“I boarded the Kings’ ship; now in the beak,
Now in the waist, the deck, in every cabin,
I flamed amazement; sometimes I’d divide
And burn in many places; on the topmast,
The yards and bowsprit, would I flame distinctly,
“He abordado la nave
del rey
–dice Ariel en La Tempestad–,
y ora sobre proa, ora en los
costados, ora en cubierta, ora en las
cámaras, por doquier he encendido el
asombro. Tan pronto me dividía, y ardía
entonces por aquí y por allá, y llameaba
separadamente en el palo mayor, en el
bauprés y en las
vergas,
como me reunía de nuevo juntando todas
mis llamas…”.
La Tempestad, Acto I,
Escena 2 (1)
San Elmo
o san Erasmus (303 d. C.?,
Formia, Italia) fue uno de los primeros
obispos cristianos. Es el patrono de los
marinos, quienes lo asociaron
románticamente al fuego de san Elmo (o
san Telmo). Es uno de los mártires que
constituye los “Catorce santos de
ayuda”, un grupo de santos venerados
conjuntamente en la Alemania medieval.
Fue obispo de Formia (antigua Formiae),
donde murió martirizado, probablemente
durante la persecución de cristianos por
el emperador Diocleciano. De
acuerdo con el papa San Gregorio I el
Grande, sus reliquias están en la
catedral de Formia. Después de que los
sarracenos destruyeron Formia en el 842,
el cuerpo de Erasmus fue transferido a
Gaeta (Italia). Varios actos espurios
han embellecido la leyenda. De acuerdo
con esto, él fue obispo de Siria y
resistió milagrosamente las torturas de
Diocleciano en Líbano y después fue
guiado por un ángel a Formia. Se le
confunde con el sirio san Erasmus de
Antioquia (25 de noviembre), aunque
algunos proponen que es la misma
persona.
San Rudolf
escribió la biografía de san Elmo hacia
el año 1130. En su “Vida de san Elmo”,
escribe:
“Una noche de gran tormenta, san Elmo se
dirigió a visitar al obispo de Auvergne,
Ranco, quien se encontraba en cama por
enfermedad. Los discípulos de Elmo le
acompañaban en el camino, pero era tal
la oscuridad, que prácticamente estaban
imposibilitados de seguir adelante.
“Elmo comenzó a encender una vela, lo
cual sorprendió a sus discípulos. ¿Acaso
pretendía san Elmo que tal vela
permaneciera encendida enfrentando
semejante noche torrencial?
“Pese a las dudas de sus acompañantes,
la lluvia que caía a cántaros y las
ráfagas de viento no pudieron apagar la
vela, y san Elmo logró llegar a su
destino.”
Debido a esta leyenda, san Elmo ha sido
adoptado como patrono de los marinos del
Mediterráneo, quienes han visto el
destello que acompaña a la descarga en
cepillo que aparece sobre los mástiles
de los barcos durante las tormentas.
Elmo es la corrupción italiana de
Erasmus (a través de Ermo). Otras
derivaciones etimológicas incluyen
Ramus, Eramus, Ermo, Elm, Elme y Telmo.
Este último es en realidad el pseudónimo
adoptado por Pedro González, el
cual los marinos españoles y portugueses
veneran como patrón. De aquí que en
Portugal el fenómeno se conozca como
“Luces de Pedro”. La fecha de veneración
del santo es el 2 de junio.
También se le ha llegado a conocer como
San Nicolás y San Hermes, Corpusante o
Corpus Santos.
Al fuego de san Telmo, fuego de san
Elmo, feu Saint-Elme o St.
Elmsfeur se le conocía con el nombre
de Helena por los romanos, en el
caso de que fuese una llama solitaria, y
si la llama era doble, Cástor y
Pólux. Creían que era el numen
protector de Cástor y Pólux. Séneca,
en cambio, decía que eran estrellas que
se posaban en los palos de los buques.
Julio César
escribió en su “Comentarios de la guerra
de las Galias” que “en el mes de
febrero, alrededor de la segunda hora de
la noche, apareció repentinamente una
nube seguida de una tormenta de granizo,
y en la misma noche las puntas de las
lanzas de los soldados que pertenecían a
la Quinta Legión parecían estar en
llamas”.
