Alguien me mandó un
sobre tamaño carta que decía “Señor O.
Nájera Rejano, calle de la Tortuga
número 66”, y me sorprendí de que
hubiese llegado a mis manos porque mi
casa era la 99. Además invirtieron mis
apellidos y me cambiaron la inicial del
nombre. Lo abrí y adentro encontré una
revista que se llamaba “La sal” y cuyo
lema era “Tortuga significa yo habito el
infierno”.
La portada atrajo mi
atención en el acto, pues se trataba de
una serpiente que se mordía la cola y
que en la piel llevaba, con letras
rojas, una frase en inglés: Devil ere
here lived. Yo no la pude traducir
cabalmente y por eso, días más tarde,
fui al Instituto de Investigaciones
Filológicas a buscar a algún experto y
hallé a una doctora en lenguas modernas
que se llamaba Eve Adams.
-Son unas palabras
espeluznantes –me dijo–, como para
colocarlas a la entrada de una mansión
estilo gótico.
-¿Por qué?
-Porque ere es
un arcaísmo –me respondió multiplicando
las arrugas de su piel.
Como no me traducía
la oración tuve que preguntarle:
-¿Qué quiere decir la
frase completa?
-El diablo vivió
antes aquí –me contestó arqueando las
cejas.
Las primeras páginas
de la revista hablaban de los
palíndromos, y tan pronto me topé con
esa palabra, me puse a buscarla en el
diccionario y vi que se llaman así las
expresiones que se pueden leer de
izquierda a derecha y viceversa. Durante
mi niñez, gocé horas eternas haciendo
palíndromos sin imaginar siquiera que
pudieran tener algún nombre. La
publicación sólo contenía ese tipo de
juegos. “Efímera haré mi fe” rezaba uno
de tantos. La oración en inglés también
era palindrómica.
En una hoja
centelleaban dos palíndromos
enigmáticos, uno de ellos escrito en
griego: “υφψου αυομημα μη μουαυ οψφυ”;
de éste se aseguraba que su autor era
Dios, y se ofrecía como traducción:
“Lávate de tus pecados, no sólo la
cara”. El otro palíndromo lo firmaba
Satanás, y parecía un reto: “Signa te,
signa, temere me tangis et angis”, es
decir: “Persígnate, haz la señal, me
tientas y atormentas en vano”.
Algunos palíndromos
llegaban a ocupar hojas enteras, e
incluso los nombres de sus autores eran
palindrómicos: Natán, Sarrás y otros.
Lo que más me
impresionó fue un texto largo como un
cuento, hablaba de que todos tenemos un
doble; para encontrarlo, decía, se debe
caminar al revés. Al calce iba la firma:
O. Nájera Rejano.
Dominado por el
terror, arrojé a la chimenea la revista;
pero la extraje casi instantáneamente,
quemándome los vellos de la mano. Luego
de apagarla a pisotones, quedó a la
vista una ilustración que representaba
un ave fénix; al pie de ella, radiaba un
palíndromo en letras doradas: “Otro
ocaso sacó orto”. Más abajo venía el
crédito: O. Nájera Rejano. Sólo entonces
me di cuenta de que esa sigla y esos
apellidos, al igual que A. Rejano
Nájera, componen también una frase de
doble lectura.
Como estaba sudando,
salí a caminar para tranquilizarme y
pese a mis ganas de olvidar todo, algo
me impulsó a ir hacia el número 66 de la
calle. Era una vieja casona, sobre su
puerta había un escudo con una breve
leyenda: “Devil lives, Evil Lived”…
Toqué el aldabón durante 15 ó 20 minutos
y no hubo respuesta. Volví a mi casa,
pensando en que Evil quizá estaba con
mayúscula porque significaba “el
Maligno”, en lugar de “el mal”. Además
me acordé que ahí estuvo, en otro
tiempo, una fábrica de esferas.
En los días
siguientes, además de hablar con la
doctora Eve Adams para que me tradujera
la frase de la portada, fui a la
Biblioteca Nacional y casualmente di con
un poema de O. Nájera Rejano, que
publicó la revista Aérea:
SER ESO
Beso, lodo,
parto, rito,
mito, timo,
tiro, trapo,
dolo,
sebo,
seres…
Iba acompañado de una
nota adjudicada a un tal Loya Gayol;
revisando la publicación me di cuenta de
que se trataba del boletín de la
Facultad de Filosofía y Letras, a la
cual fui tan pronto pude.
