficie del
minúsculo planeta Tierra...”.
En realidad se trataba
de las instrucciones para construir una
máquina. ¿Para qué serviría aquel
artefacto? Las esperanzas y temores de
la humanidad no tardaron en aparecer.
“Hemos recibido una invitación muy
singular. Quizá sea para asistir a un
banquete. Nunca se ha invitado a la
Tierra a concurrir a un banquete.
Rechazar la invitación sería una
descortesía”.
A pesar de los temores
en el sentido de que aquel aparato
pudiese ser peligroso para la humanidad,
el proyecto obtuvo luz verde. “Se
demoraron años; fue un sueño de la
tecnología y una pesadilla para la
diplomacia, pero finalmente se logró
construir la Máquina”.
Y ahora ahí estaba
Ellie, en una playa de un mundo lejano,
caminando con su padre.
“La voz era exacta, tal como la
recordaba. También el porte, el aroma,
la risa, el roce de su barba contra su
mejilla. Todo junto contribuyó a hacerle
perder el aplomo. Ellie tuvo la
sensación de que se descorría una
imponente roca y entraban los primeros
rayos de luz en una tumba antigua, casi
olvidada. Tragó saliva y procuró
dominarse, pero la enorme angustia que
la conmovía le provocó otro acceso de
llanto. Él le dio tiempo para reponerse,
dirigiéndole la misma mirada
tranquilizadora que recordaba haber
visto en su rostro al pie de la escalera
aquel día en que por primera vez ella se
atrevió a emprender el temible descenso
sin ayuda de nadie. Lo que más había
añorado era poder volver a verlo, pero
siempre reprimió su anhelo dado lo
imposible de llevarlo a cabo. En ese
momento, en cambio, lloraba por todos
los años que los habían separado... lo
tenía consigo, y no era un sueño ni una
aparición, sino un ser de carne y
hueso... o algo semejante. La había
llamado desde el cosmos, y ella había
acudido a la cita”.
Pero, ¿se trataba de Ted
Arroway?
“Lo abrazó con todas sus fuerzas. Sabía
que era un truco, una construcción, pero
excelente. Por un momento lo tomó de los
hombros y lo apartó de sí para mirarlo
mejor. Estaba perfecto. Era como si su
padre, muerto muchos años atrás, hubiera
ido al cielo, y por último –por una vía
tan poco ortodoxa– ella lograse volver a
reunirse con él. Llorando, lo estrechó
de nuevo entre sus brazos. Más de un
minuto demoró en calmarse... Enjugó sus
lágrimas, riendo y llorando al mismo
tiempo”.
Al igual que en “El
Mesías”, los extraterrestres que imagina
Carl Sagan en su novela
“Contacto”, toman la forma que creen más
conveniente para comunicarse (a fin de
cuentas Ellie “sentía en lo profundo de
su ser un rechazo instintivo por los
insectos, los topos y las serpientes.
Era de esas personas que se estremecen
–peor aún, que sienten asco– cuando se
ven frente a seres humanos hasta con la
más leve malformación”), y logran
hacerlo después de indagar en la mente
de sus interlocutores. “Lo logran a
través de los sueños. Anoche, cuando
dormíamos, ustedes se hallaban dentro de
nuestra mente, ¿verdad? Y así pudieron
extraernos todo lo que conocemos”.
¿Son los dioses de las
antiguas mitologías visitantes del
espacio? Erich von Däniken y
compañía toman esas ideas de los relatos
de ficción científica. Se cumple aquello
que asegura nuestro amigo Héctor
Chavarría: “Nada hay en la ufología
que no haya sido presentado antes por la
ciencia ficción”. Entrar en contacto con
los dioses es una experiencia mística. Y
el contacto que narra Sagan es,
precisamente, místico.
Ellie Arroway es una
agnóstica: “No hay pruebas contundentes
de que Dios existe, o no”. De joven,
para evitar conflictos con su madre y su
padrastro, acepta ingresar a un grupo de
estudios bíblicos; al poco tiempo,
debido a su mente indagadora y a su poco
interés en aceptar respuestas fáciles,
lo abandona. Posteriormente, cuando ya
es astrónoma, debate con Palmer Joss, un
fundamentalista con cierta popularidad.