Francesco Antonio
Pigafetta,
quien acompañó a Magallanes en su
expedición (1519-1522), relata con gran
viveza la aparición de este fenómeno en
el transcurso del viaje. El cronista del
viaje escribe, en su “Relazione in
torno al primo viaggio di
circumnavigazione, noticia del Mondo
Nuevo con le figure dei Paesa scoperti”,
lo siguiente:
“Aparecía en más de una ocasión el
cuerpo Santo, esto es, Santo Elmo, como
otra luz entre las nuestras, sobre la
noche oscurísima; y de tal esplendor
cual antorcha ardiendo en la punta de la
gabia (…) Cuando esa bendita luz
determinaba irse, permanecíamos medio
cuarto de hora todos ciegos, implorando
misericordia y creyéndonos muertos ya”.
Cristóbal Colón
reportó en su segundo viaje uno de estos
avistamientos: “(Una) flama fantasma que
bailaba entre nuestros marinos y que
luego se quedó quieta como una vela
quemándose brillantemente sobre el
mástil… Cuando aparecía no había
peligro”.
Pocos años después Alvar Núñez Cabeza
de Vaca sufrió tan fuerte impacto al
enfrentarse con uno de estos meteoros,
que en su “Relación de los naufragios de
Alvar Núñez Cabeza de Vaca”, escribió
que “más estábamos cerca de la muerte
que de la vida (…) estuvimos pidiendo a
Nuestro Señor misericordia y perdón de
nuestros pecados”.
En una nota de Francis Bacon
sobre los trabajos de Plinio,
afirmaba que “si es uno solo, pronostica
una tormenta severa, que puede ser
todavía más intensa si la bola de fuego
no está adherida al mástil, sino que
rueda y danza sobre él. Si hay dos de
ellas, en el momento en que la tormenta
se ha incrementado, se puede tomar como
un buen signo. Pero si hay tres,
seguramente la tormenta será
terrorífica”.
Darwin
escribió en una carta a J. S. Henslow
que una noche, cuando el Beagle estaba
anclado en el estuario de Río de la
Plata, “todo estaba en llamas, el cielo
con sus relámpagos, el agua con sus
partículas luminosas, y aun todos
nuestros mástiles estaban coronados con
una flama azul”.
La aparición del Fuego de san Elmo se
consideraba como buen presagio, ya que
comúnmente se le veía cuando la tormenta
estaba amainando. Por eso se
interpretaba como el resultado de las
plegarias de los marinos.
En su novela Moby Dick,
Melville hace decir a Ismael:
“Todos los palos y las vergas estaban
coronadas con un fuego pálido, y al
tocarse, tres relámpagos con tres
anillos estrechos de flamas blancas, en
cada uno de los tres mástiles, se
quemaban en el aire sulfuroso, como
gigantescos cirios en el altar… juro que
en todos mis viajes nunca había oído que
el dedo flamígero de Dios hubiera caído
sobre la nave…”.
Además de los mástiles de los barcos, se
les ha visto en las chimeneas, las
torres y campanarios de las iglesias,
las copas de los árboles y las cumbres
de las montañas. Incluso se ha reportado
en los cuernos del ganado, saltando de
cuerno a cuerno. Al iniciar la era de la
aviación, el Fuego de san Elmo se
trasladó de la tierra y los mares hacia
el cielo. Ahora aparecía en los extremos
de las alas, en las hélices y las
antenas de los aviones. Incluso alteraba
las comunicaciones de radio (efecto
electromagnético).
Usualmente es de color púrpura, azul,
blanco-azulado o blanco. La “flama” no
desprende calor y dura entre unos
minutos hasta horas, pues no se consume.
Algunos creen que el relato bíblico de
la zarza ardiente, que no se consumía,
pudiera tener un origen en este
fenómeno. Ocasionalmente se reporta un
ruido eléctrico.
Cuando Benjamín Franklin inventó
el pararrayos, se dio cuenta de que el
fenómeno aparecía en la punta de esos
aparatos: “Lejos de la nube y
silenciosamente, antes de que estalle,
en la punta se puede ver una luz como el
corpuzante de los marinos”.
En la novela “San Elmo”, escrita por
Augusta Juana Evans, posteriormente
a la Guerra Civil norteamericana, se
narra la historia del santo. La novela
fue tan popular que muchas poblaciones
en los Estados Unidos fueron bautizadas
con su nombre en Alabama, Tennessee,
Georgia, California, Colorado, Illinois,
Kentucky, Louisiana, Mississippi,
Missouri, Nueva York, Texas y Virginia.
Augusta Evans era una firme
antifeminista. En todas sus novelas,
nunca fue más que una escritora
mercenaria. Era tan superficial,
moralista y pomposa que “The New York
Times” se mofaba regularmente de
ella, y una vez publicó una parodia de
“San Elmo”, “San Twelmo”.