No tuve problemas
para hallar a Loya Gayol, es un hombre
entregado a la filosofía del lenguaje,
su gesto y la manera en que se peina lo
hacen parecer un Bertrand Russell, posee
innumerables textos ejecutados por O.
Nájera Rejano, a los que elogia como si
fueran diamantes y de los cuales me
proporcionó algunos.
-A mí me gusta llamar
a Nájera Rejano simplemente O., porque
esa letra es redonda como los
palíndromos. O. es una especie de
profeta, es el Mahoma de los
palindromistas; a través de su boca, Alá
nos comunica la perfección. Sé que tiene
suficiente dinero como para dedicarse
exclusivamente a hacer juegos de
palabras. “Yo dono oro, oro o no doy”.
Ahí no muestra la vanidad sino su
devoción por lo perfecto. Alguien me
comentó que le encanta gozar la redondez
del mundo; se la ha de pasar viajando.
Debe ser incalculablemente lúcido y
soberbiamente viejo. He llegado a creer
que sus maravillas lingüísticas las
realiza por computadora.
-¿Entonces, usted no
conoce a nadie que pueda ayudarme a
encontrarlo? –le pregunté. Nájera Rejano
se me estaba volviendo una obsesión.
-Si alguien pudiera
tener una pista de cómo hallarlo, ya la
sabría yo. Lo he buscado por años, sin
éxito. Sólo hay noticias vagas que pasan
de boca en libro o viceversa. A la mejor
O. Nájera Rejano es sólo la firma que un
grupo de palindromistas usa para sus
trabajos.
-Loya Gayol es
palíndromo y usted existe.
-Pero Loya Gayol es
incapaz de realizar algo como “Adán, Eva
y árbol obra Yavé, ¡nada!”.
-Sí… –suspiré
derrotado–. Y tal vez sea sólo el deseo
de verlo trabajando en sus
grandiosidades lo que me impulsa a
encontrarlo.
Hicimos una larga
pausa cavilante. Yo prendí un cigarro;
él, un puro.
-“Roma ni se conoce
sin oro, ni se conoce sin amor” –dijo
por fin–. Es una buena máxima
palindrómica. Para saber el nombre
sustancial de Roma hay que dar algo.
¡Arriésguese!
-¿Cómo?
-¿Por qué no mediante
el azar?
-Déjelo a los dados,
mande un telegrama a la primera
dirección que se le ocurra, marque en un
teléfono el número indicado en un
billete de lotería, o…
-¡Gracias! –le dije
interrumpiéndolo y salí de su oficina.
Al correr los meses
abandoné la clase de Literatura en el
Colegio de Ciencias y Humanidades Sur;
algunos jóvenes me llamaron pidiendo que
por favor asistiera, ya que, de otra
forma, iban a tener dificultades con la
aparición de sus calificaciones, hubiera
sido muy fácil solicitar a la Escuela un
maestro suplente y sin embargo prometí
obsequiarles un nueve o un diez,
creyendo quitármelos de encima. Yo
ansiaba continuar explorando los
alcances de la palindromía; los alumnos
empezaron a acusarme, con un lenguaje
entre líneas, de corrupto. Pretexté
necesitar un regaderazo y quien hablaba
insinuó que yo era un burócrata y que
debía aprovechar el agua para lavar mis
culpas; le dije centenares de
maldiciones y le colgué.
Una noche de insomnio
quise poner en práctica la sugerencia de
Loya Gayol. Iba a utilizar mi teléfono,
pero preferí llamar de la calle, así el
experimento sería más azaroso; llegando
a las esquinas de las avenidas
Capricornio y Dragón, extraje mi cartera
y de ella una tarjeta en la que escribí
el primer número que se me vino a la
cabeza: doce millones 345 mil 669, lo
multipliqué por 54 y obtuve 666 millones
666, y me puse a marcar dicho número;
sonaba ocupado, colgué y me dirigí al
teléfono de la siguiente esquina, pero
como no lograba entablar comunicación
fui a los del resto de la manzana; al
llegar a aquél en donde había empezado,
decidí recorrer los cuatro aparatos
telefónicos en sentido inverso. En una
de tantas vueltas, un policía que se
hallaba apostado en el banco Aboumrad,
me dijo:
-Ya van tres veces
que pasa frente al banco, a la próxima
lo detengo por sospechoso.