Joss tiene una visión del mundo que
Ellie considera equivocada. Quién podría
imaginar que su “enemigo” llegaría a ser
su aliado.
Pero el interés de Ellie
Arroway en la astronomía tiene mucho de
sobrenatural. Entendiendo por
sobrenatural “el asombro absoluto”.
Compara sus sentimientos con los de los
creyentes: “Si lo más significativo de
la religión es el poder percibir lo
sobrenatural, ¿quién te parece más
religioso? ¿El partidario de las
religiones burocráticas o el que se
aboca al estudio de las ciencias?”, le
pregunta Ellie a su novio, a lo que éste
responde: “Es sábado a la tarde, y hay
una pareja desnuda, tendida en la cama,
leyendo la Enciclopedia Británica,
discutiendo sobre si la galaxia
Andrómeda es más ‘sobrenatural’ que la
resurrección. ¿Saben ellos cómo pasar un
buen momento, o no?”.
Y es que Ellie se da
cuenta de que la naturaleza es tan
extraordinaria que no es necesario
inventar historias fantásticas para
lograr el asombro:
“La ciencia y la religión se basan en el
asombro, pero pienso que no es necesario
inventar historias; no hay por qué
exagerar. El mundo real nos proporciona
suficientes motivos de admiración y
sobrecogimiento. La naturaleza tiene
mucha más capacidad para inventar
prodigios que nosotros”.
De esta manera le da
la razón a Albert Einstein:
“Sostengo que el sentimiento religioso
cósmico es la motivación más fuerte y
noble para la investigación científica”.
La manera en que los
extraterrestres se comportan y se
expresan de los seres humanos les hace
aparecer como dioses. Ellie se entera de
los proyectos intergalácticos. Los seres
humanos, algún día, podrían llegar a
participar en ellos.
“El universo se expande, y no hay en él
suficiente materia como para frenar la
expansión. Después de un tiempo ya no
hay otras galaxias, estrellas, planetas,
ni nuevas formas de vida... sólo lo
mismo de siempre. Todo va a agotarse y
resultará aburrido. Por eso, en Cygnus A
estamos poniendo a prueba la tecnología
para producir algo novedoso, que
podríamos denominar un experimento en
remodelación urbana”. Estamos ante los
dioses.
“Existía una jerarquía de seres en una
escala que ella jamás imaginó. Sin
embargo la Tierra tenía su lugar, un
puesto clave en dicha jerarquía”. Pero
los dioses no son los responsables de
todo... “las estaciones de tránsito” son
un misterio. Ellie desea preguntar sobre
lo que siempre la ha inquietado...
¿tienen mitos?, ¿creen en Dios? ¿Hay
algo que cause sobrecogimiento en los
creadores de lo sobrenatural? Y el
mensaje le es dado: los números
irracionales encierran un mensaje.
Ellie escucha lo que se
encuentra al avanzar en el cálculo de
pi... algo extraño sucede conforme los
dígitos son calculados. Cuando se llega
a diez a la vigésima potencia, el
misterio hace acto de aparición. Los
números fortuitos se esfuman, y durante
un período increíblemente prolongado se
obtiene sólo una larga serie de unos y
ceros, después esta secuencia se
interrumpe y se vuelve a la secuencia de
números al azar... ¿Qué es lo que dice
el mensaje de pi?, pregunta Elli, y le
responden con un “no lo sabemos”.
El regreso comienza.
“Qué teológicas se habían vuelto las
circunstancias. Había habitantes del
espacio, seres tremendamente poderosos e
inteligentes, preocupados por nuestra
supervivencia, que observaban nuestro
comportamiento. Pese a que reniegan de
desempeñar ese papel rector, es obvio
que tienen la facultad de decidir sobre
la vida y la muerte, la recompensa o el
castigo de los insignificantes
pobladores de la Tierra. ‘Y esto’, se
preguntó, ‘¿en qué se diferencia de la
antigua religión?’. En el acto
comprendió la respuesta: era cuestión de
pruebas. En los videotapes, en los datos
recogidos por sus compañeros, habría
testimonios fehacientes de que existía
la Estación, del sistema de tránsito del
agujero negro. Habría cinco relatos
independientes, que se corroborarían
unos a otros, respaldados por pruebas
físicas contundentes. Sería algo
concreto, no rumores ni fórmulas
mágicas”.
