El fenómeno de las
arenas cantarinas, aunque casi olvidado
en nuestros días, fue muy conocido en
épocas pasadas, y constituye uno de los
mayores y menos entendidos acertijos de
la naturaleza.
Durante cientos de
años se han reportado casos de esta
manifestación, pero aún no existe una
explicación satisfactoria. Muchos
autores se refirieron a él y varios
hombres de ciencia le dedicaron sus
estudios. El curioso efecto se produce
al caminar sobre la arena “musical”.
Cuando el pie se hunde en la arena, los
granos se separan y las superficies
finamente pulimentadas de millones de
granos se ponen en vibración,
produciendo un sonido prolongado.
Esta curiosidad de la
naturaleza recibe varios nombres: arenas
musicales, tambor de arena, arenas
melodiosas, arenas que ladran, arenas
sonoras, arenas que aúllan, arenas
silbantes, arenas cantarinas, etcétera,
y son la fuente de varias leyendas de
sonidos anómalos, tales como “El llanto
matutino de la Esfinge” o “Las campanas
de Nakous”.
Hasta 1970 se conocía
de la existencia de por lo menos 30
lugares, desiertos y playas, en donde la
arena emite sonidos. A partir de
entonces se han encontrado arenas
sonoras en muchas playas y desiertos de
la Tierra. Actualmente el número
conocido sobrepasa los 100.
Las arenas acústicas
están diseminadas por todo el mundo.
Algunos de estos lugares son:
América:
-
En la península de Bruce, Ontario,
Canadá.
-
La playa de Manchester, en
Massachussets; Sand Mountain, al
sureste de Fallon, Nevada; Crescent
Dunes, en el condado de Nye, al
oeste del Big Smoky Valley, Nevada;
Big Dune, en el desierto de
Amargosa, condado de Churchill,
Nevada; Kelso Dunes, (tres grupos de
grandes dunas, a doce kilómetros al
suroeste del pueblo de Kelso), en el
condado de San Bernardino, en el
área de Devil’s Playground, a 45
kilómetros al sur de Baker,
California; en ese mismo estado, las
Dunas de Eureka, en el valle del
mismo nombre (dentro del Parque
Nacional Valle de la Muerte),
Condado Inyo; las Dunas Panamint, en
el Valle Panamint, California; “The
singing sands of Alamosa”; Long
Island; Lago Michigan; Pensacola;
Roaring Sands, Kauai, Hawaii; Niihau
Island, Hawaii; Kotoga o playa
Kotohiki, Hawaii; Nohili, Distrito
de Mana, Hawaii; Kaluakahua, Hawaii.
En los Estados Unidos.
-
Las arenas de las playas de Baja
California, particularmente en la
región de Cabo San Lucas, emiten un
sonido como un chirrido durante la
estación seca. También está La
Montaña de la Campana, en México.
-
Socegó, Barra de Tijuca, Río de
Janeiro, Brasil.
-
Tarapacá, Copiapó, El Bramador y El
Punto del Diablo, en Chile.
Europa:
-
En
la costa occidental de Gales; en la
isla Eigg, una de las Hébridas
Interiores, Escocia; en la costa de
Northumberland, en toda la bahía de
Cardigan; Dunstanburgh; Druridge
Bay; Bamburgh; Alnmouth; Blyth;
Whitley Bay; Cullercoats; Tynemouth;
Studland Bay; Barmouth y Seaton
Sluice.
Reino Unido.
-
En la isla de Bornholm, en
Dinamarca.
-
Kolberg, en Polonia.
-
En Grosseto, la Cala Violita (Playa
Violín), en Italia.
África:
-
Desierto de Kalahari, y
Olifantshoec, North Cape, Sudáfrica.
-
Desierto de Namibia, Namibia.
-
Bir el Abbes, y Uargla en el
desierto del Sahara, en Algeria.
Oceanía:
-
Algunos puntos en Australia,
incluyendo la costa de New South
Wales.
-
La isla Frazer, en Queensland,
Australia, tiene cientos de dunas
sonoras.
-
En Perth y en Albani, al suroeste de
Australia.
-
En
Brisbane, Sydney, y Gold Coast,
Australia.
Asia:
-
Dunhuang; Desierto de Badain-jaran,
en China.
El sonido de esta arena se puede
escuchar aquí.
-
Mori (La Montaña de los Cinco
Picos), Dunhuang, Shapotou (desierto
de Tengger), Xiamen, Yinkenshavan
(desierto de Kubuki) y Jeminay, en
China.
-
Akkum-Karkan, en Kazakh Alma-Ata.
-
Desierto de Gobi y Takla Makan, en
Mongolia.
-
Playa Cantarina de Amino-Chou,
Japón.
-
Kotohiki, Japón (su
sonido es el siguiente)
-
La playa Kugunari, Japón (se
puede reproducir el sonido aquí).
-
Más de 20 sitios en Japón,
estudiados por el profesor
Miwa Shigeo.
-
Isla Kunaziri.
-
Kabul, Afganistán.