Estos “fuegos” han provocado también
pánico y leyendas en la imaginación
popular. Este fenómeno era muy acentuado
en los veleros, que generalmente
llevaban varios mástiles y mucho
aparejo. La aparición de esta
luminosidad en la oscuridad era de
efectos sorprendentes para los
supersticiosos marinos de antaño, que
desconocían la causa del fenómeno.
“Ciertas piezas de ropa, sobre todo las
de nylon, acumulan electricidad estática
en alguna cantidad; en la oscuridad
producen una lluvia de chispas, por
ejemplo al quitarse la ropa. A veces,
estas ropas quedan rígidas o se mueven,
pareciendo un ‘fantasma’, aún cuando
estén colgadas de las perchas, por
efectos de pequeñas descargas
eléctricas”, según el padre Óscar
González Quevedo (2).
Existe una evidente e íntima conexión
entre el más inofensivo de estos
fenómenos flamígeros y los Cozmozants
(o cuerpos santos) de electricidad
estática que juegan en torno a los
extremos de los mástiles de los barcos
en alta mar. Esta carga estática fue la
responsable de la catástrofe del
Hindenburg. Se piensa que uno de los
depósitos de gas, lleno de hidrógeno,
habría dejado escapar su contenido antes
de llegar al punto de amarre de
Lakehurst. En los cientos de metros
cuadrados de la superficie del
gigantesco dirigible alemán, se había
formado una gran carga de electricidad
estática a causa de la fricción con el
aire. Una chispa, producto de esa carga,
produjo la ignición del hidrógeno (3).
LA DESCARGA EN CORONA
El fuego de san Elmo es un tipo especial
de descarga eléctrica, llamada “Descarga
en corona”, que puede ocurrir en los
objetos cuando el campo eléctrico cerca
de ellos se incrementa por alguna razón.
La descarga es luminosa y puede estar
acompañada de un sonido audible. La
“Corona eléctrica” es un efluvio que se
produce alrededor de los conductores
cilíndricos, cuando se encuentran
sometidos a una gran diferencia de
potencial con respecto del aire ambiente
(4). La carga atmosférica induce cargas
en los mástiles y estructuras elevadas.
El resultado es una luminosidad esférica
notable alrededor de aquellos puntos.
Los fuegos de san Elmo son de forma
ovalada, inmóvil, de tamaño entre diez y
40 centímetros y de color blanco o azul
(5).
El fenómeno ocurre en las puntas de los
objetos, en donde la fuerza de potencial
alcanza valores de cientos de volts por
centímetro. Cuando el potencial es
superior a esos valores, la corriente
empieza a fluir, de acuerdo con la ley
de Ohm, por lo que no se podrá observar
el fenómeno. En un día normal, la fuerza
del campo eléctrico en la atmósfera es
de alrededor de 1 volt por centímetro.
Al inicio de la formación de un
cumulonimbus (nubes de tormenta), el
campo se incrementa hasta unos cinco
volts por centímetro, y justo antes de
la descarga de un relámpago el valor se
eleva a miles de volts por centímetro.
De ahí que el fuego de san Elmo sólo
aparezca cuando el campo eléctrico es
muy elevado, esto es, en la vecindad de
tormentas o tornados. Se ha reportado,
por ejemplo, la presencia del fenómeno
en navajas, cuchillos y otros objetos
filosos durante la aparición de tornados
(6).
Estos fuegos por lo regular se
relacionan con la acción de los
cristales de hielo, nieve o granizo. Las
colisiones de los cristales de hielo en
las nubes, su rompimiento e interacción
con gotas de agua subenfriadas, produce
descargas eléctricas que causan estática
en la radio y frecuentemente descargas
luminosas. El movimiento de torbellinos
de partículas de humo, nubes de humedad
y cristales de hielo provoca cambios en
el potencial y puede afectar el campo
magnético.
El efecto corona es una luminiscencia
debida a la recombinación de átomos
ionizados por elevados campos
electrostáticos. Es susceptible de
manifestarse en la proximidad de
conductores de energía eléctrica de alta
tensión (220 mil volts), cuando la
separación de los conductores (de tres
centímetros de diámetro) es inferior a
los cinco metros, y las condiciones
atmosféricas le son propicias (altos
índices de humedad).