Pero Ellie se adelanta,
no sabe lo que ocurrirá. El contacto de
aquellos aventureros y el contacto que
logran los místicos con lo sagrado será
más parecido de lo que imagina. Cuando
salen de la Máquina, Ellie pregunta a
uno de los involucrados en el proyecto
“desde tu perspectiva, ¿qué fue lo que
ocurrió?”. “Nada” es la respuesta que
por el momento no le parece importante.
La experiencia de los
viajeros es puesta en duda y son
obligados a callar. Simplemente la
Máquina no había funcionado. De igual
forma, las experiencias de los místicos
son puestas en duda. ¿Cómo saber si los
místicos realmente se comunican con la
deidad? ¿Cómo saber si Ellie y los otros
que subieron a la Máquina realmente
contactaron con los extraterrestres?
Philip K. Dick muestra
cómo podemos distinguir un contacto real
de una simple alucinación. Después de
encontrarse con Dios, Amacaballo Fat –su
alter ego– “desarrolló un amor por él
que no era normal. No consistía en lo
que habitualmente se entiende cuando se
dice que alguien ama a Dios. En el caso
de Fat se trataba sencillamente de
hambre. Y lo que es todavía más extraño,
nos explicaba que Dios lo había herido
y, sin embargo, seguía anhelándolo como
un borracho anhela la bebida. Dios, nos
dijo, le había disparado un rayo de luz
rosa directamente a la cabeza, a los
ojos...”.
¿Aquello era real? No
podía ser de otra manera. Después de ser
tocado por el rayo de luz rosa supo
cosas que nunca había sabido antes.
“Específicamente supo que su hijo de
cinco años padecía de un defecto de
nacimiento que no había sido
diagnosticado y supo en qué consistía
dicho defecto hasta en sus menores
detalles anatómicos. De hecho, supo
hasta los detalles específicos para
informar al doctor”. Así es como Fat
logró salvar la vida de su hijo. “Fue
una suerte que lo hubieran descubierto a
tiempo”, dijo el médico.
Entonces lo importante
está en el mensaje. ¿Qué te dijeron los
dioses?, ¿qué te revelaron los
extraterrestres?, ¿hay información que
pueda corroborar tu historia? Ése era el
reto que tenía frente a sí Ellie
Arroway.
“No somos injustos. Si
usted consigue una prueba concreta,
convincente, la respaldaremos cuando le
dé publicidad. Vamos a decir que le
hemos pedido no dar a luz su historia
hasta no estar absolutamente seguros...
lo mejor es obtener la prueba, si
puede”. Palmer Joss se
convierte en el aliado de la astrónoma.
“No sé qué te sucedió en
esa Máquina, pero a lo mejor te sirvió
para cambiar”, le dice su “padrastro”. Y
ésta es otra similitud con las
experiencias místicas: todos aquellos
que las tienen ven transformada su
vida.
Al analizar pi, Arroway
encuentra lo que siempre había buscado y
logra descifrar el mensaje, percatándose
de que “el universo había sido creado ex
profeso. En la textura del espacio y en
la naturaleza de la materia, al igual
que en una gran obra de arte, siempre
figura, en letras pequeñas, la firma del
artista. Por encima del hombre, de los
demonios, de los Guardianes y
constructores de Túneles, hay una
inteligencia que precede al universo”.
Dios está presente a lo
largo de la novela de Sagan. Pero es un
dios de leyes universales
exclusivamente, un dios dedicado a un
negocio mayorista, no al por menor; un
dios que no adapta sus procesos a la
conveniencia de cada individuo. En
“Contacto” la comunicación con los
extraterrestres es una experiencia
mística.