-
Korizo, Gelf Kebib, Libia.
-
Jebel Nagous; Bedawin Ramadan; y
Rig-i-Rawan, en Arabia Saudita.
TIEMPO DE LEYENDAS
Desde hace poco más
de mil años se ha reportado la
existencia de arenas sonoras en crónicas
de diversos pueblos. Cecile Carus-Wilson,
1915, menciona que en “Las mil y una
noches” se habla de ellas. Pero su
influencia también se puede encontrar en
obras más modernas, como la novela de
ciencia ficción “Dune” y los enormes
gusanos de Frank Herbert.
Viejas crónicas
chinas dan noticias de las arenas
cantarinas del desierto de Gobi.
Marco Polo (1254 – 1324), oyó el
“Tambor de las arenas” en el desierto de
Takla Makan. Los habitantes de aquella
región le contaron al aventurero
italiano que en ese desierto habitaban
espíritus malignos que arrastraban a los
viajeros a la destrucción. Estas ánimas
adoptaban la apariencia de los
compañeros y llamaban por su nombre a
los infortunados que llegaban a sus
dominios, para conducirlos a la muerte.
Estos relatos constituían la forma
poética para explicar las arenas
susurrantes y los espejismos producidos
por las ondas térmicas. Marco Polo
escribió, en 1295, sobre estos espíritus
malignos del desierto:
“La longitud del
desierto es tal, que se dice que
llevaría un año o más cabalgar de un
cabo a otro. Aquí donde es más angosto,
se tarda un mes en atravesarlo. Quienes
se proponen cruzar el desierto descansan
una semana en esta ciudad (Lop) para
cobrar fuerza y disponerse para la
jornada, cargando provisiones para un
mes.
“Cuando los viajeros
están en movimiento durante la noche, se
oye hablar a los espíritus.
“Algunas veces los
genios los llaman por su nombre; otras,
emiten sonidos musicales, o como el
retumbar de tambores”.
“Llenan el aire con
los sonidos de toda clase de
instrumentos musicales, tanto de
tambores como ruidos de armas”.
Marco Polo relató
haber oído ritmos sobrenaturales que le
hicieron sentir un extraño malestar.
Preguntó a los nativos cuál era el
origen de ese ruido, curioso e irritante
a la vez. Le respondieron que los
espíritus de la tierra se expresaban de
esa manera y que eran muy pocos los que
sabían interpretar sus palabras.
Afirmaron que anunciaban el futuro y que
“hablaban a las estrellas”. El hombre
debería evitar oírlas demasiado tiempo,
a menos que fuera brujo, ya que la voz
de los espíritus hacía enloquecer.
Desde el 880 d. C.,
en China se celebra un gran festival de
arenas tronadoras (en
Ton-Fan). En un antiguo manuscrito se
registra el fenómeno de una misteriosa
montaña de arena:
“Cuando cabalgas o
caminas sobre la montaña, el sonido de
tus pasos sobre la arena alcanza decenas
de kilómetros. El día del festival del
niño, instituido años atrás, la gente
del pueblo dentro de las murallas del
castillo acostumbra subir al monte
Ming-sha-shan y deslizarse hacia abajo
tomados de las manos. El sonido de la
arena que cae es como el de un trueno”.
Actualmente el nombre
de esta montaña es la Montaña que Canta,
y el templo que se encuentra cerca de
ahí se llama Templo del Trueno.
En 1912, Auriel M.
Stein, en su “Ruins of desert
Cathay.
Personal narrative of exploration in
central Asia and western Most China”,
cita al historiador chino Matwanhin,
quien también menciona estos misteriosos
sonidos, del desierto de Takla Makan:
“Con frecuencia ha
acaecido que algunos viajeros, al
escuchar cantos o gemidos, se han
extraviado en el desierto, porque tales
voces eran de espíritus o duendes”.
En el silencio
nocturno del desierto, esa música
inesperada crispa los nervios, angustia
inexplicablemente al auditor, y a veces
incluso lo impulsa a la locura. Estas
arenas constituyen, probablemente, el
origen de otra vieja leyenda. El mito
relata que existe un monasterio
enterrado, bajo una enorme duna de
arena, en algún lugar de la Península
del Sinaí. Los beduinos de la región
conocen el fenómeno acústico y lo
atribuyen al Nagous, barra de madera o
metal suspendida, que sirve para tocar
el gong de los sacerdotes árabes.
Afirman que los sonidos sólo pueden
oírse en las horas de oración, cuando
las campanas emiten sus tañidos, que
inquietan a los nómadas y otros viajeros
que cruzan el desierto. Las campanas
continúan sonando y son escuchadas por
los beduinos que atraviesan el desierto.
Se cuentan historias de camellos que
salieron despavoridos al acercarse a la
misteriosa montaña y escuchar la
inexplicable música, por debajo de sus
patas.
En 1923, el marqués
de Kedleston George Nathaniel Curzon,
encontró que los nómadas interpretaban
los sonidos como provenientes de
fantasmas y demonios. Otros creían que
eran el resultado de erupciones de
volcanes subterráneos.