La corriente eléctrica fluye de los
puntos que tienen un potencial más
elevado a los de menor potencial. Sin
embargo, cuando el potencial eléctrico
del campo es lo suficientemente elevado,
los electrones de las moléculas con un
mayor potencial adquieren la energía
suficiente para escapar de la molécula y
pueden colisionar con otras, sin ser
capturados. Cuando ocurren las
colisiones entre estos electrones
libres, las moléculas ionizadas y las
moléculas no ionizadas del aire, se
produce una luminosidad. Cuando estas
colisiones están confinadas a un volumen
pequeño, como las puntas de los mástiles
o de otros objetos, la luminosidad puede
hacerse visible como un destello azul o
blanco.
Cerca de las puntas que se proyectan en
la atmósfera, las líneas de fuerza
eléctrica se reflectan de su posición
normal y tienden a concentrarse en la
punta. Cerca de este punto, la fuerza
del potencial de campo eléctrico es
considerablemente mayor que la de sus
alrededores. Ésta es la razón por
la cual funcionan los pararrayos. Cuando
se encuentran puntos con una elevación
considerable sobre terrenos planos, el
campo eléctrico en la punta puede
alcanzar los 200 volts por centímetro y
formar un fuego de san Elmo. También
ésta es la razón por la cual es
sumamente peligroso cruzar un terreno
plano en época de tormenta: el cuerpo se
transforma en un pararrayos.
Philip J. Klass,
quien ha publicado varios trabajos para
tratar de explicar los avistamientos de
OVNIS (7), estudió la oleada de Exeter,
New Hampshire y quedó impresionado por
la cantidad de observaciones que
informaban de objetos vistos cerca de
líneas de alta tensión. Exeter está lo
suficientemente cerca de la costa como
para que se forme sal en los cables de
alta tensión, lo que facilita los
efectos de la descarga en corona, dando
lugar a la aparición de bolas luminosas
de gas ionizado sobre los
transformadores y líneas de alta tensión
(8).
La siguiente sección se la puede saltar
aquel lector que no tenga conocimientos
de física. Puede retomar la lectura
después de la tabla de plasmas.
Recomendamos que los que manejen algo de
física y deseen comprender un poco más
el mecanismo de formación de los fuegos
de san Elmo, lean los siguientes
párrafos.
Como se ha visto, si un voltaje entre un
conductor en una línea de transmisión
excede un valor crítico, se produce un
sonido como de siseo en el lugar en
donde aparece un destello alrededor del
conductor (corona). El voltaje crítico
depende del diámetro del conductor, la
rugosidad de la superficie y su
distancia a otros conductores. La corona
se produce por la ionización
intermitente del aire que rodea al
conductor, produciendo ondas de alta
frecuencia y provocando pérdidas de
energía e interferencia en radios y
televisores cercanos (¡he aquí el famoso
efecto electromagnético!). La única
forma práctica de minimizar la corona es
incrementando el diámetro del conductor.
Al nivel del mar, por ejemplo, es
necesario un diámetro mínimo de una
pulgada, para una línea de 230 KV; de
1.5 pulgadas para una de 330 KV y de 2.5
pulgadas para otra de 500 KV. Los
tamaños se deben incrementar a mayores
alturas (9).
Se prefiere el aluminio para líneas
conductoras de voltaje extra-alto, a
pesar de que su conductividad es menor
que la del cobre. La mala conductividad
del aluminio resulta ventajosa porque se
requiere un gran diámetro (especialmente
con un centro de acero) para altos
voltajes.
Dijimos que para 500 KV el conductor
debe ser de 2.5 pulgadas o más. Tales
conductores pesan cerca de seis
kilogramos por metro, por lo que son
difíciles de manufacturar, trasladar e
instalar. Para subsanar estas
dificultades se instalan dos o más
cables (llamados subconductores) de
diámetro mucho más pequeño, espaciados
un pie o más, en lugar de un solo
conductor. Este arreglo, conocido como
“haz de conductores”, hace decrecer la
impedancia de la línea e incrementa la
capacidad de carga eléctrica en un 25% o
más.
En términos generales los fuegos de san
Elmo son plasmas. Un plasma es una
colección de cargas positivas y
negativas de igual densidad que forman
una distribución neutra de materia.
Pueden existir en sólidos (como
electrones excitados en metales), en
líquidos (como sales disueltas en agua),
pero es más común relacionarlos con los
gases. Se cree que aproximadamente el
99% de la materia en el universo se
encuentra en esta forma. Se considera
como el cuarto estado de la materia. Es
un medio conductor, en general compuesto
de electrones e iones positivamente
cargados. Las auroras, relámpagos y
arcos eléctricos (de soldadura) son
plasmas.
En general, un plasma es una mezcla
compleja de muchos tipos diferentes de
partículas en movimiento térmico rápido.