Volví a mi casa,
reprimiendo el ansia de partir en dos a
aquel hombre. Revisé los palíndromos que
me dio Loya Gayol. El que encabezaba la
lista era “Sé ver ese revés”, y el
último “El alba, háblale”. La coma no
podía ser una errata, aquel mensaje
estaba destinado para mí, porque justo
entonces comenzó a clarear. Salí
apresuradamente hacia el teléfono, una
llovizna imperceptible iba llenando como
de vaho mi cabello, el timbre sonó
espaciadamente, aguardé cosa de un
minuto, y ya colgaba, cuando una voz
femenina dijo:
-Bueno.
Mi reloj tenía nueve
minutos para las seis de la mañana, el
alba despuntaba, intenté imaginar las
justas reclamaciones que aquella mujer
me lanzaría por llamar a esa hora,
pidiendo hablar con alguien desconocido
hasta para mí.
-¿Se encuentra el
señor O. Nájera Rejano?
-¿Es usted A. Rejano
Nájera? –su voz estaba impregnada de
sensuales matices.
-Sí.
-Sabíamos que
llamarías.
Me agradó el tuteo,
quise saber su nombre, pero terció una
voz masculina, superponiéndose a la de
ella, como si hablara por una
extensión.
-No ha llegado el
momento de encontrarnos –el tono del
tipo fue macabro–, cuando usted dé con
un palíndromo tridimensional, una luz se
encenderá en el 66 de la calle Tortuga.
Una mano morena cortó
la llamada, puse la bocina en su lugar y
me dejé conducir hacia una patrulla. En
la delegación de policía, argüí tener
que hablar con un pariente enfermo; mis
bigototes interrogadores exigieron el
número y les di el de un sobrino lejano,
discaron y como éste llevaba 15 días en
Europa porque lo habían becado, según
les informó creo que la esposa, me
despojaron del reloj y 600 pesos.
Mi celda era muy
lúgubre, por lo que casi de inmediato me
acosté en el camastro que ahí había. Me
dio gusto estar solo y envuelto en la
penumbra; a través de la pequeña y alta
ventana no se alcanzaba a ver sino el
cielo completamente nublado; repasé lo
ocurrido mirando a la pared. Nada me
hubiera costado exigir mi derecho a
telefonear a un abogado o a un amigo;
pero me perturbaron tanto los
palíndromos y la serie de azares
ocurrido, que me estuve quieto como un
muerto, tratando de organizar mis
pensamientos.
Oí que unos pasos se
acercaban, se detuvieron frente a mi
celda.
-Éste es –dijo una
silueta a la otra.
-Gracias –respondió
la mujer.
Quién había hablado
inicialmente se fue.
-A., ¿quieres
acercarte? –me preguntó y entonces
reconocí el timbre de la voz.
Me aproximé a las
rejas y nos besamos y estuvimos
acariciándonos. Yo me sentía bogando en
un sueño; sólo ahí ama y odia uno a
gente que nunca ha conocido.
-¿Por qué puedo
abrazarte? –le dije.
-Porque tú eres la
mitad de O. Ustedes son los elegidos, el
principio y el fin de Dios, el alfa y el
omega, tú y él lo van a matar.
Iba a pedirle más
explicaciones, pero sus labios
encarcelaron los míos a besos.
-Toma –dijo
repentinamente entregándome un libro–.
Si logras pronto el palíndromo de tres
dimensiones, O. arreglará tu salida.
-¿Saldré hoy?
-Quizás, en tus manos
está realizar el cuerpo palindrómico, o
no –musitó zafándose de mí–. Yo ya
cumplí con mi parte.
-¿Cómo te llamas?
Alcancé a preguntarle.
-Ana –susurró sin
detenerse.
Me puse a ver el
libro, forzando la vista. Como un
paleógrafo, observaba los signos que me
salían a cada página, en una de ellas,
las letras, además de poderse leer de
izquierda a derecha y al contrario, eran
legibles de arriba hacia abajo y en
sentido opuesto. Como un relámpago
fulguró en mi mente el recuerdo de la
palabra “abracadabra”. Aquello era un
palíndromo abracadábrico,
bidimensional.