En la Edad Media
algunos peregrinos europeos que llegaron
a la villa de Tor (entrada a Jebel
Nagous, en el golfo de Suez), relataron
posteriormente unos hechos que parecían
confirmar la existencia del monasterio
enterrado. También ellos habían
escuchado el insistente repique en la
montaña Jebel Nagous (o Abu Suweirah).
Jebel Nagous significa “Montaña de la
Campana”.
Muchos años después,
en el siglo XIX, se encontró el
verdadero origen de aquel sonido. Se
trata de la arena que ha sido depositada
por el fuerte viento del oeste, que
sopla casi constantemente sobre la
península. En las faldas de la montaña
hay enormes bancos de arena; uno de
ellos, el así llamado “Pendiente de la
campana de Seetzen” (en honor al
explorador alemán Ulrich Jasper
Seetzen, quien la dio a conocer en
Europa, en 1810, mientras que
Ehrehberg, lo confirmó en 1823),
emite distintos sonidos musicales cuando
la arena resbala por sus costados. Esta
pendiente mide unos 85 metros de largo
en su base, dos metros de ancho y 130 de
alto. Está formada por paredes de arena
amarillenta que forman un ángulo de 31°
con la vertical. La arena está compuesta
principalmente de cuarzo y roca
calcárea. Los granos están bien
redondeados y es notable la total
ausencia de cieno. Cuando el viento
arrecia, la montaña parece emitir un
extraño acento semejante al doblar de
las campanas o a las notas bajas
emitidas por un órgano con tremolo. El
tamaño de los granos de cuarzo varía de
0.11 a 0.42 milímetros, y los de la
arena calcárea de 0.11 a 0.34
milímetros.
El naturalista
escocés sir David Brewster (1781
– 1868) oyó hablar de la enigmática
montaña sonora y decidió visitar el
Sinaí para investigar la leyenda.
En sus “Letters on
natural magic
addressed to sir Walter Scott”
escribió:
“La ‘Montaña de la
Campana’ está situada a unos seis
kilómetros y medio del golfo de Suez en
esa tierra… en la que los picos
graníticos del Sinaí y el Horeb se alzan
sobre un árido desierto”.
Brewster pidió a uno
de sus guías beduinos que trepara por la
ladera de la montaña “musical”: “Cuando
el guía hubo recorrido cierta distancia,
la arena se puso en movimiento y
descendió por la pendiente y comenzó a
emitir un sonido”.
Al principio los
sonidos le recordaron los de un arpa,
cuyas cuerdas tensadas vibraran por el
paso de un ligero soplo de brisa. Sin
embargo, a medida que la arena se
agitaba con más violencia, debido a la
creciente velocidad de la caída, el
ruido se parecía cada vez más al que
produce un dedo mojado al frotar un
objeto de cristal. Cuando la arena
desprendida llegó a la base, la onda
alcanzó la magnitud de un trueno lejano,
provocando que la roca, sobre la que
estaba sentado Brewster, comenzara a
vibrar.
EL MIEDO
Ese mismo siglo otros
científicos y novelistas se interesaron
en el tema. Entre estos últimos podemos
mencionar a Henry René Albert Guy de
Maupassant (1850 – 1893), que en uno
de sus mejores cuentos (“La peur”,
“El miedo”), relata la extraña obsesión
de un oficial francés que un día oye la
asombrosa melodía de las arenas, que
para él era anuncio de catástrofes.
El lector puede
encontrar el siguiente relato, publicado
originalmente en “Le Gaulois”, el
23 octubre 1882, en la antología “Les
contes de la bécasse”. No hay
que confundir otro cuento, con el mismo
nombre, publicado un año después.
“Atravesaba las
grandes dunas al sur de Uargla”.
“Íbamos dos amigos
seguidos por ocho espahíes y cuatro
camellos con sus camelleros. Ya no
hablábamos, rendidos por el calor, el
cansancio, y resecos de sed como aquel
desierto ardiente. De pronto uno de
aquellos hombres dio como un grito;
todos se detuvieron; permanecimos
inmóviles, sorprendidos por un
inexplicable fenómeno conocido por los
viajeros en aquellas regiones perdidas.
“En algún lugar,
cerca de nosotros, en una dirección
indeterminada, redoblaba un tambor, el
misterioso tambor de las dunas; sonaba
con claridad, unas veces más vibrante,
otras debilitado, deteniéndose, e
iniciando de nuevo su redoble
fantástico.
“Los árabes,
espantados, se miraban; uno dijo, en su
idioma: ‘La muerte está sobre nosotros’.
Y entonces, de pronto, mi compañero, mi
amigo, casi mi hermano, se cayó de
cabeza del caballo, fulminado por una
insolación.