Las propiedades básicas del plasma son
independientes de sus propiedades
químicas y están determinadas en primer
lugar por las leyes de conservación de
energía y moméntum y por la conducta de
los electrones. Se usan métodos
estadísticos para estudiar los plasmas.
La densidad (η) y la temperatura
cinética (T) son los parámetros básicos.
El promedio de la energía cinética por
partícula es de 1.5 veces la constante
de Boltzman por T, o sea 3/kT. La
presión está definida por ηkT. En
equilibrio termodinámico todas las
temperaturas son la misma e (ignorando
las interacciones de partículas) la suma
de las presiones cinéticas es la fuerza
por unidad de área en el continente. Se
puede hacer una clasificación básica de
plasmas en términos de densidad
electrónica (ηe), temperatura
electrónica (Te) y grado de
ionización, o fracción de plasma
ionizado.
Uno de los parámetros más importantes
asociado con los plasmas es la longitud
de Debye, un concepto similar al
introducido en 1923 por los químicos
Meter W. Debye y Walter K. F.
Huckel (10) en su teoría de los
electrolitos fuertes. En un plasma la
longitud de Debye es la máxima distancia
en la cual una gran diferencia en el
número de cargas positivas y negativas
puede ocurrir. Ésta es una constante (h)
que es igual a 69 (Te/ηe)1/2
dada en metros. Para distancias mayores
de h, existe una casi-neutralidad, pero
para distancias menores, un ion positivo
puede ejercer una fuerza sobre un
electrón. Este fenómeno lleva a la
definición cuantitativa del plasma: un
gas ionizado es un plasma si la
dimensión física del gas es mucho menor
que h.
Cuando el plasma no está en equilibrio
y, especialmente cuando tiene corrientes
eléctricas (movimiento general de los
electrones relativo a los iones
positivos), la interacción de partículas
dentro de la esfera que tiene un radio
de Debye se explica mejor en términos de
colisiones binarias equivalentes. Esto
es, sí es posible sumar las muchas
interacciones simultáneas entre las
partículas dentro de tal esfera en tal
forma que pueda representarse como una
serie de eventos discretos solamente
entre dos partículas. El número de tales
eventos se llama “frecuencia de
colisión”.
La frecuencia angular (Wp) de
las oscilaciones del plasma es igual al
promedio de la velocidad térmica del
electrón por H o:
Wp = 56(ηe)1/2
(en radianes por segundo)
A temperaturas del orden de un millón de
grados K, los átomos han sido despejados
de todos sus electrones y pueden ocurrir
reacciones nucleares.
Los plasmas pueden emitir Bremsstrahlung
(radiación por frenado de electrones en
colisiones elásticas). La potencia
(energía por unidad de volumen) radiada
es proporcional a la raíz cuadrada de Te.
Cuando un electrón es capturado por un
ion positivo, emite un fotón (luz). Esto
se llama Recombinación radiativa.
Como hemos dicho, el 99% de la materia
en el Universo se encuentra en estado de
plasma. Esto no es una exageración,
puesto que el Universo se generó de una
violenta explosión que inicialmente
consistió en una “bola de fuego” de
plasma de hidrógeno completamente
ionizado.
En la siguiente tabla podemos ver los
diferentes tipos de plasmas que se
encuentran en el Universo, junto con su
densidad electrónica (ηe) y
temperatura electrónica (Te).
PLASMA
ηe (1/m3)
Te (°K)
Sol
Centro
1031
1.5 x 107
Fotosfera
1020
4,200
Cromosfera
1017 a 1020
5 x 105
Corona
1013
1.5 x 106
Viento solar
5 x 106
4 x 105
(cercano a la Tierra)
Espacio Interestelar
Regiones H
II
106
104
Regiones H I
102
100 a 125
Espacio
Intergaláctico
1
3
Tierra
Magnetosfera exterior
107 a 106
104
Plasmosfera
1010 a 109
104
Ionosfera
1011
a 1012
250 a 3,000
Metales
1028
104
Durante las tormentas y en los casos en
que el campo eléctrico de la atmósfera
se hace espacialmente grande (tormentas
de nieve o polvo, ráfagas de granizo,
etcétera), frecuentemente se observan
descargas luminosas, de un tipo
espacial, en puntos y bordes puntiagudos
de objetos que sobresalen de la
superficie de la tierra. Estas descargas
–los fuegos de san Elmo– ocurren
frecuentemente en las montañas que
poseen proyecciones puntiagudas de
rocas, torres, árboles, etcétera.
Usualmente van acompañadas de un
estallido o silbido característico.
Pueden durar varias horas y se observan
en cualquier parte y en todas las
estaciones del año (11).