A
A L A
A L E L A
A L A
A
“A Alá alela…” repite
infinitamente desde cualquier esquina,
terminando siempre en el centro. Había
también espirales, uno de los más
sencillos era el siguiente:

Tuve la sensación de
que el libro me veía. Debieron haberse
enrojecido mis ojos porque sólo gracias
a los escasos rayos de luz azul que
entraban por la ventana, podía yo
penetrar en los textos.
Me taladraron las
venas de la cabeza yo creo que por el
cansancio y probablemente también debido
al aire encerrado. Quise llorar. ¿Quién
me había destinado a luchar contra
Dios?
-¡Yo no he hecho nada
malo! –pensé en voz alta, dejando caer
el libro y tendiéndome en el camastro.
-Eso lo vamos a ver,
maldito –dijo alguien desde afuera–.
Estamos averiguando si te han fichado;
donde tengas antecedentes penales te
carga el demonio.
Yo ni siquiera volteé
a mirarlo; me fui quedando dormido.
Cuando abrí los ojos tenía hambre y me
puse a vaciar los trastos que me
llevaron. Después, una voluntad extraña
se fue infiltrando en los músculos y en
la sangre. Mi cerebro maquinaba cómo
transformar aquellas figuras en cuerpos
geométricos. Al anochecer, el cuadrado
que se refería a Alá estaba convertido
en algo similar a un brillante. A pesar
del resultado, no me satisfizo que el
punto de partida hubiera sido elaborado
por manos ajenas.
Durante el resto de la
noche, centenares de palabras, como
nubes de insectos iban y venían dentro
de mi cabeza; a veces me animaba a
trazar sobre mi agenda algunas
aproximaciones palindrómicas. Horas
después tuve una estructura totalmente
elaborada por mí, y la dibujé en las
hojas de guarda que el libro cargaba.

De haber unido todas
las vocales exceptuando la i, mediante
líneas, hubiese tenido algo semejante a
una piedra preciosa. “A Eva aviva, ave;
a Eva aviva, ave; a…” dice partiendo
desde cualquier extremo. Me pregunté si
Eva o su pecado iban a surgir de algún
modo y me vino a la mente, no supe
entonces por qué, el ave fénix casi
hecha cenizas que traía “La sal”.
Había concluido mi
tarea y los ojos me punzaban. Pronto
arribaron las tinieblas y caí en un
nuevo sopor, del que me despertó un
carcelero. Eran aproximadamente las seis
de la mañana. Salí de ahí, no sin antes
recibir mis pertenencias y algunas
excusas.
Regresé por avenida
Cruz del Sur y cuando estuve en las
calles de la Tortuga, fui derecho hasta
el número 66. Una luz brillaba en la
enorme casona, dando cierta
transparencia al polvo de las ventanas.
Apenas hube rozado la puerta, ésta
rechinó quedando abierta; entré y subí
una crujiente escalera en forma de
caracol, al llegar al final tuve frente
a mí una gigantesca esfera transparente,
llena de andamios; por ella caminaba
gente pálida dedicada a colocar letras
de madera aquí y allá, como si se
preparara un anuncio luminoso. Si
alguien insertaba una eme en determinado
punto, insertaba una nueva eme en otro,
de tal manera que las palabras que
integraban todo ese aparato, parecían
captadas por invisibles espejos.
De una puerta salió
un hombre cuyo cabello era lacio. Su
rostro anguloso, la rapidez con que se
desplazaba y el brillo siniestro de sus
pupilas me hicieron estremecer. Era
idéntico a mí.
-Tardaste –dijo–,
pero llegas a tiempo para ayudarnos a
conformar el palíndromo esférico y el
humano.
Ana surgió de entre
la sombra y me condujo al interior de la
esfera; la mayoría trabajaba en los
andamios lejanos al centro; ella me
explicó que teníamos que palindromizar
el último nombre de Dios; sólo pude
ayudarles después de ver el esquema que
exponía fragmentariamente la composición
de la esfera.
Durante siglos habían
buscado el centésimo nombre de Dios, los
inicios de la esfera se remontaban a la
Edad Media, al año nueve, del siglo IX
después de Cristo; Natán aportó la
palindromización tridimensional del
primer nombre; la esfera fue desarmada y
reconstruida en diversos sitios del
mundo, según sus necesidades; al obtener
los 99 nombres palindrómicos de Dios, lo
dominaríamos.