“Y durante dos horas,
mientras intentaba en vano salvarle,
aquel tambor inalcanzable me llenaba el
oído con su ruido monótono, intermitente
e incomprensible; y sentía deslizarse
por mis huesos el miedo, el verdadero
miedo, el odioso miedo, frente al
cadáver amado, en ese agujero incendiado
por el sol entre cuatro montes de arena,
mientras el eco desconocido nos
arrojaba, a 200 leguas de cualquier
pueblo francés, el redoble rápido del
tambor.
“Aquel día entendí lo
que era tener miedo; y lo supe aún mejor
en otra ocasión.
“El comandante
interrumpió al narrador:
-Perdone, señor, pero
aquel tambor, ¿qué era?
“El viajero contestó:
-No lo sé. Nadie lo
sabe. Los oficiales, a menudo
sorprendidos por ese ruido singular, lo
suelen atribuir al eco aumentado,
multiplicado, desmesuradamente inflado
por las ondulaciones de las dunas, de
una lluvia de granos de arena
arrastrados por el viento al chocar con
una mata de hierbas secas; ya que
siempre se ha comprobado que el fenómeno
se produce cerca de pequeñas plantas
quemadas por el sol, y duras como el
pergamino.
“Aquel tambor no
sería más que una especie de espejismo
del sonido. Eso es todo. Pero no lo supe
hasta más tarde”.
CHARLES DARWIN
El mismo Charles
Darwin (1809 – 1882) oyó las arenas
cantarinas. En
su “Journal of researches into the
natural history and geology of the
countries visited during the voyage of
H.M.S. Beagle” (1839), relata
las experiencias que tuvo en América.
El Capítulo 2, “Río
de Janeiro”, recoge una nota de su
diario, fechada el 19 de abril de 1832,
que dice así:
“Al marcharnos de
Socegó (en las cercanías de Río de
Janeiro, Brasil), durante los dos
primeros días, volvimos sobre nuestros
pasos. Era un trabajo muy molesto, ya
que el camino atravesaba una llanura de
arena, caliente y deslumbrante, no lejos
del mar. Observé que cada vez que el
caballo pisaba la fina arena silícea se
producía un suave sonido, como el de un
piar”.
En el Capítulo 16,
“Norte de Chile y Perú”, tres años más
tarde, Darwin apunta, en la jornada del
29 de junio, la existencia de arena
cantarina en el valle de Copiapó, en
Chile:
“Durante mi
estancia en el poblado, varias personas
me contaron la historia de una colina
situada en la vecindad del lugar que
llaman ‘El Bramador’… En ese entonces no
puse suficiente atención al asunto, pero
por lo que pude entender, la colina
estaba cubierta de arena y el ruido se
produce tan solo cuando la gente, al
subir por ella, pone la arena en
movimiento. Las mismas circunstancias
son descritas en detalle por autoridades
como Seetzen y Ehrenberg, como la causa
de sonidos que muchos viajeros han
escuchado en el monte Sinaí, cerca de
Mar Rojo. Una persona, con la que
conversé, había escuchado el ruido: lo
describió como muy sorprendente, y con
claridad estableció que, aunque no pudo
entender cómo se producía, encontró que
sólo era necesario dejar que la arena se
deslizara por la pendiente. Un caballo
caminando sobre la arena de cuarzo seca
produce un peculiar sonido como de piar,
debido a la fricción de las partículas.
Una circunstancia que noté
frecuentemente en Brasil”.
En ese mismo valle,
unos cuantos kilómetros al oeste, se
encuentra “El punto del Diablo”, con
arenas que producen un tétrico sonido.
El lugar fue estudiado por Gray
en 1909.
Tal vez las arenas
cantarinas más conocidas son las de la
isla de Eigg, situada frente a la costa
occidental de Escocia. El geólogo
creacionista y folklorista británico
Hugh Miller (1802 – 1856), fue su
descubridor. En su libro “The cruise
of the Betsy” (publicado en 1858),
hace una elocuente descripción de la
arena de esta isla:
“Estaba volteando los
granos de esta arena oolítica… cuando me
di cuenta del sonido peculiar que
producen cuando se la pisaba, al momento
en que mis compañeros pasaban sobre
ella. Las golpeé oblicuamente con el
pie… y el sonido que emitieron fue una
nota sonora estridente, algo parecido a
la que produce una cuerda encerada
cuando, después de tensarla, se la pulsa
con la uña del dedo índice. Caminé sobre
ellas, y a cada paso y con cada golpe,
se repetía la misma nota aguda y
estridente. Mis compañeros se me unieron
y ejecutamos un concierto, en el cual,
aunque disponíamos de pocos tonos, al
menos podríamos maravillar a toda Europa
por el tipo de instrumento que
tocábamos. No parece ser menos
maravillosa la música que emitía Memnon
(1), que la de esta arena oolítica de la
bahía de Laig. A medida que avanzábamos,
se alzaba del suelo un incesante ‘huu,
huu, huu’, que en aquella quietud se
percibía hasta una distancia de 20 ó 30
metros. Encontramos que el estrato
húmedo semi coherente comenzaba a los
siete o diez centímetros, y en todo lo
que estaba seco, los tonos eran agudos y
fuertes y se podían producir más
fácilmente con el pie. Nuestro
descubrimiento –y con orgullo puedo
afirmar que lo es– se convierte en el
tercero, sumado a los dos ya conocidos,
de arenas que podemos llamar musicales.