Las descargas silentes son simplemente
una forma en “cepillo” de la descarga en
corona. Éstas aparecen cuando la fuerza
del campo alcanza grandes valores cerca
del electrodo (punta). En el estado
inicial de la descarga en corona aparece
cerca del electrodo una descarga
autosostenible –cuando la fuerza del
campo no es muy grande–, debida a los
movimientos de los iones formados bajo
la influencia de los ionizadotes
atmosféricos. Su corriente es pequeña e
independiente de la densidad de
formación de iones. Cuando la fuerza del
campo alcanza cierto valor crítico, el
cual está determinado por la forma del
electrodo y por la densidad del aire, el
gas comienza a brillar repentinamente,
con una luz azul cerca del electrodo y
aparece un sonido característico,
mientras que la corriente en el punto se
incrementa a valores de microamperes o
más.
El calentamiento y brillo son una
consecuencia de la ionización y
excitación de las moléculas del gas y de
los átomos del mismo, bajo la influencia
de los electrones acelerados por el
intenso campo electromagnético.
El tamaño de este brillo se incrementa
con un posterior aumento, y aparece
sobre la punta un cono en forma de
brocha, consistente en finas y luminosas
corrientes, que se mueve rápidamente.
El brillo se distribuye regularmente
dentro de un cono de cerca de 90° en el
vértice (extremo de la punta), cuando la
punta está cargada positivamente (corona
positiva). Se desarrolla una avalancha
de electrones desde el extremo de la
corona hacia la punta, mientras que los
iones positivos permanecen estáticos
dejando un espacio cargado
positivamente, el cual debilita el campo
en la vecindad inmediata de la punta.
Debido a esto, la corona parece estar
localizada no sobre la punta
directamente, sino a una corta distancia
de la misma. La longitud de las
descargas en brocha alcanza algunas
veces los 45 centímetros.
En las coronas negativas el desarrollo
de las cintas empieza en la misma punta
y los electrones viajan en el espacio
alrededor de la punta, donde se combinan
con las moléculas del gas, dando la
apariencia de que existe un espacio
cargado negativamente. Esta corona es
más pequeña y más estrecha que la
positiva; la longitud de las cintas es
de dos o tres centímetros. Las cargas
espaciales alrededor de la punta tienen
el mismo signo que la punta misma y
pueden debilitar el campo si no existe
una difusión en el espacio que las
rodea, y con ello provocar la extinción
de la corona. Por lo tanto, esta corona,
por lo regular, no es constante y
fluctúa continuamente, ya que tiene un
carácter intermitente.
Bajo condiciones naturales, la corriente
de la punta “i”, el campo eléctrico “E”
y la velocidad del viento “v” están
relacionados como sigue:
I = k(E – C)v
donde “k”
y “C” son constantes que dependen de la
forma y dimensiones de la punta, del
signo del campo y de otros parámetros.
SAN ELMO DE LA
MONTAÑA
Camille Flammarion
relata en su libro “The Atmosphere”
(12) un caso interesante acerca de los
fuegos de san Elmo en las montañas, del
que es autor el célebre naturalista
francés Ferdinand de Saussure.
En 1867 estuvo con varios compañeros en
una cumbre en los Alpes, de más de tres
kilómetros de altura.
“Los que habían realizado la escalada
acababan de dejar junto a una peña sus
bastones con conteras de hierro y se
disponían a comer, cuando Saussure
sintió en los hombros y en la espalda un
dolor, que parecía estar producido por
agujas que se le hincaran lentamente en
el cuerpo.
Suponiendo
–dice Saussure–
que en mi capote
habían caído alfileres, me lo quité,
pero no sentía alivio sino, por el
contrario, el dolor se hizo más intenso
y se extendió a toda la espalda, desde
un hombro a otro; este dolor iba
acompañado de cosquilleo y de pinchazos
dolorosos, como si por mi piel anduviera
una avispa y la llenara de picaduras.
Después de quitarme rápidamente mi
segundo abrigo, no encontré nada que
pudiera producir esta afección. El dolor
proseguía y empezó a parecerse a una
quemadura. Pensé que se había inflamado
mi jersey de lana. Estaba ya dispuesto a
desnudarme, cuando me llamó la atención
un ruido parecido al abejorreo. Este
ruido procedía de nuestros bastones
apoyados en la peña; era semejante al
ruido que hace el agua caliente en
vísperas de arrancar a hervir. Todo esto
duraría unos cinco minutos.