Arthur C. Clarke también
se ha ocupado de la religión en
diferentes escritos. En “El fin de la
infancia”, Arthur narra la llegada a la
Tierra de los Superseñores
(extraterrestres con forma de demonios),
y cómo, gracias a la tecnología que
utilizan, revelan el verdadero origen de
las religiones:
“Ahí estaban –vistos
gracias a una desconocida magia de los
superseñores– los verdaderos comienzos
de todas las grandes religiones del
mundo. Casi todas eran nobles e
inspiradoras... pero eso no bastaba. En
sólo unos pocos días todos los
redentores del género humano perdieron
su origen divino. Bajo la intensa y
desapasionada luz de la verdad las
creencias que habían alimentado a
millones de hombres, durante dos mil
años, se desvanecieron como el rocío de
la mañana. El bien y el mal fabricados
por ellas fueron arrojados al pasado. Ya
nunca volverían a conmover el alma de
los hombres. La humanidad había perdido
sus antiguas divinidades. Ahora era ya
bastante vieja como para no necesitar
dioses nuevos”.
Clarke imagina en “La
estrella” que un jesuita es el
comandante de una nave que se dirige a
la nebulosa del Fénix. La tripulación
debe estudiar aquella catástrofe:
“Naturalmente, sabíamos lo que era la
nebulosa del Fénix. Cada año, sólo en
nuestra galaxia, estallan más de un
centenar de estrellas: brillan durante
algunas horas o días con una intensidad
millones de veces superior a la normal,
antes de regresar a la muerte y a la
oscuridad”.
Al llegar a su destino,
descubren un planeta girando en torno a
la estrella. “Debía tratarse del Plutón
de aquel desconocido sistema solar,
orbitando en las fronteras de la noche
demasiado lejos del sol central para
haber conocido nunca la vida, y cuya
lejanía lo había salvado del destino de
sus compañeros perdidos”.
Lo que a continuación
encuentran perturba el alma de los
viajeros y hace que el jesuita se
conmueva. “Una civilización que estaba a
punto de morir había jugado su última
baza para ganar la inmortalidad...
Llevaron a aquel lejano mundo, en los
días antes del fin, todo aquello que
deseaban conservar, todos los frutos de
su genio, esperando que alguna otra raza
los hallase y no fuesen absolutamente
olvidados”.
Aquella civilización
maravilla a aquellos hombres: “Sus
mundos eran encantadores, sus ciudades
estaban edificadas con una gracilidad
que se puede comparar con lo mejor que
nosotros tenemos. Los hemos contemplado
trabajando y disfrutando, y escuchado su
musical lenguaje sonando a través de los
siglos. Aún tengo ante mis ojos una
escena: un grupo de niños en una playa
de extraña arena azul, jugando con las
olas tal como lo hacen los niños de la
Tierra. Y, hundiéndose en el mar, aún
cálido y amistoso y dador de vida, se ve
el sol que pronto se convertirá en
traidor y aniquilará toda aquella
felicidad inocente”.
Pero, ¿qué es
exactamente lo que aturde al jesuita? Él
mismo admite haber visto los restos de
otras civilizaciones, y después de todo,
sus colegas “dirán que el universo no
tiene propósito ni plan, y que algo así
como un centenar de soles estalla cada
año en nuestra galaxia, y que en este
mismo momento alguna raza está muriendo
en las profundidades del espacio. El que
esta raza haya obrado bien o mal durante
su vida no importa al fin: no hay
justicia divina, pues no hay Dios”. El
comandante no piensa así: “Dios no tiene
necesidad alguna de justificar sus
acciones ante el hombre. Él, que ha
creado el universo, puede destruirlo
cuando lo desee. Es pura arrogancia, y
se acerca mucho a la blasfemia, el
tratar de decirle lo que puede o no
puede hacer”.