Y como la isla de Eigg es
considerablemente más accesible que
Jabel Nakous en Arabia Petraea, o
Reg-Rawan en la vecindad de Kabul,
tenemos una mejor oportunidad de
observar el fenómeno, que algunos de
nuestros grandes maestros en ciencia han
confesado ser incapaces de explicar”.
Un lector de este
pasaje, el Dr. J. Carrick Murray,
de Newcastle, escribió a Tomlinson
que en la bahía de Whitley, en Briar
Dene, se podía escuchar un fenómeno
parecido. La historia apareció en 1888
en la “Tomlinson's Guide to
Northumberland”, como sigue:
“Se han encontrado
arenas cantarinas en Whitley, sobre el
camino a la isla St Mary. Este sonido no
es musical, más bien parece un gemido
potente, o como menciona Miller en su ‘Cruise
of the Betsy’,
un ‘huu, huu, huu’. Es más notorio
cuando se camina sobre o a través de la
arena seca, más allá de las resbalosas
piedras de Briar Dene, justo donde se
encuentra el campo de voluntarios”.
El profesor E. G.
Richardson descubrió arena musical
en Alnmouth, pero cuando llevó un poco a
su laboratorio, el sonido cesó. El
primero en tener éxito en hacer sonar la
arena en laboratorio fue Cecil
Carus-Wilson, quien describió sus
experimentos de 1891, en “Nature”.
ARENAS RUIDOSAS
Los sonidos o
emisiones acústicas han sido descritos
de diferentes formas: gemidos, zumbidos,
rugidos, bramidos, cantos, silbidos,
piares, croar (en
este sitio se reproduce el sonido
generado por la arena) chirridos,
chillidos. Algunos los comparan con
cañones distantes, truenos, estruendos,
crujidos, cañones, fuego de artillería,
aviones en vuelo rasante, autos de
carrera distantes, zumbidos de alambres
telegráficos. Otros mencionan
instrumentos musicales como tambores,
panderos, cornos, chelos, trompetas,
campanas, órganos tubulares, cítaras y
didjeridoo (instrumento musical de los
aborígenes australianos).
Parece que cada arena
tiene su frecuencia distintiva: 50-80 Hz
en la Sand Mountain, Nevada, según
Criswell (1975); 50-100 Hz en
Korizo, Libia (Humphries, 1966);
130-300 Hz en las arenas tronantes del
desierto de Kalahari, en Sudáfrica (Lewis,
1936); y 300-770 Hz en Dunhuang, China (Jianjun
et al., 1995).
Una de las
características más curiosas de las
arenas cantarinas es que producen
vibraciones sísmicas 200 a 400 veces de
forma más eficiente que oscilaciones
similares en la presión del aire.
Incluso se puede llegar a sentir las
vibraciones. En el valle de Eureka las
dunas de arena del Parque Nacional Valle
de la Muerte retruenan sonoramente
cuando se deslizan hacia abajo. Las
vibraciones se pueden oír e incluso
sentir. Estos efectos táctiles se han
comparado con diminutos choques
eléctricos.
Según Dunnebier
y sus colaboradores, esta eficiencia
para convertir energía mecánica en
vibraciones sísmicas sugiere que este
fenómeno es responsable de los curiosos
temblores lunares, registrados durante
el alunizaje de las misiones Apolo 11,
14, 15 y 17. Estos temblores lunares
comienzan abruptamente dos días después
de la salida del Sol, continúan
ininterrumpidamente durante el día lunar
(lunación), y cesan abruptamente al
ocaso.
Cuando los granos de
arena empacados de manera muy compacta
se deslizan colina abajo sobre las
dunas, se producen sonidos de baja
frecuencia. La arena estacionaria que
queda debajo actúa, aparentemente, como
un amplificador gigante que produce un
impresionante sonido.
Uno de los mejores
lugares para escuchar las arenas
atronadoras es el oeste de los Estados
Unidos, en la Montaña de Arena, a unos
26 kilómetros al sureste de Fallon,
Nevada. La Montaña de Arena está
compuesta por dos dunas “Seif” (con
forma de espada) que tienen una
elevación de unos 120 metros sobre el
piso del desierto. Para apreciar el
efecto acústico se debe subir hasta la
cresta de la duna y deslizarse por su
pendiente. Junto con la avalancha de
arena, los granos comienzan a vibrar y
se empieza a escuchar un fuerte sonido,
como el de un escuadrón de bombarderos
B-29 de la Segunda Guerra Mundial.
Existen varias
leyendas acerca de esta montaña. De
acuerdo con Mary Holliday (“Nevada
official bicentennial book”, pág.
137), en ese lugar había un gran mar
(lago Lahontan), en el que vivían y se
reproducían plesiosaurios y otros
diversos dinosaurios. Los fuertes
vientos fueron apilando los sedimentos
hasta formar la actual montaña,
enterrando los restos de las bestias
prehistóricas.