“Comprendí
entonces que la sensación dolorosa era
debida al flujo eléctrico procedente de
la montaña. Sin embargo, como era de
día, no vi ningún resplandor en los
bastones. Estos producían el mismo ruido
agudo cuando, teniéndolos en la mano,
dirigíamos las conteras de hierro hacia
arriba, hacia abajo y horizontalmente.
Del suelo no salía ningún sonido.
“Al cabo de
algunos minutos sentí que se me erizaban
los pelos de la cabeza y la barba,
parecía que me estaban pasando una
navaja de afeitar seca por la barba
fuerte y crecida. Mi joven ayudante
gritó que se le erguían los bigotes y de
la parte superior de sus oídos emanaban
fuertes corrientes. Al levantar la mano
sentí cómo la corriente salía de mis
dedos. En una palabra, la electricidad
emanaba de los bastones, de las ropas,
de los oídos, de los pelos, de todas las
partes salientes del cuerpo.
Abandonamos
rápidamente la cumbre de la montaña y
descendimos unos 100 metros. A medida
que íbamos bajando, nuestros bastones
emitían cada vez un sonido más débil;
por fin el sonido se hizo tan sordo, que
sólo podía oírse llevándose el bastón al
oído”
Yákov Isidórovich
Perelmán
presenta otros casos interesantes de
aparición de los fuegos de san Elmo en
su libro “Problemas y experimentos
recreativos” (13).
“La emanación de electricidad de las
peñas prominentes se observa con
frecuencia cuando el cielo está cubierto
de nubes bajas que pasan a poca altura
de las cumbres.
“El 10 de julio de 1863, Watson y varios
turistas más, ascendieron al puerto de
Jungfrau (en los montes suizos). Hacía
una mañana magnífica, pero ya cerca del
desfiladero, los viajeros tuvieron que
aguantar un viento fuerte con pedrisco.
Se oyó el horrísono bramar del trueno, y
poco después Watson percibió un sonido
silbante procedente de su bastón; este
sonido era parecido al de un calentador
en que se inicia la ebullición. Los
viajeros se detuvieron, y notaron que
sus bastones y hachas emitían el mismo
sonido y no dejaron de sonar ni después
de clavar uno de sus extremos en tierra.
Uno de los guías, que se quitó el
sombrero, comenzó a gritar que le ardía
la cabeza. Y, efectivamente, sus
cabellos estaban erizados como si los
tuviera electrizados. Todos
experimentaban sensación de cosquilleo
en la cara y en otras partes del cuerpo.
Watson tenía los cabellos completamente
en punta. En los extremos de los dedos,
cuando los movíamos en el aire –dijo
Watson–, se oía el silbido eléctrico”.
El siguiente es un reporte de un piloto
de la Fuerza Aérea de los Estados
Unidos, que apareció en el Informe
Condon, Capítulo 7, Sección 8 (14), que
habla de los fuegos de san Elmo pero se
detiene en la descripción de las
centellas en aviones en vuelo:
“Las centellas más pequeñas siempre las
asocio con el fenómeno conocido como
fuegos de san Elmo. Sin embargo, el
fuego de san Elmo consiste generalmente
en una especie de tela blanca que cubre
los extremos de los aviones. No es muy
brillante ni cegadora, pero sí irrita
los ojos y evita una buena recepción de
radio. La ‘bola pequeña’ varía de tamaño
desde cinco centímetros a 46 cm de
diámetro y generalmente ‘rueda
alrededor’ del avión sin verse afectada
por su movimiento. En una ocasión una
bola pequeña (de unos 15 cm de diámetro)
de color blanco amarillento, se formó en
la punta de mi tanque izquierdo, de mi
F-94B, y luego rodó por el ala, subió
por la carlinga, cruzó el ala derecha
hasta el otro tanque y de ahí comenzó el
trayecto inverso. Por un momento la dejé
de observar, pero mi copiloto me dijo
que había desaparecido espontáneamente,
tal y como había llegado. Yo había visto
este tipo de fenómenos varias otras
veces, pero nunca por un período de
tiempo tan prolongado. Estimo que este
episodio tendría una duración de unos
dos minutos. Algunas veces las bolas son
azules, azul verdoso o blancas, pero hay
más azul verdosas y blanco amarillentas.
Podría interesarle que después del paso
de la bola sobre mi avión, éste fue
golpeado por tres ocasiones por
relámpagos convencionales, los cuales
fundieron unos 10 cm del extremo de los
depósitos y soldaron otros 10 cm de la
sección que cubre mis luces de cola”.