El jesuita sabe, ha
hecho los cálculos, ha estudiado el
asunto, y no hay duda al respecto... es
por ello que su fe recibe un golpe
demoledor. El jesuita ha logrado fechar
con exactitud el momento de la explosión
–¿del genocidio? –. “Sé en qué año la
luz de aquella colosal detonación llegó
a la Tierra. Sé cuán brillantemente la
supernova cuyo cadáver se va
empequeñeciendo tras nuestra nave que
acelera iluminó en otros tiempos los
cielos de la Tierra. Sé cómo debió haber
aparecido, muy baja sobre el horizonte
del este, antes del amanecer, como un
faro en aquella alba oriental. No cabe
duda alguna: al fin ha quedado resuelto
el antiguo misterio. Y, sin embargo,
¡oh, Dios!, había tantas estrellas que
podrías haber usado. ¿Qué necesidad
había de lanzar a ese pueblo al fuego,
para que el símbolo de su fin brillase
sobre Belén?”.
RELIGIONES Y
PSIQUIATRÍA
¿Qué tan cerca de los
trastornos psiquiátricos están las
creencias religiosas? ¿Son –en sí
mismas– las creencias religiosas una
psicopatología?
Según escribe el
neurólogo Andrew Newberg, hasta
1994 la Asociación Americana de
Psiquiatría clasificó oficialmente como
un trastorno mental a “la creencia
religiosa intensa”, aunque “la
información reciente indica que las
creencias y las prácticas religiosas
pueden mejorar la salud mental y
emocional de varias maneras
importantes”.
Newberg establece
diferencias entre los místicos y los
sicóticos: “Los sicóticos en los estados
alucinatorios frecuentemente tienen
sentimientos de grandiosidad religiosa y
de una importancia egoísta inflada. Por
ejemplo, se ven como emisarios de Dios,
benditos con un mensaje importante para
el mundo o con el poder espiritual de
sanación. Sin embargo, los estados
místicos suelen incluir una pérdida del
orgullo y del ego y un proceso de
aquietar la mente y de vaciarse de uno
mismo: todos los pasos necesarios para
que el místico pueda convertirse en un
receptáculo adecuado para Dios. No
creemos que las experiencias
místicas genuinas se puedan explicar
como resultado de las alucinaciones
epilépticas o, en este caso, como
productos de otros estados alucinatorios
espontáneos desatados por las drogas, la
enfermedad, la fatiga física, el estrés
emocional o la privación sensorial. Las
alucinaciones, sin importar su fuente,
simplemente no son capaces de dotar la
mente con una experiencia tan
convincente como la de la espiritualidad
mística”.
En “3001, Odisea final”,
Arthur C. Clarke reflexiona sobre lo
anterior. El capítulo 19 se titula “La
locura de la humanidad”. En él se
desarrolla una plática entre Poole y el
doctor Theodore Khan.
-Puede ser que haya oído que se me llama ateo –dice Khan–, pero eso no
es absolutamente cierto. El ateísmo no
se puede probar; es algo tan carente de
interés. No importa cuán poco factible
sea, nunca podemos estar seguros de que
Dios no haya existido... y que ahora se
haya lanzado hacia el infinito, donde
nadie puede encontrarlo siquiera... Al
igual que Gautama Buda, no tomo posición
en este tema. Mi campo de interés es la
psicopatología a la que se conoce como
religión.
-¿Psicopatología? Ése es un juicio duro.
-Ampliamente justificado por la
historia. Imagine que usted es un
extraterrestre inteligente, al que sólo
le interesan las verdades comprobables.
Descubre una especie que se autodividió
en miles... no, para este momento,
millones de grupos tribales que
sostienen una increíble variedad de
creencias sobre el origen del universo y
el modo de comportarse en él. Aunque
muchos de ellos tienen ideas en común,
aun cuando existe una superposición del
99 por ciento, el uno por ciento
restante es suficiente para que se
dediquen a matarse y torturarse los unos
a los otros por cuestiones doctrinarias
triviales, por completo desprovistas de
significado para los de afuera.
¿Cómo explicar una conducta tan
irracional? Lucrecio dio en el clavo
cuando dijo que la religión era el
subproducto del miedo, la reacción ante
un universo misterioso y, a menudo,
hostil. Durante mucho de la prehistoria
humana puede haber sido un mal
necesario, ¿pero por qué era tanto más
mal que necesario, y por qué sobrevivió
cuando ya no era necesario?