EL CONCIERTO DE
ARENA
Al sureste del
desierto de Kalahari, en Sudáfrica, los
nativos provocaban ellos mismos esos
ruidos, indudablemente según una técnica
ritual ancestral. El doctor A. D.
Lewis, un sabio inglés que visitó la
región en 1935, cuenta que toda la tribu
“cuando llegaba la noche, o muy temprano
por la mañana, lanzaba brazadas de arena
sobre una vertiente de la duna, y
provocaba así un ruido parecido al
trueno. Después, algunos de los
asistentes se dispersaban a lo largo de
la misma duna y echaban arena por unos
puntos determinados. El ruido, que
primero parecía un trueno (audible hasta
600 metros), se tornaba entonces
melodioso, e interpretaban una verdadera
música mineral, con un instrumento de
varios centenares de metros cuadrados”.
También se oye el
canto de la arena en algunas playas. Al
sur de la costa de Kauai, en el distrito
de Mana, en Hawaii, se encuentra una
playa de roca calcárea. Los nativos
llaman este lugar Nohili. Ahí se
encuentran unas dunas de arena que
emiten sonidos. Los residentes atribuyen
el sonido de la arena a los espíritus de
los muertos, Uhane. Aún
acostumbran enterrar a sus muertos con
un poco de esta arena. El sonido
producido es semejante a un ladrido,
según lo atestigua Carrington H.
Bolton.
Actualmente la zona
de las arenas de Kauai está dentro de
una base de misiles Commanding
Officer of Pacific Missile Range
Facility.
Las dunas tienen una
altura máxima de 40 metros. La arena
esta formada por carbonato de calcio de
las conchas marinas.
Las arenas ladradoras
de Kauai corren paralelas a la costa
(1.6 kilómetros) y son únicas, pues
están constituidas por arena recubierta
con carbonato y fragmentos de conchas y
corales. Bajo el microscopio se pueden
ver diminutas piezas de coral y conchas.
Su sonido parece el ladrido de un perro.
Su vibración, incluso, se puede sentir
en las manos o los pies de la persona
que mueve la arena.
Ahí mismo en Kauai,
cinco kilómetros al este de Koloa, se
encuentra Haula, una playa compuesta de
lava, concha y coral pulverizados. Su
arena produce un sonido como de tambor.
En la isla Niihau nos encontramos con un
pequeño lugar llamado Kaluakahua, en
donde hay otras dunas de 30 metros de
altura, con las mismas características.
En este caso el ruido es totalmente
diferente. En lugar de un tambor parece
que de pronto uno está cercado por un
ruido de mil matracas muy lejanas,
repiqueteando a gran velocidad. Otras
veces es una especie de largo silbido
que va y viene como una ola. Esto sucede
fácilmente los días de gran calor y con
frecuencia inmediatamente después de
haber llovido, cuando la arena se seca
bruscamente.
La famosa playa
cantarina Kotoga, o playa Kotohiki,
cercana al pueblo del mismo nombre, hace
cientos de años obtuvo su nombre debido
a sus arenas, que suenan como un arpa
japonesa (Koto significa arpa en
japonés).
En los Estados Unidos
la playa de Manchester, Massachussets,
forma una pequeña duna de un kilómetro
de longitud, rodeada de promontorios de
granito, ricos en feldespato, rocas
ígneas y diorita porfírica. Al ser
pisada, esta arena produce un curioso
sonido de carácter decididamente
musical. Sólo la arena superficial tiene
esta propiedad. Si se toma arena de 30 ó
50 centímetros por debajo de la
superficie, las propiedades acústicas
desaparecen.
ARENAS CANTARINAS
EN EL LABORATORIO
Se ha intentado
explicar físicamente esas insólitas
sonoridades. Al principio se pensaba que
el viento agitaba los granos de arena y
que la fricción producía uno u otro
sonido. Pero, aunque la presión del aire
y la temperatura ambiente desempeñan un
papel determinante en el fenómeno, la
brisa no interviene en absoluto. En
efecto, no es la capa superficial de los
granos lo que vibra, sino las capas
intermedias, y las masas de sílice
dispuestas en la profundidad tan sólo
desempeñan un papel de favorecedoras de
la resonancia.
Parece, pues, que
algunos de los sonidos, como el redoble
de tambor o el rumor ininterrumpido, son
producidos por una oscilación de los
granos, mientras que las otras
frecuencias nacen, nota a nota, de otras
fricciones provocadas por cambios de
temperatura o presión. Por otra parte,
los granos de arena que producen música
son diferentes a los granos de arena
ordinarios en cuanto a su forma. Los
segundos presentan numerosas
rugosidades, mientras que los otros son
casi perfectamente lisos. Sin embargo,
los efectos sonoros se pueden dar en
diversos materiales: las arenas de Kabul
y las de Eigg son silíceas; las de
Manchester son 50% feldespato y las de
Kauai es calcárea.