Thomas Bowen,
un estudiante de postgrado de la
Universidad de Colorado estaba escalando
el Chimborazo, una montaña aislada en
Ecuador, cuando tuvo una experiencia
similar. En el Informe Condon también
aparece este relato.
La montaña es en realidad una meseta con
un diámetro de unos 400 metros y una
altura de seis mil 266 metros sobre el
nivel del mar. Él y su compañero dejaron
el campo, a cinco mil 700 metros, la
mañana del 1 de marzo de 1968. A las 10
a.m. se comenzaron a formar nubes en la
cresta, y empezó a caer una pequeña
cantidad de granizo. Cuando alcanzaron
la meseta, entre las 2 y 2.30 p.m., ésta
se encontraba completamente nublada.
Justo cuando comenzaron a tomar las
tradicionales fotografías, el granizo
comenzó a caer más fuerte.
Repentinamente sintieron una extraña
sensación en sus cabezas, que
describieron como descargas eléctricas
acompañadas de sonidos y zumbidos. Sus
goggles de aluminio comenzaron a vibrar,
y su cabello se paró en punta. Los
deportistas se hundieron en la nieve y
esperaron. La tormenta se oía a la
distancia. Pronto se dieron cuenta de
que en cuanto sacaban la cabeza del
refugio, regresaban los efectos
eléctricos. Parecía como si tuvieran una
capa que los oprimiera. Después de
esperar por media hora, se arrastraron
sobre sus estómagos durante una hora y
media, hasta recorrer la totalidad de
los 400 metros y poder bajar por la
pendiente. Después de descender 60
metros, encontraron que, finalmente, se
podían poner de pie. En este momento la
caída de granizo y los sonidos de la
tormenta habían cesado.
Fue por estas características que el
fuego de san Elmo era considerado como
un maleficio satánico o como un aviso
para que los marinos se precavieran
sobre la inminencia de la tormenta
(15).
En muchos casos de modernos encuentros
cercanos, los testigos han mencionado
esa especie de “campo electromagnético”,
la sensación de enfrentarse a “energías
desconocidas”. Se habla del famoso
“efecto electromagnético” que produce
interferencias en aparatos eléctricos e,
incluso, llega a detener automóviles.
Qué podemos decir de los supuestos
abducidos que mencionan cómo su cuerpo
es perforado por minúsculas agujas, con
las que los extraterrestres los
inspeccionan, a la vez que les implantan
objetos desconocidos para monitorear sus
movimientos. No olvidemos, tampoco, las
luces como parte esencial del fenómeno
san Elmo y que bien se pueden asimilar a
la iconografía ufológica.
Están, también, los efectos de parálisis
que bien pueden ser confundidos con los
síntomas que presenta una persona
expuesta a intensos campos eléctricos. Y
recordemos que Michael Persinger
ha señalado la importancia de estos
campos en la formación de visiones o
alucinaciones provocadas por la
estimulación del lóbulo temporal.
Finalmente mencionemos que muchos cultos
ufológicos y otros tantos de la nueva
era, acostumbran “cargar las pilas” en
lugares elevados como montañas y
pirámides. Para estos adoradores de lo
desconocido podríamos tener una
recomendación: en lugar de ir a
Teotihuacán el 21 de marzo, inténtenlo
en cualquier montaña elevada, solitaria
y sin árboles en una época del año que
vaya de finales de mayo a finales de
octubre. Si no se “cargan de energía”
por el efecto corona, con suerte,
podrían recibir la descarga de un rayo
que los enviaría directamente a “otros
niveles”.
Otro consejo para personas más cuerdas:
cuando en la montaña sienta la presencia
de electricidad estática o vea algún
fenómeno tipo san Elmo, descienda
rápidamente o busque refugio. Todo
indica la proximidad de una tormenta,
que puede presentarse entre media hora y
dos horas después. No trate de tener un
“encuentro cercano” ni “cargarse las
pilas”.
Sin salirnos del aspecto ufológico del
fuego de san Elmo tendríamos que
mencionar que las famosas “Luces de
Marfa” también fueron explicadas como
una descarga en corona por Kahl y
Curt Laughlin, este último
superintendente del observatorio
McDonald, cercano al lugar (16).
No cabe duda que los fuegos de san Elmo
son un fenómeno desconcertante que ha
dado lugar a infinidad de leyendas.
- - -
NOTAS
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del editor, el tipógrafo judío
Hyeronimus Soncini documenta por vez
primera las luces misteriosas de Ortona,
en la costa del Adriático. Es “Il lume
di San Tommaso” que se dice se ve sobre
la catedral de Ortona, especialmente
durante las tormentas.).
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