Dije ‘mal’, y es exactamente lo que
quiero decir, porque el miedo lleva a la
crueldad. El conocimiento más escaso que
se tenga de la Inquisición hace que uno
se sienta avergonzado de pertenecer a la
especie humana... Uno de los libros más
repulsivos que se haya publicado jamás
fue ‘El martillo de las brujas’, escrito
por un par de pervertidos sádicos y que
describe las torturas que autorizó la
Iglesia... ¡que alentó!... para arrancar
“confesiones” de miles de viejas, antes
de quemarlas vivas... ¡el mismo Papa
escribió un prólogo aprobatorio!
Pero la mayoría de las demás religiones,
con unas pocas excepciones honorables,
fue tan mala como el cristianismo...
Quizás el aspecto más desconcertante de
todo este asunto es de qué modo los
locos, siglo tras siglo, proclamaban que
ellos, ¡y solamente ellos!, habían
recibido mensajes de Dios. Si todos los
mensajes hubieran coincidido, eso habría
resuelto la cuestión pero, claro está,
eran salvajemente discordantes, lo que
nunca impidió que los autoproclamados
mesías congregaran miles, a veces,
millones, de adherentes, los que
luchaban hasta la muerte contra
creyentes igualmente alucinados en una
fe que difería en detalles
microscópicos...
-¿Usted sostendría, entonces, que
cualquiera que tuviera fuertes creencias
religiosas estaba loco?
-En un sentido estrictamente técnico,
sí... si es que se trata de alguien
realmente sincero y no de un hipócrita.
Tal como sospecho que lo era el 90 por
ciento.
-El único genio verdadero que conocí
jamás fue el doctor Chandra, que dirigió
el proyecto HAL. Una vez tuve que entrar
en su oficina: no hubo respuesta cuando
golpeé la puerta, y creí que el doctor
no estaba. Le estaba rezando a un grupo
de fantásticas estatuitas de bronce,
todas cubiertas con flores. Una de ellas
parecía un elefante... otra tenía una
cantidad de brazos mayor que la
normal... Me sentí muy avergonzado pero,
por fortuna, no me oyó y salí de ahí en
puntas de pie. ¿Diría usted que Chandra
estaba loco?
-Usted eligió un mal ejemplo: ¡los
genios a menudo lo están! Así que
digamos: no loco, pero mentalmente
debilitado a causa del acondicionamiento
recibido en la niñez.
Al final de la novela,
Clarke abunda en los temas tratados; en
algunas consideraciones se muestra
exagerado, por ejemplo:
“El ejemplo más llamativo –y lamentable–
de hombre brillante cuyas creencias lo
convirtieron en un lunático digno del
chaleco de fuerza, es el de Conan
Doyle; a pesar de que es
interminable la cantidad de veces que se
reveló que sus psíquicos favoritos eran
un engaño, su fe en ellos permaneció
incólume...”.
Recordemos que Doyle era
un convencido del espiritismo, y
consideraba que había evidencia
suficiente para aceptar la existencia de
las hadas. Clarke, fuera de su
literatura fantástica, especula acerca
de la evolución que sufrirá el concepto
de Dios:
“Dios personal que vigila la vida de
cada ser viviente, que recompensa el
bien y castiga el mal: Alfa. Luego viene
el Dios que ha creado el universo y que
puede intervenir o no sobre éste: Omega.
Aun en la era espacial habrá naciones en
las cuales los niños serán ejecutados
porque sus padres han adoptado otra
religión que no es la de Alfa, la
religión del estado. Felizmente para la
humanidad, Alfa caerá en desuso a
mediados del tercer milenio y será
reemplazada por un concepto fascinante:
la teología estadística, que regula el
problema del Mal... Pero será a finales
del siglo XXI cuando las nuevas
tecnologías probarán que el universo no
obedece más que a las leyes de las
probabilidades matemáticas, sin el menor
rastro de intervención divina. Al no
existir más Dios, todas las religiones,
con su cortejo de supersticiones, se
convierten en algo más nefasto que
benéfico. Queda Omega, el creador de
todo”.
Comentaba que Andrew
Newberg asegura poder establecer una
diferencia entre una alucinación y un
estado místico genuino; para Newberg
basta con ver si los mensajes son o no
agresivos. Parte de esta agresión
tendría su origen en identificar a los
dioses o al dios cognoscible y personal
con el Dios trascendente e inefable.