En 1889 Bolton fue
uno de los primeros en estudiar el
fenómeno. Pero la primera investigación
sistemática de las arenas cantarinas la
realizó, en la década de los 40, el
mayor de infantería y físico británico
Ralph Bagnold Alger (quien
perteneció al Long Range Desert Group
durante la Segunda Guerra Mundial).
Estudió el fenómeno al sur de Egipto,
donde se producía de manera natural y
periódica.
“Las he escuchado en
el suroeste de Egipto, a 500 kilómetros
del poblado más cercano. En dos
ocasiones eso ocurrió en una noche
silenciosa. Repentinamente, un tronido
vibró tan fuerte que tuve que gritar
para que mi compañero me escuchara. Al
poco rato otros sonidos, inducidos por
este estruendo, unieron su música al
primero, con notas tan cercanas que se
reconocía claramente un ritmo lento. El
misterioso coro prosiguió durante más de
cinco minutos sin interrupción, Hasta
que se reestableció el silencio y la
tierra dejó de temblar. El fenómeno
sucede sin que uno se lo espere. Es una
armonía, desagradable y mareante a la
vez, puntuada por un pequeño redoble de
tambor, de una regularidad de ritmo
asombrosa. Este extraño coro duró por lo
menos cinco minutos. Después, durante
algunos segundos, se oyó sólo el tambor.
Y por último, de golpe, cesó toda
confusión de ruidos y nos preguntamos si
no habíamos sido víctimas de una
alucinación”.
Bagnold clasificó las
arenas en dos tipos: las “silbadoras”,
que se producen en las playas; y las
“tronadoras”, de los desiertos. Las
primeras emiten un sonido con una
frecuencia entre 800 y mil 200 ciclos
por segundo (el do sostenido de un
piano). La frecuencia de las segundas es
de 132 a 260 ciclos por segundo (mi
bemol).
Según él, el sonido
se produce “por medio de una rápida
deformación de la capa seca superior,
causada al caminar sobre ella, al
frotarla con la palma de la mano o al
introducir verticalmente un bastón”.
Las más comunes son
las arenas silbadoras o “chirriantes”.
Producen un corto “chillido” (menos de ¼
de segundo), de alta frecuencia (500 a
dos mil 500 Hz), cuando se les comprime.
Se le puede encontrar en numerosas
playas, ríos y lagos alrededor del
mundo.
Las arenas tronadoras
tienen una baja frecuencia acústica (50
a 300 Hz). Según Miwa y Okazaki,
por lo menos 31 lugares del mundo
cuentan con un lugar de este tipo.
Existen varias
diferencias cualitativas entre las
emisiones tronadoras y las chirriantes.
Las segundas, por ejemplo, casi siempre
producen una sola frecuencia fundamental
de vibración. Las arenas tronadoras casi
nunca producen sonidos en múltiples
bandas, sólo se observa un armónico de
un tono fundamental en las arenas
tronantes (Criswell et al.,
1975). Las arenas chirriantes, por el
contrario, producen frecuentemente
cuatro o cinco sobretonos armónicos (Takahara,
1973).
Los estudios de
Bagnold fueron continuados por Brown,
Campbell, Jones y Thomas, de
la Universidad inglesa de
Newcastle-upon-Tyne. Ellos descubrieron
que es más necesario que el tamaño de
los granos sea uniforme para que se
presente la sonoridad. La redondez de
los granos no es una característica
esencial. Si tenemos una diversidad de
tamaños, las partículas más finas
ocluyen los intersticios de los granos
de mayor tamaño y les impide resonar. La
mayoría de los granos silentes de arenas
de desierto tienden a ser más esféricos
y pulidos que los granos de arena de
playas silentes (Lindsay et al., 1976).
Bajo el microscopio, los granos de la
arena sonora parecen ser más redondeados
y finamente pulidos, si se les compara
con la arena ordinaria (silente). Los
astrónomos y geólogos han especulado que
este fenómeno es muy común en las dunas
de Marte.
El diámetro promedio
de la mayoría de los granos de arena,
tengan o no actividad acústica, es de
unos 300 µm. La frecuencia de emisión
generada por las arenas chirriantes
varía con el inverso de la raíz cuadrada
de su diámetro promedio (Bagnold, 1954a,
1966).
La mayoría de las
arenas que retruenan están compuestas de
cuarzo. Una de las excepciones son las
Barking Sands de Kauai, Hawaii, que son
de carbonato de calcio. Pero incluso
otro tipo de materiales presentan cierta
sonoridad. Los experimentos llevados a
cabo con microesferas de vidrio, han
probado que se produce una emisión
similar a la de las arenas chirriantes
(Brown et al., 1965), por lo que se
piensa que el chillido se debe a un
efecto de fricción. Se ha sugerido que
la tersura inusual de los granos permite
una vibración exagerada en la frecuencia
de resonancia natural de la arena
(Criswell et al., 1975; Lindsay et al.,
1976).