Todo eso me lo dijo
Ana mientras acomodábamos algunas
letras; por momentos se acercaba tanto a
mí que a pesar de la escasa luz, yo
podía ver mi reflejo en su ojo. Cuando
Luzbel peleó contra Elohim, el primero
fue vencido y castigado por “soberbio”,
por querer ser un dios; Adán y Eva se
convirtieron en nada debido a que
comieron del árbol de la ciencia, del
bien y del mal, pretendían hacerse
todopoderosos; con la torre de Babel se
quiso subir al cielo, ocupar el pedestal
divino.
Al contarme que la
historia no era sino la lucha de dios
contra los hombres, Ana elevaba la voz y
el lugar se cubría de resonancias. Dios
iba a ser derrotado esta vez, se contaba
para ello con la esfera: el ojo del
hombre. Las letras, negras, constituían
la pupila; las de alrededor, cafés, el
iris; y las restantes, blancas, el
limbo. Cada nuevo nombre que se llegaba
a saber de Jehová, era palindromizado:
así YHVH vino a ser HVH.
El centésimo nombre
de Dios estaba compuesto por los otros
99, cada uno de los cuales correspondía
a un atributo del creador. Cuando
concluimos el palíndromo, salimos de la
esfera. Mi doble me llevó hasta una
pared en la que había una estrella con
un nombre inscrito que se hallaba en la
cabeza.
-Anota un número de
dos cifras en la pared –dijo O.
extendiéndome un gis; puse 85–. Réstale
su inverso –al quitarle su inverso
quedaron 27–. Al resultado súmale su
inverso –27 y 72 me dieron 99–. No
importa el número que pienses, sólo hay
dos resultados: 99 y cero.
Pensé en que ese
número de cabeza era el 66 y en seguida
me vino a la memoria el pasaje del
Apocalipsis en que Jesús revela la cifra
de la bestia.
-Nos hemos encontrado
antes, casi estoy seguro –le dijo.
-He andado cerca de
ti siempre. Pronto seremos uno solo. Ha
habido 99 dobles que se han reunido en
torno al ojo del hombre. Tú y yo
articularemos, simplemente con nuestra
presencia, el último nombre del Señor,
sígueme.
Permanecí quieto,
pero Ana me tomó del brazo. Caminamos.
Ella sonreía jugosamente y la blancura
de su piel resaltaba al contrastar con
sus ropas oscuras. El eco de nuestros
pasos me hacía sentir en una basílica.
O. Nájera Rejano, Ana,
los demás y yo, nos congregamos a los
pies de la esfera. Se pusieron a cantar
un himno en latín; yo trataba de seguir
la letra. Cuando todas nuestras voces se
fundieron, hubo una gran explosión
afuera, la habitación se iluminaba y
oscurecía en un abrir y cerrar de ojos.
De repente, escuché una vibración que me
hizo doblar, una música estentórea, como
de trompetas, invadió mis oídos. Luego,
pude ver, a través del ojo de palabras,
mi cuerpo caído y muerto y también el de
O. Nájera Rejano; su espíritu se integró
al mío. Yo entré primero al ojo porque
soy el alfa; él es el omega; la esfera
nos une. Dios se desintegró; ahora,
somos dios, controlamos todos los puntos
del universo. La omnipotencia, la
omnipresencia, la sabiduría y 96
atributos más, están contenidos en la
esfera que somos. Poseemos el destino de
todos y cada uno de los seres. Yo soy el
alfa, Yo soy el omega. Yo soy.
- - -
*
Francisco Guzmán Burgos,
escritor mexicano nacido en 1961.
Colaborador de diversos diarios y
revistas. Ha escrito varios libros entre
los que se encuentran antologías y
ensayos. En 1990 escribió “De la risa al
llanto”. Una senda inexplorada en la
obra de Romero, gracias a la beca
homenaje a José Rubén Romero,
publicado por el Programa Cultural
Tierra Adentro (libro 26). Actualmente
es director de la revista trimestral “La
Creación”. El cuento que publicamos
con su graciosa autorización fue el
ganador del tercer premio del concurso
literario Efraín Huerta, de 1983,
que patrocina el Ayuntamiento de
Tampico, Tamaulipas. |