“Los místicos casi siempre describen sus
experiencias como extáticas y dichosas,
y la unidad espiritual que afirman
lograr suele definirse usando palabras
como serenidad, integridad,
trascendencia y amor. Por otra parte,
los sicóticos son frecuentemente
confundidos y terriblemente asustados
por sus alucinaciones religiosas. Las
cuales tienden a una naturaleza
altamente perturbadora y a menudo
incluyen la presencia de un Dios enojado
y reprobador”.
Newberg continúa con las
diferencias: los sicóticos creen tener
un gran mensaje y aseguran tener la
verdad, se ven como emisarios de Dios;
los místicos no suelen ser egoístas y
comparten sus experiencias de manera
coherente. Newberg nunca propone que
pudieran existir diferentes tipos de
alucinaciones. De cualquier forma, si
hacemos caso a estos conceptos, las
religiones resultarían ser el producto
de sicóticos y no de místicos. Los
libros revelados contienen mensajes
perturbadores y nos presentan a un Dios
“enojado y reprobador”.
Sobre lo anterior
podemos citar a Thomas Paine.
Paine amaba a Dios, de eso no puede
dudarse, y sobre la revelación escribió:
“Al leer las historias obscenas, el
voluptuoso desenfreno, las crueles
ejecuciones y torturas, la insaciable
venganza con la que está plagada más de
la mitad de la Biblia, resultaría más
consistente que la llamáramos la palabra
del demonio que el mundo de Dios. Es una
historia de maldad que ha servido para
corromper y embrutecer a la humanidad:
por mi parte la detesto profundamente
como detesto cualquier crueldad, rara
vez encontramos algo que no merezca
nuestro aborrecimiento y desprecio...
Para leer la Biblia sin horrorizarnos
debemos destruir todo lo que hay de
tierno, comprensivo y benévolo en el
corazón del hombre... ¿Qué hemos
aprendido de esta supuesta religión
revelada? Nada útil al hombre y todo lo
deshonroso al creador. ¿Qué nos enseña
la Biblia? Rapiña, crueldad y crimen”.
Tal vez sea posible
establecer contacto con la deidad. Tal
vez Newberg esté en lo correcto y
algunos mensajes sean auténticos. Es
posible que en ocasiones la comunicación
sufra de algún percance. No podemos
pensar que se trate de una falla en la
transmisión (a menos que Dios sea
imperfecto) sino en la recepción del
código. Las falsas revelaciones serían
sólo ruido, tal vez algunas mentes sean
incapaces de recibir de forma correcta
los mensajes, es posible que la
información equivocada tengan su origen
en algunas neuronas defectuosas o en
algunas redes neuronales imperfectas,
¿los místicos son dueños de un sistema
nervioso central adecuado para lograr el
contacto?
Y tal vez la ciencia y
la tecnología lleguen al punto de
permitir la comunicación directa con
Dios, o al menos sin que tengamos que
depender de los imperfectos cerebros de
nuestros congéneres. Podríamos entonces
entender mejor la mente del Altísimo.
Sus planes y deseos llegarían sin
modificación hasta nuestros oídos. Y al
mismo tiempo podríamos estar seguros de
que nuestras oraciones han llegado hasta
su morada. Ben Tallchief recurre
a la tecnología para comunicarse con
Dios.
Tallchief había enviado
una plegaria sencilla: “Su trabajo lo
aburría como siempre, así que la semana
anterior había ido hasta el transmisor
de la nave y había añadido conductos a
los electrodos permanentes que salían de
su glándula pineal. Los conductos habían
llevado su plegaria al transmisor, y
desde allí la plegaria había pasado a la
red repetidora más próxima; su plegaria
había rebotado por la galaxia hasta
llegar –eso esperaba él– a uno de los
mundos deíficos”. Tallchief pide un
empleo más estimulante y creativo.
Específicamente se dirige al Intercesor,
una de las tres personas que conforman a
la Divinidad. Las otras dos son el
Caminante y el Mentufactor.
