Existe una leyenda
japonesa que dice que una especie de
mono sin cola se hizo así porque, en una
época, engañado por un zorro elegante,
intentó pescar en las aguas de un río
congelado usando su propia cola. Después
de esperar la noche entera, finalmente
sintió un gran peso, pero al tirar con
toda su fuerza, descubrió que era su
cola que se había congelado. Con el
tirón, la cola terminó por caer, y desde
entonces sus descendientes nacen sin
cola.
En biología, esta
idea folklórica de que el uso o desuso
de los órganos puede ser transmitido
directamente a las generaciones
siguientes acabó recibiendo el nombre de
“herencia de las características
adquiridas”, e incorporada por el
naturalista francés Jean
Baptiste-Lamarck, fue la primera
propuesta científica de la evolución de
las especies. Sin embargo, todas las
tentativas de observar o inducir
directamente tal herencia fallaron. En
la década de 1880 el biólogo August
Weismann cortó cruelmente la cola de
mil 592 ratones a lo largo de 22
generaciones, sólo para constatar que
ninguno de ellos comenzó a nacer sin
cola, o con una cola más corta. La
leyenda japonesa del mono sin cola fue
seriamente sacudida.
Bien, para decir
verdad no todas las tentativas fallaron.
Al principio del siglo XX el biólogo
austríaco Paul Kammerer afirmó
haber probado experimentalmente el
lamarckismo, agitando a la comunidad
científica ya inclinada a favor de las
ideas posteriores de Charles Darwin.
Aunque fueron vistos con escepticismo
por los científicos, los experimentos de
Kammerer fueron saludados con furor por
los medios –“The New York Times”
de junio de 1923 hablaba de su éxito en
“donde Darwin había fallado”, y sus
conferencias en Europa y los Estados
Unidos fueron recibidas con mucho
entusiasmo.
Nacido en Viena en
1880, en la época en que Weissman estaba
cortando las colas de los ratones, a la
vuelta del siglo Paul Kammerer ingresó a
la Academia de Viena para estudiar
música. Pero acabó graduándose como
biólogo, en el famoso Instituto de
Biología Experimental, donde no sólo se
mostró como un eximio cuidador de
acuarios, sino que también realizó
experimentos que lo harían mundialmente
famoso. El que se hizo más conocido
eventualmente lo llevaría a su ocaso y a
la obliteración de su nombre en la
historia de la ciencia, llevándose el
poco apoyo científico que aún existía
para el lamarckismo. Fue el experimento
realizado con el sapo partero.
La mayoría de los
sapos se aparean en el agua, pero el
sapo partero –Alytes obstetricans,
llamado así porque el macho carga por
semanas los huevos fertilizados– se
aparea en tierra firme. Kammerer decidió
forzarlos a aparearse en el agua,
aumentando la temperatura del acuario,
para observar lo que ocurría. Después de
mucho esfuerzo, reportó un resultado
notable: los sapos desarrollaron
protuberancias nupciales. Estas pequeñas
protuberancias oscuras en las patas
permiten que los machos se agarren mejor
de las hembras durante el apareamiento
acuático. Sin embargo lo más importante
es que también reportó que las nuevas
generaciones de sapos comenzaron a nacer
con las protuberancias. Como en la
leyenda japonesa del mono sin cola, una
característica adquirida estaría siendo
transmitida directamente a los
descendientes.
Con la Primera Guerra
Mundial y la falta de recursos, Kammerer
tuvo que abandonar el Instituto, y
después de la guerra, todo lo que quedó
de su experimento más famoso fue un sapo
partero conservado en alcohol. Pero él
comenzó a dar conferencias por Europa y
Estados Unidos divulgando sus notables
resultados.
Entonces en 1926 cayó
la bomba: cuando Gladwyn Noble,
del Museo Americano de Historia Natural,
revisó el espécimen conservado de
Kammerer, no encontró ninguna
protuberancia nupcial. En su lugar vio
mucha tinta china dando coloración a la
pata. Al publicar su hallazgo en la
revista “Nature”, Kammerer fue
acusado de cometer el peor acto que un
científico puede cometer: un fraude.
En esa época,
Kammerer había sido invitado por la
Universidad de Moscú y estaba preparando
su viaje. Al saber la revelación de
Noble, escribió una carta de defensa a
la Academia de Ciencias Soviética en
donde admitía el fraude, pero no
confesaba haberlo hecho. Escribió que
sospechaba quién era responsable, sin
decir su nombre. Trágicamente, poco
después se suicidó, en parte también por
otras razones, incluyendo un desengaño
amoroso.
Después de la muerte
de Kammerer, el lamarckismo fue
abandonado por la ciencia occidental, en
donde el darwinismo y la genética
alcanzaban cada vez más éxito. Sin
embargo, en la Unión Soviética la
“herencia de las características
adquiridas” aún sería promovida por un
campesino llamado Trofim Lysenko,
que prometió a Josef Stalin
multiplicar la producción de alimentos.
Aquí también los resultados fueron
desastrosos, pero no sólo para una
persona: sin resultados, la biología
soviética acabó atrasándose décadas en
relación con la biología occidental. Le
faltó un sapo partero con tinta china.
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