PÉRDIDA DE LA VOZ
Y LA RANA CANTARINA
Bagnold descubrió
otros efectos curiosos. Por ejemplo, la
“perdida de voz” (2) de la arena del
desierto de Kalahari, al ser trasladada
a Pretoria, si no se la guardaba en
recipientes de aire comprimido antes de
ser sometida a la prueba. Se le podía
curar de su mudez al calentarla a 200°C.
Estos hechos parecen demostrar que la
humedad destruye la sonoridad, por lo
menos en las arenas de algunos
desiertos.
La sonoridad de una
arena también puede perderse si se las
golpea constantemente, pero se
reestablece si las finas partículas
producidas se separan después mediante
el cernido, lavado o hervido de la
arena.
Las arenas
chirriantes y las tronadoras muestran
una marcada diferencia a la exposición
al agua. El tronido aparece cuando los
granos están muy secos. Tan sólo el 0.1%
de humedad elimina los sonidos. Se ha
encontrado que aún concentraciones tan
pequeñas como cinco gotas de agua en un
volumen de un litro de arena, eliminan
todo sonido (Haff, 1979). La
humedad atmosférica crea un
recubrimiento fluido superficial sobre
los granos, que actúa como lubricante y
disminuye la resistencia al desliz, lo
que evita la emisión de sonidos (Lewis,
1936). La humedad también incrementa la
cohesión entre los granos. El trueno se
incrementa cuando los granos no están
tan unidos.
Las arenas
chirriantes, por el contrario, no
presentan una gran alteración en sus
propiedades acústicas debida a la
humedad. El sonido se puede producir con
facilidad inmediatamente después de ser
lavadas con agua, seguido de un secado.
No se sabe si es debido a la eliminación
de las impurezas, debido al lavado (Brown
et al., 1961) o a la creación de un
acomodo del grano más natural (Clarke,
1973), aunque sí explica por qué este
tipo de fenómeno no se extiende más allá
de los 30 metros de la playa (Richardson,
1919). Este proceso de limpieza también
“revive” la arena chirriante que ha
perdido su chillido, una condición que
ocurre frecuentemente después de varias
compresiones repetidas (Hashimoto,
1951). Incluso, las arenas chirriantes
pueden emitir sonidos aún cuando están
completamente inmersas en agua (Brown
et al., 1961).
Los investigadores
japoneses han utilizado esta propiedad
para “fabricar” arenas cantarinas.
Osodani era una playa en el Plioceno,
pero ahora está localizada en el
interior del Japón. Ahí se encuentra una
arcilla de arena. Una muestra de este
material se lavó durante un largo
período (más de 500 horas) para obtener
el cuarzo más puro (99%). La arena así
obtenida exhibe una propiedad de
producir sonido tanto en el aire como en
el agua.
El sonido que se
obtiene con esta arena, dentro del agua,
es muy parecido al que emiten las ranas,
por lo que fue bautizada como “Arena
Rana”.
Con este tipo de
arena se construyó un gigantesco reloj
de arena y un curioso juguete. El
aparato es un recipiente hecho con un
tubo de resina acrílica de cinco
centímetros de diámetro por diez de
longitud, cerrado a ambos extremos con
una placa de acrílico de un milímetro de
grosor.
Dentro de este
aparato se introducen 100 centímetros
cúbicos de agua con arena y se sella.
El sonido parecido al
canto de una rana se obtiene moviendo
ligeramente el tubo, de derecha a
izquierda.
-
Hay que evitar tocar las placas en
los extremos: actúan como membrana
vibrante.
-
No hay que sacudir el tubo.
Lo anterior indica
que la sonoridad de las arenas está
íntimamente relacionada con la
contaminación ambiental. Algunos han
especulado en que si se hiciera una
limpieza de las arenas del mundo, tal y
como indican los japoneses, tendríamos
un ambiente mucho más limpio y sonoro.
El doctor Douglas
E. Goldsack, director del Centre
for Mining and Mining Exploration
Research en la Laurentian
University, en Sudbury, Ontario,
Canadá, y sus colegas Marcel B. Leach
y Cindi Kilkenny, descubrieron
que pueden hacer que la arena ordinaria
se convierta en musical, lijándola,
puliéndola y removiendo las impurezas.
Haciendo lo mismo, la arena común se
puede transformar en cantarina. Durante
este proceso se forma una capa de silica
gel (producida cuando el cuarzo se
disuelve en agua), que cubre los granos
de arena. Su conclusión es que para
hacer que cualquier tipo de arena cante
se debe recubrir con silica gel.
Pero, ¿qué es lo que
otorga en realidad a las arenas
cantantes sus cualidades musicales?
Después de miles de años de conocer su
existencia y de haber sido estudiadas
por varios científicos, se ha llegado a
la conclusión, según Bagnold, de que “no
existe hasta ahora una verdadera
explicación”.
- - -
NOTAS
(1) Se refiere a los
colosos de Memnon, que cada amanecer
emitían sonidos, que parecían salir de
la boca.
(2) Efecto que ya fue
reportado, a finales del siglo XIX, por
el profesor E. G. Richardson.
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