“Dios no es
sobrenatural. Su existencia fue la
primera modalidad del ser que se
autoconstituyó, y la más natural.” El
profeta A. J. Specktowsky logra
muchas respuestas –como la anterior– y
las pone al alcance del público en su
libro “Cómo me levanté de entre los
muertos en mi tiempo libre y también
usted puede hacerlo”. Este libro es
“capaz de guiar a cualquiera y en todo
momento”.
Esto sucede en
“Laberinto de muerte”. Philip K. Dick
desarrolla “un sistema abstracto y
lógico de pensamiento religioso, a
partir del postulado arbitrario de que
Dios existe”, y en ello basa su novela.
En este mundo K. Dick
nos explica por qué Dios no responde a
todas las oraciones, por qué a veces
parece que el Creador nos ha abandonado:
“No tengo fe en las palabras que no se
amplifican electrónicamente. Hasta
Specktowsky lo admitió. Para ser
efectiva, una plegaria se debe
transmitir electrónicamente por la red
de mundos deíficos y llegar así a todas
las Manifestaciones”.
Pero el hombre no ha
logrado hasta ahora su objetivo:
comprender la esencia del inventor de la
realidad. No hemos logrado atenazarlo,
desmenuzarlo, desmembrarlo y estudiar
cada una de sus partes. Hasta ahora los
esfuerzos han resultado inútiles.
Antropólogos, psicólogos, filósofos y
cienciaficcioneros han utilizado sus
mejores armas, pero la Deidad Única,
Verdadera y Viviente ha escapado a
nuestro entendimiento.
¿Lograremos algún día
capturar al Ser Supremo? ¿Contaremos en
algún momento con la tecnología
necesaria para aprisionar a la Divina
Majestad? ¿Seremos capaces –algún día–
de atrapar a Dios?
El Magallanes es una
nave de guerra cuya misión es descubrir
quiénes son los auroranos. A bordo de la
nave viajan representantes de los
diferentes bandos, la humanidad aún se
pregunta si Dios realmente existe. Los
auroranos son una civilización con
creencias religiosas. Error. Los
auroranos son los Hijos de Dios. Bueno,
todos somos hijos de Dios, ¿cierto? Pero
los auroranos creían literalmente ser
Hijos de Dios. “Mírelo así, su teología,
que a todo esto es, al mismo tiempo, su
religión, su política y su arte, dicen
que eran niños, niños divinos que
crecerían... ¡Hijos de Dios que serían
Dios al crecer! ¡Herejía!”.
La humanidad no logrará
el contacto: “Una de las estrellas del
sistema binario de Aurora estalló. Todos
los planetas fueron arrasados.
Llegaremos en unos días, llegaremos
tarde”. La Magallanes llega al tercer
planeta, el lugar donde es posible
revisar los restos de aquella
civilización... Y descubren la verdad, y
la verdad es perturbadora. “Los
auroranos habían hecho estallar uno de
sus soles con el único fin de usar su
energía en el Tercer Planeta. La nova no
fue un accidente sino una acción
premeditada”.
El Tercer Planeta es...
¡¡una blasfemia tecnificada!! El Tercer
Planeta “es una trampa, señor. Es una
trampa para atrapar a Dios. Dios es
mensurable, luego entonces puede ser
tocado, puede tener una existencia real
y no dejar de ser Dios. Puede ser
atrapado”. De funcionar la máquina de
los auroranos, Dios podría ser
aprisionado en cualquier momento... El
tiempo hará que el verdadero propósito
de la trampa sea descubierto.
La Cuna, la Matriz
Primera nos proporcionará la respuesta
tan buscada. La duda dejará de existir.
La incertidumbre carecerá de lugar en el
universo. Al menos en el universo creado
por José Luis Zárate en La Luz.
Pero en nuestro universo
las dudas, los argumentos, las
investigaciones y la literatura
continuarán. A través de diferentes
disciplinas (psicología, antropología,
neurociencias, memética...) intentaremos
hacer lo necesario para conseguir un
fragmento del Responsable del Cosmos. No
descansaremos hasta poner en un
microscopio un trozo del Creador.
Nuestra búsqueda de Dios no se detendrá.
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